– El Duque de Wellington, ¿eh? Es el tipo que venció a Napoleón, ¿no?
– El mismo -volví a sentarme ante la máquina-. Dígame algo que suene peligroso en un mal funcionamiento de una instalación eléctrica, algo tan delicado que no podamos dejar a nadie mirar mientras trabajamos, por miedo a quemarles los globos de los ojos.
El señor Contreras acercó una de mis sillas destinadas a los clientes a la máquina de escribir.
– No sé, nena. Con todo ese estrafalario equipo moderno que tiene la gente en sus oficinas, no sé en qué consiste, y sinceramente, no sé cómo se podría estropear.
– No se preocupe por eso. Los jóvenes sabuesos de la ley con los que nos vamos a tropezar tampoco lo sabrán. Dick tiene seguramente un ordenador, y su secretaria tendrá una terminal del sistema central de la compañía -traté de imaginarme la oficina de mi ex marido-. Quizá tenga una gruesa impresora, porque tendrá que imprimir un montón de formularios. Como él es uno de los socios importantes, quizá la utilice sólo ella.
El señor Contreras se lo pensó con calma, dibujando un esquema en una hoja de papel.
– Vale. Pon algo sobre un cortocircuito de alto voltaje en la protección de la máquina, quizá le descargó la corriente a la operadora, o la mandó a la otra punta de la habitación, o algo así.
Tecleé lo que me decía, añadiendo una fecha y una hora de llamada. Luego compuse un falso impreso de Klosowski fotocopiando el membrete del aviso en una hoja blanca. A sugerencia del señor Contreras, la utilicé para escribir un informe sobre una anterior inspección de un cortocircuito en el sistema de aire acondicionado del edificio que había sido localizado en el despacho de R. Yarborough. El resultado parecía lo más falso que se pueda imaginar, pero tal vez nos abriría las puertas.
Cortocircuito en el sistema
Pese a la hora que era, una bandada de jóvenes e incansables abogados revoloteaba en las oficinas de Crawford-Mead. Traspasamos sus herméticas puertas de caoba sólo con enseñar nuestro aviso de reparación al vigilante nocturno del vestíbulo principal, que telefoneó a la oficina por nosotros.
Nadie le había informado de que hubiese algún peligro en la instalación eléctrica; se mostró malhumorado y asustado, y amenazó con llamar a su jefe. Le aseguramos que el problema había sido localizado en una oficina de la planta treinta -que nuestro jefe nos había advertido muy seriamente que no alarmáramos a la gente, ya que sólo teníamos que comprobar la instalación eléctrica de una habitación.
– No hagas que nos despidan ¿vale, tío? -le rogué.
Decidió a regañadientes que quedaría entre nosotros y llamó arriba.
– Pero más vale que me aviséis con tiempo si este antro se va a convertir en humo.
– Si esto se convierte en humo, serás el único que estará bien situado -señalé, siguiendo al señor Contreras hasta el ascensor.
Una vez en la planta treinta, el señor Contreras tomó la iniciativa. Aunque la gorra de Klosowski me cubría el pelo y ocultaba en parte mi cara, no queríamos correr el riesgo de que alguien me reconociera. El peor peligro era que Todd Pichea, que conocía tanto al señor Contreras como a mí, estuviese trabajando a esa hora tardía. Aunque no teníamos por qué preocuparnos, como había señalado antes el viejo, ya que los obreros en una oficina de profesionales son considerados tan humanos como un búfalo asiático, sólo que menos insólitos.
El señor Contreras esgrimió nuestra orden de trabajo ante un joven en camiseta y vaqueros, insistiendo en lo sumamente expuesto que podía resultar para una persona no experimentada acercarse a los peligrosos electrones que flotaban en el despacho de Dick. Asiendo un buen tocho de papel continuo para protegerse, el joven nos escoltó hasta el extremo de la escalera interior.
– El despacho del señor Yarborough está al final de este pasillo. Bueno, esto… esta llave debería abrir su despacho. Si… bueno, si no les importa, tengo que volver al trabajo. Quizá pueda dejarles ir solos. Pueden dejar la llave en el mostrador de la entrada cuando se vayan.
– Muy bien -dijo gravemente el señor Contreras-. Y asegúrese de que nadie venga hasta que les avisemos. Vamos a cortar una de las líneas. Puede que noten que parpadea la luz de vez en cuando, pero no tienen que preocuparse.
Nuestro guía estaba impaciente por despejar el campo. Con suerte, la totalidad del personal se asustaría lo suficiente como para dejar pronto el trabajo esa noche. No me apetecía que viniese algún buenazo a investigar mientras yo estaba copiando los archivos de Dick.
Al abrir el despacho de mi ex marido sentí una pequeña punzada de culpabilidad. Me recordó las veces que, siendo niña, hurgaba en el cajón donde mi padre guardaba su revólver reglamentario. Sabía que no debía tocarlo, ni siquiera saber dónde estaba, y la excitación y el remordimiento me ponían tan tensa que tenía que calzarme los patines y dar unas cuantas vueltas a la manzana. Con un molesto estremecimiento, me pregunté si eran esos sentimientos los que me habían empujado a la profesión de detective. Recordé mi consejo al señor Contreras: más tarde habría tiempo de sobra para autoanalizarse.
A Dick le correspondía una suite con una sala de espera, un pequeño despacho particular para su secretaria y otro más amplio cuyas ventanas convexas daban al río Chicago. El señor Contreras se afanó en la sala de espera, sacando algunos cables de su caja de herramientas y esparciéndolos por el suelo para dar el pego. También había traído un pequeño destornillador eléctrico, con el que desatornilló una de las rejillas junto a las tablas del suelo, revelando un interesante nido de cables.
– Tú vete adentro a mirar los papeles, pequeña. Si aparece alguien, yo empezaré a ajetrearme con esta cosa.
Me sorprendí entrando en el despacho de Dick de puntillas, como si mis pasos sobre su Kerman pudiesen despertar su furia allá en Oak Brook. La habitación estaba desprovista de muebles archivadores. Tenía varios estantes con los registros legales que según él podía necesitar a diario, un tablero de madera clara veteada que al parecer era una mesa de despacho, y un elaborado aparador que contenía cerámica alemana y un generoso bar. Teri y sus tres rubios retoños me sonreían desde el tablero veteado.
Una puerta lateral conducía a un cuarto de baño privado. Una segunda puerta daba a un pequeño armario empotrado. Allí colgaban unas cuantas camisas limpias. No pude resistirme a mirarlas; detrás estaba colgada la que yo le había manchado de café. Se había olvidado de llevársela a casa para que Teri se hiciera cargo de ella. O quizá no se decidía a explicarle por qué le había pasado eso. Sonreí, triunfal, y bastante infantilmente.
Volví a recorrer el Kerman de puntillas hasta el despacho de su secretaria. Harriet Regner había unido su sino al de Dick cuando él empezaba y tenía que compartir su secretaria con otros cinco hombres. Ahora era su secretaria ejecutiva desde hacía diez años, y dirigía a un pequeño grupo de empleados y leguleyos para él. Si Dick estuviese implicado en algo verdaderamente ilegal, ¿se lo confiaría a Harriet? Me acordé de Oliver North y Fawn Hall. Los hombres como Dick parecían siempre encontrar a mujeres con una devoción tan entusiasta que consideraban a sus jefes más importantes que la ley. Harriet se haría cargo ella misma de cualquier cosa cuestionable. Los chupatintas que ella supervisaba serían los que llevaban en otro sitio los expedientes de rutina.
Con esa aplastante lógica me acerqué a sus archivadores. Su madera clara hacía juego con la mesa de Dick, aunque sospeché que en este caso era sólo chapada. Sin mis ganzúas costó bastante abrir los archivadores: tuve que llamar al señor Contreras para que los forzara con su destornillador. No me importaba demasiado que Dick supiera que había estado allí, ni siquiera me había molestado en ponerme guantes. Una cosa era averiguar en qué estaba metido, y otra muy distinta idear una manera de confrontarle con ello. Si se enteraba de que había estado allanando su despacho, tal vez eso le forzara la mano.