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—¿Por qué?

Él se apartó del monitor.

—Porque los libros reales no están protegidos con contraseña. Como científica, ¿no tendrás por casualidad dotes de pirata informático?

Vittoria negó con la cabeza.

—Sé abrir ostras, eso es todo.

Langdon respiró profundamente y se volvió hacia la inquietante colección de cámaras transparentes. Se dirigió a la más cercana y aguzó la mirada para intentar ver algo en su interior. Al otro lado del cristal vislumbró formas que reconoció como estanterías, cilindros para almacenar pergaminos y mesas de consulta. Luego levantó la mirada hacia las etiquetas que brillaban al final de cada estante. Como en todas las bibliotecas, indicaban lo que contenía la hilera. Empezó a leer los nombres de las secciones mientras recorría el pasillo, pegado a la barrera transparente.

PIETRO L’EREMITA... LE CROCIATE... URBANO II... IL LEVANTE...

—Las estanterías están etiquetadas —dijo sin dejar de andar—. Pero no por orden alfabético de autor.

No le sorprendía en absoluto. Los archivos antiguos casi nunca estaban catalogados alfabéticamente porque la mayoría de los autores eran desconocidos. Por título tampoco, porque la mayor parte de los documentos históricos eran cartas sin título o fragmentos de pergaminos. En su mayoría, la catalogación solía hacerse por orden cronológico. Ese orden, sin embargo, no parecía ser cronológico.

Langdon sintió que se les estaba escapando un tiempo valiosísimo.

—Parece que el Vaticano tiene su propio sistema.

—Qué sorpresa.

Volvió a examinar las etiquetas. Los documentos comprendían varios siglos, pero advirtió que todas las palabras clave estaban interrelacionadas.

—Creo que la clasificación es temática.

—¿Temática? —dijo Vittoria en un tono desaprobatorio—. No parece muy práctico...

«En realidad... —pensó él, considerando atentamente la cuestión—. Puede que se trate de la catalogación más astuta que haya visto nunca.» Siempre les decía a sus alumnos que era mejor comprender las características y los motivos generales de un período artístico que perderse en el maremágnum de fechas y obras específicas. Al parecer, los archivos vaticanos seguían una filosofía similar. «Pinceladas generales...»

—Todo lo que hay en esta cámara —dijo Langdon, sintiéndose cada vez más confiado—, siglos de material, tiene que ver con las cruzadas. Es el tema de esta cámara.

Estaba todo allí, advirtió. Informes históricos, cartas, obras de arte, información sociopolítica, análisis modernos. Todo en un mismo sitio..., facilitando así una comprensión más profunda del tema.

«Brillante.»

Vittoria frunció el entrecejo.

—Pero la información puede estar relacionada con múltiples temas simultáneamente.

—Razón por la cual cruzan las referencias mediante marcadores. —Langdon señaló una etiqueta de plástico de color insertada entre los documentos—. Con ellos se indican los documentos secundarios que se encuentran situados en algún otro lugar, con su tema principal.

—Vale —dijo ella, dando por válida su explicación. Puso entonces los brazos en jarras e inspeccionó el vasto espacio. Luego se volvió hacia él—. Entonces, profesor, ¿cómo se llama esa cosa de Galileo que estamos buscando?

Él no pudo evitar sonreír. Todavía no había asimilado que se encontraba en esa sala. «Está aquí —pensó—. En algún lugar, esperándome.»

—Sígueme —ordenó, y empezó a recorrer a toda velocidad el primer pasillo, examinando las etiquetas indicadoras de cada cámara—. ¿Recuerdas lo que te he contado del Sendero de la Iluminación? ¿Que los illuminati reclutaban nuevos miembros mediante una compleja prueba?

—La búsqueda del tesoro —dijo Vittoria siguiéndolo de cerca.

—El problema era que, una vez colocados los indicadores, los illuminati necesitaban hacer saber de algún modo a la comunidad científica que el sendero existía.

—Lógico —comentó ella—. De lo contrario, nadie lo habría buscado.

—Sí, e incluso si conseguían averiguar la existencia del sendero, los científicos seguían sin saber dónde comenzaba. Roma es muy grande.

—Ya veo.

Langdon empezó a recorrer el siguiente pasillo, examinando las etiquetas mientras hablaba.

—Hace unos quince años, unos historiadores de la Sorbona y yo descubrimos una serie de cartas illuminati llenas de referencias al segno.

—La señal. El anuncio del sendero y del lugar en el que comenzaba.

—Sí. Y desde entonces, muchos estudiosos de la hermandad, yo incluido, hemos descubierto otras referencias al segno. Hoy en día es una teoría aceptada que la pista existe y que Galileo la distribuyó entre la comunidad científica sin que el Vaticano se enterara.

—¿Cómo?

—No estamos seguros, pero probablemente mediante alguna publicación. A lo largo de los años publicó muchos libros y boletines informativos.

—Que sin duda también llegaron a manos del Vaticano. Eso suena peligroso.

—Cierto. Sin embargo, sabemos que el segno fue distribuido.

—¿Y nadie lo ha encontrado?

—No. Curiosamente, todas las alusiones al segno (en diarios masónicos, antiguas revistas científicas, cartas illuminati) consisten en un número.

—¿666?

Langdon sonrió.

—No, el 503.

—Y ¿qué significa?

—Todavía no lo hemos descubierto. Yo me obsesioné con el 503, e intenté encontrarle un significado de todas las formas posibles: numerología, referencias de mapas, latitudes. —Langdon llegó al final del pasillo, dobló la esquina y se apresuró a examinar la siguiente hilera de etiquetas mientras hablaba—. Durante muchos años, la única pista parecía ser que el 503 comenzaba con el número cinco, uno de los dígitos sagrados para los illuminati.

—Algo me dice que por fin has averiguado a qué hace referencia, y que por eso estamos aquí.

—Así es —dijo él, permitiéndose un raro momento de orgullo por su trabajo—. ¿Te suena un libro de Galileo titulado Dialogo?

—Por supuesto. Es famoso entre los científicos por ser la máxima traición a la ciencia jamás cometida.

«Traición» no era la palabra que Langdon habría usado, pero entendía lo que Vittoria quería decir. A principios de la década de 1630, Galileo quería publicar un libro que apoyara el modelo heliocéntrico del sistema solar desarrollado por Copérnico, pero el Vaticano no permitía su publicación a no ser que Galileo incluyera asimismo persuasivas pruebas de su propio modelo geocéntrico. Un modelo —Galileo lo sabía— completamente equivocado. Así pues, no tuvo otra opción que acceder a las demandas de la Iglesia y conceder el mismo espacio a ambos modelos.

—Como probablemente sabrás —prosiguió Langdon—, a pesar de las concesiones que hizo Galileo, el Dialogo fue considerado herético, y el Vaticano lo condenó a arresto domiciliario.

—Ninguna buena acción queda sin castigo.

Él sonrió.

—Cierto. Aun así, Galileo era perseverante. Mientras permanecía bajo arresto domiciliario, escribió en secreto un manuscrito menos conocido que los académicos a menudo confunden con el Dialogo. Ese libro se titula Discorsi.

Vittoria asintió.

—He oído hablar de él. Discursos sobre las mareas.

Langdon se detuvo de golpe, sorprendido porque conociera una oscura publicación sobre el movimiento planetario y su efecto en las mareas.

—Eh —dijo Vittoria—, estás hablando con una física marina italiana cuyo padre veneraba a Galileo.

Él se rio. Lo que buscaban, sin embargo, no era Discorsi. Langdon le explicó que ésa no fue la única obra que Galileo escribió bajo arresto domiciliario. Los historiadores creían que también había escrito un oscuro folleto titulado Diagramma.