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El técnico siguió la mirada de su superior. Si bien con dificultad, junto a la pantalla de leds se distinguía un acrónimo. Cuatro letras mayúsculas que relucían a cada destello de luz.

—Quédese aquí —ordenó el comandante—. Y no diga nada. Yo me ocuparé de esto.

CAPÍTULO 25

Materiales peligrosos. Cincuenta metros bajo tierra.

Vittoria Vetra se tambaleó y a punto estuvo de caer sobre el escáner de retina. Langdon se apresuró a ayudarla y la sostuvo. En el suelo, a sus pies, el globo ocular de su padre le devolvía la mirada. Sintió que le faltaba el aire. «¡Le han arrancado el ojo!» Todo empezó a darle vueltas. Kohler estaba detrás de ella, sin dejar de hablar. Langdon guio los movimientos de Vittoria. Como en un sueño, la ayudó a aplicar el ojo contra el escáner de retina. El mecanismo emitió un pitido.

La puerta se abrió.

A pesar incluso del terror que el ojo de su padre había infundido en su alma, Vittoria supo que dentro la esperaba un nuevo horror. Cuando su borrosa mirada se posó en la habitación confirmó el siguiente episodio de la pesadilla. Ante ella, la solitaria columna de recarga se hallaba vacía.

El contenedor ya no estaba. Le habían arrancado el ojo a su padre para robarlo. Las implicaciones acudieron a su cabeza con demasiada rapidez para poder asimilarlas. Todo había salido al revés. La muestra que debía probar que la antimateria era una fuente de energía segura y viable había sido robada. «Pero ¡si nadie sabía que esa muestra existía!» La realidad, sin embargo, era innegable. Alguien lo había descubierto. Vittoria era incapaz de imaginar quién. Ni siquiera Kohler, de quien se decía que sabía todo lo que sucedía en el CERN, tenía idea alguna acerca del proyecto.

Su padre estaba muerto. Asesinado por su genio.

Mientras el dolor mortificaba su corazón, un nuevo sentimiento invadió la conciencia de la joven. Y éste era mucho peor. Abrumador. Desgarrador. Era la culpa. Una culpa incontrolable, implacable. Sabía que había sido ella quien había convencido a su padre para que crearan la muestra. Él había accedido a regañadientes. Y lo habían asesinado por ello.

«Un cuarto de gramo...»

Como cualquier tecnología —el fuego, la pólvora, el motor de combustión—, en las manos equivocadas, la antimateria podía ser mortífera. Mucho. La antimateria era un arma letal. Potente e imparable. Una vez extraído de la plataforma de recarga del CERN, el contenedor iniciaría su inexorable cuenta atrás. Era un tren fuera de control.

Y cuando el tiempo se agotara...

Una luz cegadora. El estruendo de un trueno. Incineración espontánea. Sólo el destello... y un cráter vacío. Un enorme cráter vacío.

La idea de que alguien utilizara el genio de su padre como herramienta de destrucción era como un veneno en su sangre. La antimateria era el arma terrorista definitiva. No tenía partes metálicas que activaran detectores, rastro químico que los perros pudieran olfatear ni detonador que desactivar si las autoridades localizaban el contenedor. La cuenta atrás había empezado...

Langdon no sabía qué hacer. Cogió su pañuelo y cubrió con él el globo ocular de Leonardo Vetra. Vittoria estaba de pie en la entrada del vacío almacén de materiales peligrosos, con la expresión deformada por el dolor y el pánico. Instintivamente, el profesor se acercó de nuevo a ella, pero Kohler intervino.

—¿Señor Langdon? —El rostro del director no mostraba expresión alguna. Llevó a Langdon a donde ella no pudiera oírlos. Él lo siguió a regañadientes, dejando a Vittoria sola—. Usted es el especialista —susurró Kohler—. Quiero saber qué pretenden hacer con la antimateria esos bastardos de los illuminati.

El profesor intentó aclarar sus pensamientos. A pesar de la locura que lo rodeaba, su primera reacción fue lógica: rechazo académico. Kohler seguía haciendo suposiciones. Suposiciones imposibles.

—Sigo pensando que los illuminati desaparecieron, señor Kohler. El culpable de este crimen podría ser cualquiera. Quizá incluso otro empleado del CERN que descubrió el proyecto del señor Vetra y pensó que era demasiado peligroso.

El otro se quedó estupefacto.

—¿Cree usted que se trata de un crimen de conciencia, señor Langdon? Eso es absurdo. Quienquiera que haya asesinado a Leonardo quería una cosa... La muestra de antimateria. Y sin duda planea hacer algo con ella.

—¿Se refiere usted a un terrorista?

—Efectivamente.

—Pero los illuminati no eran terroristas.

—Eso dígaselo a Leonardo Vetra.

Langdon pensó que no le faltaba razón. Efectivamente, a Leonardo Vetra le habían grabado el símbolo de los illuminati en el cuerpo. ¿De dónde lo habrían sacado? El emblema secreto parecía un engaño demasiado complejo para desviar las sospechas hacia otra parte. Debía de haber otra explicación.

De nuevo se obligó a considerar lo improbable. «Si los illuminati todavía estuvieran en activo y efectivamente hubieran robado la antimateria, ¿cuáles serían sus intenciones? ¿Cuál sería su objetivo?» Una respuesta acudió de inmediato a su mente, pero Langdon la rechazó con la misma rapidez. Cierto, la hermandad tenía un enemigo claro, pero un ataque a gran escala contra ese enemigo resultaba inconcebible. Estaba completamente fuera de lugar. Sí, los illuminati habían asesinado a gente, pero se trataba de individuos cuidadosamente elegidos. La destrucción en masa, en cambio, parecía algo exagerado. Aunque, claro, también era cierto que habría una majestuosa elocuencia en el uso de la antimateria, el máximo logro científico, para exterminar...

Se negó a aceptar ese pensamiento ridículo.

—Hay otra explicación lógica aparte del terrorismo —declaró de pronto.

Kohler se lo quedó mirando, a la espera.

Langdon intentó ordenar sus pensamientos. Los illuminati siempre habían poseído un tremendo poder financiero. Controlaban bancos. Atesoraban lingotes de oro. Se rumoreaba incluso que tenían en su poder la joya más valiosa del mundo: el diamante de los illuminati, un diamante perfecto de enormes proporciones.

—El dinero —dijo Langdon—. Puede que hayan robado la antimateria para obtener un beneficio económico.

El director lo miró con incredulidad.

—¿Beneficio económico? ¿Dónde puede uno vender una gota de antimateria?

—La muestra no —rebatió Langdon—. Me refiero a la tecnología. La tecnología de la antimateria debe de valer una fortuna. Quizá alguien robó la muestra para analizarla y aplicarle ingeniería inversa.

—¿Espionaje industrial? Pero ¡si las baterías de ese contenedor sólo tienen veinticuatro horas de vida! Los investigadores perecerían antes de llegar a descubrir nada.

—Podrían recargarlo antes de que explotase. Podrían construir un podio de recarga compatible con los que hay en el CERN.

—¿En veinticuatro horas? —lo cuestionó Kohler—. ¡Aunque hubieran robado el diagrama, se tardaría meses en construir un cargador como ése, no horas!

—Tiene razón —dijo Vittoria con voz frágil.

Los dos hombres se volvieron. La joven se acercó a ellos con paso tan vacilante como sus palabras.

—Tiene razón. Mediante ingeniería inversa nadie podría fabricar un cargador a tiempo. Sólo la interfaz les llevaría semanas. Filtros de flujo, servomecanismos, aleaciones de condicionamiento de energía, todo calibrado para el grado específico de energía del lugar en el que se encuentre.

Langdon frunció el entrecejo. Lo había entendido. Una trampa de antimateria no era algo que uno pudiera simplemente enchufar a la pared. Una vez fuera del CERN, el contenedor era un viaje de veinticuatro horas, únicamente de ida, directo a la destrucción.