Volvió a intentarlo. Forzó la vista y recorrió lentamente la línea que le señalaba el ángel. Sabía, sin embargo, que no todas las iglesias tenían agujas visibles, sobre todo si eran templos menores y estaban apartados. Además, Roma había cambiado drásticamente desde el siglo XVII, cuando las iglesias eran los edificios más altos que se podían construir. Ahora, lo único que Langdon veía eran edificios de apartamentos, oficinas y torres de televisión.
Por segunda vez, su mirada se perdió en el horizonte sin conseguir ver nada. Ni una sola aguja. En la distancia, casi a las afueras de la ciudad, el sol se ponía tras la enorme cúpula de Miguel Ángel. La basílica de San Pedro. La Ciudad del Vaticano. Se preguntó cómo estarían los cardenales, y si los guardias suizos habrían encontrado la antimateria. Algo le decía que todavía no..., y que no lo harían.
Los versos del poema volvieron a resonar en su cabeza. Los repasó cuidadosamente, uno a uno. «Desde la tumba terrenal de Santi y su agujero del diablo.» Habían encontrado la tumba de Santi. «Al cruzar Roma los elementos místicos se revelan.» Los elementos místicos eran tierra, aire, fuego y agua. «El sendero de la luz ha sido trazado, la prueba sagrada.» El Sendero de la Iluminación estaba formado por esculturas de Bernini. «Deja que los ángeles guíen tu noble búsqueda.»
El ángel apuntaba al suroeste...
—¡La escalinata! —exclamó Glick al tiempo que, frenético, señalaba a través del parabrisas de la furgoneta de la BBC—. ¡Algo está pasando!
Macri volvió a enfocar la entrada principal. Efectivamente, algo sucedía. Al pie de la escalinata, el hombre de aspecto militar había aparcado uno de los Alfa Romeo cerca de la escalera y había abierto el maletero. Luego echó un vistazo alrededor de la plaza por si había algún mirón. Por un momento, Macri creyó que los había descubierto, pero no fue así. Aparentemente satisfecho, sacó una radio y habló a través de ella.
Casi al instante, un ejército de soldados salió de la iglesia. Como si de un equipo de fútbol americano se tratara, los soldados formaron una fila en lo alto de la escalinata y, moviéndose como una muralla humana, empezaron a descender. Tras ellos, casi completamente ocultos por la muralla, cuatro soldados parecían transportar algo. Algo pesado.
Glick se inclinó hacia delante sobre el salpicadero.
—¿Están robando algo de la iglesia?
Chinita utilizó el teleobjetivo para intentar ver algo a través de la muralla de hombres, en busca del más mínimo resquicio. «Una décima de segundo —pensó—. Eso es todo cuanto necesito. Un simple fotograma.» Pero los hombres se movían a una. «¡Vamos!» Finalmente obtuvo su recompensa. Cuando los soldados se disponían a introducir el objeto en el maletero, Macri encontró la abertura que buscaba. Irónicamente fue el hombre de mayor edad quien metió la pata. Apenas duró un instante, pero Chinita tuvo más que suficiente. Había conseguido su fotograma. En realidad, había conseguido diez.
—Llama a la editora —dijo—. Tenemos un cadáver.
Lejos de allí, en el CERN, Maximilian Kohler entró con su silla de ruedas en el estudio de Leonardo Vetra. Con mecánica eficiencia, empezó a rebuscar entre sus papeles. Al no encontrar lo que estaba buscando, se dirigió al dormitorio de Vetra. El cajón superior de su mesilla de noche estaba cerrado con llave. Kohler lo forzó con un cuchillo de la cocina.
Dentro, el director encontró exactamente lo que buscaba.
CAPÍTULO 72
Langdon bajó del andamio y se sacudió el yeso de la ropa. Vittoria estaba esperándolo.
—¿Has visto algo? —preguntó ella.
Él negó con la cabeza.
—Han metido al cardenal en el maletero.
Langdon se volvió hacia el coche aparcado. Olivetti y un grupo de soldados habían desplegado un plano sobre el capó.
—¿Están buscando en el suroeste?
Ella asintió.
—No hay ninguna iglesia. Desde aquí, la primera con la que uno se topa es la basílica de San Pedro.
Langdon soltó un gruñido. Al menos estaban de acuerdo. Se acercó a Olivetti. Los soldados se apartaron para dejarlo pasar.
El comandante levantó la mirada.
—Nada. Pero aquí no aparecen todas las iglesias. Sólo las grandes. Unas cincuenta.
—¿Dónde estamos? —preguntó Langdon.
Olivetti señaló la piazza del Popolo y trazó una línea recta en dirección al suroeste. La línea quedaba bastante lejos del grupo de marcas negras que indicaban la localización de las principales iglesias de Roma. Desafortunadamente, esas iglesias también eran las más antiguas de la ciudad, las que ya existían en el siglo XVII.
—He de tomar algunas decisiones —dijo Olivetti—. ¿Está seguro de la dirección?
Langdon pensó en el dedo extendido del ángel y en el apremio de la situación.
—Sí, señor. Completamente.
El comandante se encogió de hombros y volvió a trazar la línea recta con el dedo. El camino cruzaba el ponte Regina Margherita, la via Cola di Rienzo, y pasaba por la piazza del Risorgimento, sin encontrarse con ninguna iglesia hasta que terminaba abruptamente en la plaza de San Pedro.
—¿Qué tiene de malo la basílica de San Pedro? —preguntó uno de los soldados. Tenía una profunda cicatriz bajo el ojo izquierdo—. Es una iglesia.
Langdon negó con la cabeza.
—Ha de ser un espacio público. Ahora mismo no lo parece demasiado.
—Pero la línea pasa directamente por la plaza de San Pedro —añadió Vittoria mirando por encima de su hombro—. Y la plaza sí es pública.
Él ya lo había considerado.
—Pero en ella no hay estatuas.
—¿No hay un monolito en el centro?
Vittoria tenía razón. Había un monolito egipcio en la plaza de San Pedro. Langdon levantó la mirada hacia el monolito que había en la piazza que tenían delante. «La pirámide elevada.» Una extraña coincidencia, pensó. Pero la descartó.
—El monolito del Vaticano no es de Bernini. Lo mandó traer Calígula. Y no tiene nada que ver con el aire. Además, hay otro problema, el poema dice que los elementos están desperdigados por Roma. La plaza de San Pedro está en la Ciudad del Vaticano, no en Roma.
—Depende de a quién se lo pregunte usted —intervino un guardia.
Langdon levantó la mirada.
—¿Cómo dice?
—Eso siempre ha sido motivo de discusión. En la mayoría de los planos, la plaza de San Pedro forma parte de la Ciudad del Vaticano, pero como está fuera del recinto amurallado, durante siglos las autoridades romanas han reivindicado su pertenencia a Roma.
—Está de broma, ¿no? —dijo Langdon. Él nunca había oído eso.
—Sólo lo digo —prosiguió el guardia— porque el comandante Olivetti y la señorita Vetra estaban preguntando por una escultura que tuviera que ver con el aire.
El profesor abrió unos ojos como platos.
—¿Y conoce usted alguna en la plaza de San Pedro?
—No exactamente. En realidad, no es una escultura. Seguramente no es nada relevante.
—Oigámoslo —insistió Olivetti.
El guardia se encogió de hombros.
—Lo sé porque suelo hacer muchas guardias en la plaza y conozco cada uno de sus rincones.
—La estatua. ¿Qué aspecto tiene? —lo apremió Langdon. Estaba empezando a preguntarse si los illuminati habrían tenido las agallas de colocar su segundo indicador enfrente mismo de la basílica de San Pedro.
—Patrullo por delante a diario —explicó el guardia—. Está en el centro, justo en el punto que señala esa línea. Eso es lo que me ha hecho pensar en ella. Como he dicho, no es realmente una escultura. Es más bien una... baldosa.