El encargo era simple. Insultantemente simple. Tenía que esperar allí sentado a que un puñado de vejestorios eligieran a su nuevo jefe; entonces podría salir y grabar un vídeo «en directo» de quince segundos con el Vaticano de fondo.
«Estupendo.»
Glick no se podía creer que la BBC todavía enviara periodistas a cubrir chorradas como ésa. «No se ven cadenas estadounidenses por aquí. ¡Claro que no!» Las grandes hacían las cosas bien. Veían la CNN, hacían una sinopsis y luego filmaban su noticia «en directo» delante de una pantalla azul en la que proyectaban imágenes de archivo para conferirle realismo al asunto. La MSNBC utilizaba incluso máquinas de viento y lluvia para darle una mayor autenticidad. Los espectadores ya no querían la verdad; querían entretenimiento.
Glick echó un vistazo por el parabrisas. Se sentía cada vez más y más deprimido. La colina imperial del Vaticano se alzaba ante él a modo de sombrío recordatorio de lo que los hombres podían conseguir cuando se lo proponían.
—¿Y qué he conseguido yo en mi vida? —se preguntó en voz alta—. Nada.
—Pues déjalo —dijo una voz femenina a sus espaldas.
Glick se sobresaltó. Casi había olvidado que no estaba solo. Se volvió hacia el asiento trasero, donde su cámara, Chinita Macri, limpiaba sus gafas en silencio. Siempre estaba limpiando las gafas. Chinita era negra —ella prefería el término afroamericana—, un poco gruesa e increíblemente lista, cosa que no permitía que nadie olvidara. También era un poco rara, pero a Glick le caía bien. Además, le gustaba tener algo de compañía.
—¿Qué problema tienes, Gunth? —preguntó ella.
—¿Qué estamos haciendo aquí?
Chinita seguía limpiando sus gafas.
—Presenciar un acontecimiento apasionante.
—¿Te parece apasionante que un grupo de ancianos esté encerrado a oscuras?
—Eres consciente de que vas a ir al infierno, ¿no?
—Ya estoy en él.
—A mí me lo vas a contar. —Chinita hablaba como su madre.
—Es sólo que me gustaría dejar huella.
—Bueno, escribías para el British Tattler.
—Sí, pero nada tuvo especial resonancia.
—¡Anda ya! He oído decir que publicaste un rompedor artículo sobre la vida sexual secreta de la reina con seres alienígenas.
—Gracias.
—Eh, las cosas empiezan a ir mejor: esta noche grabarás tus primeros quince segundos de historia televisiva.
Glick soltó un gruñido. Ya podía imaginar al presentador de las noticias: «Gracias, Gunther, un buen reportaje». Luego entornaría los ojos y daría paso a la previsión meteorológica.
—Debería haber intentado conseguir el puesto de presentador.
Macri rio.
—¿Sin experiencia? ¿Y con esa barba? Ni lo sueñes.
Glick se pasó las manos por el ralo pelo rojizo de la barbilla.
—Creía que me daba un aire interesante.
El teléfono móvil de la furgoneta sonó, interrumpiendo el comentario de Glick.
—Puede que llamen de la redacción —dijo, de repente esperanzado—. ¿Crees que querrán un parte en directo?
—¿Sobre esto? —Macri rio—. Sigue soñando.
Glick contestó al teléfono con su mejor voz de presentador.
—Gunther Glick, BBC, en directo desde la Ciudad del Vaticano.
El hombre al otro lado de la línea hablaba con un marcado acento árabe.
—Escúcheme con atención —dijo—. Estoy a punto de cambiar su vida.
CAPÍTULO 49
Langdon y Vittoria se quedaron a solas ante la puerta de doble hoja que daba paso al sanctasanctórum de los archivos secretos. La decoración de la galería era una incongruente mezcla de alfombras sobre suelos de mármol y cámaras de seguridad inalámbricas instaladas junto a querubines tallados en el techo. Langdon lo bautizó como «Renacimiento estéril». Junto a la puerta de acceso había una pequeña placa de bronce.
ARCHIVO VATICANO
Conservador, padre Jaqui Tomaso
«Padre Jaqui Tomaso.» Langdon reconoció el nombre por las cartas de rechazo que guardaba en el escritorio de su casa. «Estimado señor Langdon: Con gran pesar le informo de que su petición ha sido denegada...»
«“Con gran pesar...” Y un cuerno.» Desde que había comenzado el reinado de Jaqui Tomaso, Langdon no conocía a ningún académico estadounidense no católico a quien hubieran concedido acceso a los archivos secretos del Vaticano. Il guardiano, lo llamaban los historiadores. Jaqui Tomaso era el bibliotecario más duro de pelar de todo el mundo.
Detrás de la puerta y el umbral abovedado que daba acceso al sanctasanctórum, Langdon casi esperaba encontrar al padre Tomaso ataviado con uniforme militar y casco, montando guardia con una bazuca. El lugar, sin embargo, estaba desierto.
Silencio. Iluminación tenue.
El archivo vaticano. Uno de los sueños de su vida.
Al contemplar finalmente la cámara secreta, la primera reacción de Langdon fue de vergüenza. Se dio cuenta de lo ingenuamente romántico que había sido. La imagen que durante todos esos años se había formado de esa sala no podría haber sido más inexacta. Había imaginado polvorientas estanterías repletas de desgastados volúmenes, sacerdotes catalogando a la luz de las velas y vidrieras de colores, monjes estudiando minuciosamente rollos de pergamino...
Nada que ver.
A primera vista parecía un oscuro hangar en el que alguien hubiera construido una docena de pistas de squash independientes. Langdon, claro está, sabía bien lo que eran esos recintos acristalados. No lo sorprendió verlos allí. La humedad y el calor eran perjudiciales para los volúmenes y pergaminos antiguos, y una adecuada conservación requería el uso de cámaras como ésas, cubículos herméticos que los mantenían alejados de la humedad y los ácidos naturales del aire. El profesor había estado en el interior de cámaras herméticas muchas veces, pero siempre había sido una experiencia desagradable. Era como entrar en un contenedor hermético cuyo oxígeno estuviera regulado por un bibliotecario.
Las cámaras permanecían en una oscuridad casi fantasmal, apenas iluminadas por unas pequeñas luces empotradas al final de cada estantería. En la negrura de cada celda, Langdon advirtió los enormes fantasmas, hilera tras hilera de imponentes estanterías cargadas de historia. Era una colección increíble.
Vittoria también parecía fascinada. Caminaba detrás de él, observando en silencio los gigantescos cubos transparentes.
No tenían mucho tiempo, así que, rápidamente, Langdon se puso a buscar por la oscura habitación un catálogo en el que estuviera registrada la colección de la biblioteca. Lo único que vio, sin embargo, fue el resplandor de un puñado de terminales de ordenador.
—Parece que tienen un catálogo. El índice de la biblioteca está informatizado.
Vittoria se mostró esperanzada.
—Eso debería facilitarnos las cosas.
Él deseó poder compartir su entusiasmo, pero intuyó que se trataba de una mala noticia. Se acercó a un terminal y empezó a teclear. Sus temores quedaron confirmados al instante.
—El método de toda la vida habría sido mejor.