Выбрать главу

Dorothy volvió a ponerse cuando estaba contando las bombillas fundidas de la araña del sótano.

– Espero que no estés pensando en comprar bonos de esos, Vic. Se están vendiendo a diecinueve, sobre un valor nominal de cien dólares, claro. Puede parecer una ganga, pero no han satisfecho su pago de intereses de abril y nadie piensa que lo puedan hacer en octubre tampoco. Además no están asegurados.

– Ya veo. Gracias, Dorothy, me aguantaré las ganas.

Colgué y me masajeé las corvas, entumecidas de estar tanto tiempo de pie sin moverme. El Metropolitan había convencido a la señora Frizell de invertir su dinero en un montón de basura. Quizá era hora de hacerles una visita.

El banco de Lake View estaba justo frente al tren aéreo. En lugar de volver a casa a por el Impala, subí las desvencijadas escaleras y me dirigí al centro. El tren era uno de los antiguos modelos verdes, con las ventanillas abiertas para dispensar a sus pasajeros ráfagas de aire caliente. Esos anticuados vagones me hicieron sentir nostalgia de mi infancia, de los viajes al centro con Gabriella en el viejo Illinois Central, ella con guantes y un sombrero marinero plano con velo, y yo de rodillas junto a la ventana abierta, refiriendo con excitación el panorama que desfilaba. La maleza que bordeaba las vías solía albergar faisanes y conejos; una vez vi un mapache.

Ahora ya sólo había palomas y botellas rotas en los tejados. La única vida animal que divisé fue un hombre con barba de tres días tumbado junto a una de las chimeneas. Confié en que aún estuviera vivo.

Me bajé en Chicago y caminé rumbo al oeste, hacia la sede del U. S. Metropolitan. Siempre habían sido inconformistas, marginales a la corriente principal de las finanzas de Chicago: su ubicación a una milla al norte del Loop era sólo la manifestación física de serlo. Se habían construido sin embargo un edificio moderno hacía unos diez años, que rivalizaba en rutilante gloria con cualquiera de las obras arquitectónicas del oeste del Loop. Aunque sólo de diez pisos, ostentaba la misma piedra verde, las mismas ventanas convexas de cristales ahumados y las mismas incrustaciones de latón que las torres más modernas de la parte sur.

Los propietarios habían sido perspicaces al apostar que allí tendría lugar el crecimiento de la ciudad cuando instalaron sus nuevas oficinas -o sus directores políticamente bien relacionados les habían orientado en la dirección adecuada. Una década atrás, esa zona lindaba con Skid Row. Ahora albergaba una zona de viviendas individuales de alto nivel contigua al nuevo barrio comercial. A juzgar por las ventanas iluminadas, las diez plantas estaban ocupadas.

Me presenté a una empleada de información en la esquina del vestíbulo verde y cromado.

– Tengo una cita con uno de sus banqueros, Vinnie Buttone.

Recorrió con su larga uña morada una lista de teléfonos. -¿Su nombre?

Solté un leve suspiro de alivio. Estaba segura al noventa y ocho por ciento de que Vinnie estaba allí, pero era bueno comprobarlo.

– Chrissie Pichea -se lo deletreé.

Marcó la extensión de Vinnie.

– Hay una persona que busca al señor Buttone. Chrissie Pichea -vaciló al decir el apellido. Me alegré de no haber probado «Warshawski» con ella.

Permaneció en silencio, quizá en espera de que la secretaria de Vinnie indagara dónde estaba y si quería ver a Chrissie. Podía estar en cualquier sitio -examinando a un solicitante de un préstamo en alguna zona en construcción, o, dada la clientela del Metropolitan, realizando una jugosa operación. Afortunadamente para mí, resultó estar en el edificio y deseoso de ver a su encantadora y servicial vecina.

La recepcionista me indicó una fila de ascensores artísticamente ocultos tras unas columnas. Subí a la cuarta planta, pregunté a la recepcionista de allí, y me dirigió hasta las mismas entrañas del banco.

El esplendor verde y oro del vestíbulo estaba recreado en tonos más suaves en los pisos superiores: felpa verde -con poco pelo, como correspondía al nivel inferior de los jefecillos que la hollaban- y muros recubiertos de paneles tapizados en dorado. Unos cuantos carteles de colores vivos en las paredes captaban la mirada y alegraban un poco el largo pasillo.

La mayoría de las puertas de los despachos estaban abiertas, revelando una falange de sinceros jovencitos en mangas de camisa y con corbata hablando por teléfono. El despacho de Vinnie, casi al final del pasillo, estaba cerrado. Toqué bajo la pomposa placa negra que lo identificaba como vicepresidente adjunto del departamento de préstamos comerciales.

– Hola, Chrissie. Entra… me parece que estaremos más cómodos… -me volví al oír la voz de Vinnie, procedente de una sala de reuniones abierta contigua a su despacho. Cuando me reconoció, su cara redonda pareció helada por la sorpresa, y luego estalló de ira.

– ¡Tú! ¿Qué estás haciendo aquí? Tendría que llamar a seguridad…

– He venido a verte, Vinnie. Ya que somos vecinos y todos queremos ser serviciales entre nosotros, allá en Racine Norte -cerré la puerta detrás de mí y me senté sin ser invitada en una de las sillas de falso mimbre.

– Quiero esa puerta abierta. Estoy esperando a alguien, y además, no quiero verte en este banco.

– Estás esperando a Chrissie Pichea, pero he venido yo -sonreí-. Les he dado su nombre abajo, me ha parecido la manera más sencilla de subir aquí. Tú y yo tenemos mucho de qué hablar y no me parecía que pudiese esperar hasta la noche.

Clavó los ojos en mí, en la puerta, y luego en un teléfono en un rincón de la pequeña sala.

– Te doy cinco minutos, y luego llamo a los de seguridad del banco y podrás explicarte con los polis de Chicago. A no ser que los hayas comprado a todos ellos -se sacó su macizo reloj de oro de la muñeca y lo posó con ostentación frente a él sobre la mesa.

Busqué en mi bolso el sobre que había preparado en el Lake View y se lo puse delante, paralelo a la pulsera del reloj.

– Aunque esperaras a Chrissie, y me tengas a mí, creo que te gustará ver este material. Creo que vosotros dos lo habéis estado buscando. Esto os evitará la molestia de tener que preparar otra efracción.

Me lanzó una mirada venenosa, pero abrió el sobre. Cuando desplegó las copias de la escritura y de los bonos, se le volvió a helar el semblante y el color desapareció súbitamente de su cara. Los examinó durante mucho más tiempo de lo que merecían las cuatro hojas de papel.

– El examen será mañana -dije con viveza-. ¿Las has memorizado ya?

– No sé por qué crees que yo iba a estar interesado en estas cosas -dijo, pero su voz carecía de convicción.

– Bueno, eso creo, porque tú, o alguien que tú conoces, entró a saco en mi casa el viernes pasado buscándolas. Y ahora que lo pienso, debiste ser tú, tú podías saber cuándo estaba yo fuera. Y hablando de la policía, soy yo la que debería traerla aquí. No me imaginaba qué era lo que podíais buscar, pero ahora que he encontrado esto, creo que he dado en el blanco.

De repente cogió los papeles y los rompió.

– No eres muy listo, Vinnie: deberías darte cuenta de que son sólo copias. Y ahora me has demostrado que sí son importantes para ti -vi cómo sus labios se movían sin proferir palabra-. Hablemos de los bonos de Diamond Head. ¿Se los vendiste tú a la señora Frizell? -sacudió la cabeza, pero siguió mudo-. ¿Le dijiste a Chrissie que se los vendiera a la señora Frizell? ¿Me estoy acercando?

– Yo no le dije a nadie que se los vendiera. No sé nada de ellos. Ni siquiera sé si son de ella: los bonos no llevan el nombre de su propietario -su voz cogía fuerza conforme hablaba; su última frase sonó francamente pomposa.

– ¿No te parece sugerente que estén con la escritura de su casa? ¿Ni tampoco el hecho de que los haya encontrado bien juntitos en la caja de los tesoros más preciados de la señora Frizell?

– Sí, ya te conozco: eres capaz de decir cualquier cosa. Como acusarme ahora mismo de haber forzado tu apartamento. Pero los Pichea son los tutores legales de esa señora. Si estas cosas hubiesen estado en su casa, ellos las habrían encontrado.