Al acercarse al monolito, Vittoria aminoró el paso y exhaló un sonoro suspiro como si quisiera animar a Langdon a relajarse junto a ella. Él decidió intentarlo, dejó caer los hombros y destensó su apretada mandíbula.
Junto al obelisco, audazmente colocado frente a la iglesia más grande del mundo, se encontraba el segundo altar de la ciencia, el West Ponente de Bernini: una baldosa elíptica en plena plaza de San Pedro.
Gunther Glick lo observaba todo desde las sombras de las columnas que rodeaban la plaza. Cualquier otro día, el hombre de la americana de tweed y la mujer con los pantalones cortos de color caqui no le habrían interesado lo más mínimo. No parecían más que dos turistas de visita en la plaza. Pero ése no era un día cualquiera. Ése había sido un día de soplos telefónicos, cadáveres, carreras de coches camuflados por Roma y hombres con americana de tweed que trepaban por andamios en busca de Dios sabía qué. Glick no pensaba quitarles ojo.
Miró hacia el otro extremo de la plaza y vio a Macri. Estaba exactamente donde él le había dicho que se situara para poder vigilar a la pareja desde el otro flanco. Llevaba su videocámara, pero a pesar de su interpretación del papel de aburrida periodista, destacaba más de lo que a Glick le habría gustado. En ese lejano rincón de la plaza no había prensa, y las siglas «BBC» estampadas en su cámara llamaban la atención de algunos turistas.
En esos mismos momentos, las imágenes del cadáver desnudo arrojado al maletero que Macri había grabado poco antes estaban surcando los aires en dirección a Londres gracias al transmisor de vídeo de la furgoneta. Glick se preguntó qué dirían en la redacción.
Le habría gustado haber llegado al cadáver antes de que el ejército de soldados de paisano interviniera. Sabía que ahora ese mismo ejército se había desplegado en la piazza. Algo muy gordo debía de estar a punto de pasar.
«Los medios de comunicación son el brazo derecho de la anarquía», había dicho el asesino. Glick se preguntó si se le habría escapado ya la gran primicia. Miró las otras furgonetas de medios de comunicación a lo lejos y vio que Macri todavía seguía a la misteriosa pareja por la piazza. Algo le decía a Glick que aún no estaba fuera de juego...
CAPÍTULO 74
Langdon divisó lo que estaban buscando a unos buenos diez metros. Por entre grupos dispersos de turistas, la elipse de mármol blanco de Bernini destacaba entre los adoquines de granito gris que conformaban el suelo del resto de la piazza. Al parecer, Vittoria también la vio, pues de repente intensificó todavía más la presión de su mano.
—Relájate —susurró él—. Haz eso de la piraña.
Ella aflojó la presión.
Al acercarse pudieron comprobar que la situación parecía completamente normal. Alrededor del obelisco deambulaban los turistas, las monjas charlaban y una niña daba de comer a las palomas al pie mismo del monumento.
Langdon se abstuvo de consultar su reloj. Sabía que ya casi era la hora.
En cuanto llegaron a la baldosa elíptica, se detuvieron y procuraron disimular su agitación. No eran más que dos turistas que se detenían en un punto de relativo interés.
—West Ponente —dijo Vittoria leyendo la inscripción de la piedra.
Él bajó la mirada hacia la elipse de mármol y de pronto se sintió algo ingenuo. Ni en sus libros de arte, ni en sus numerosos viajes a Roma, se había dado cuenta de la importancia del West Ponente.
Hasta ese día.
El relieve era elíptico, medía aproximadamente un metro de largo y en él había esculpida una rudimentaria cara con apariencia de ángel que representaba el viento del oeste. De la boca del ángel surgía un poderoso aliento que se alejaba del Vaticano... «El aliento de Dios.» Era el tributo de Bernini al segundo elemento... Aire... Los labios de un ángel exhalando un etéreo céfiro. Mientras lo miraba con atención, Langdon se dio cuenta de que la importancia del relieve era todavía mayor de lo que había creído hasta entonces. Bernini había tallado cinco ráfagas de aire distintas... ¡Cinco! Y, además, dos estrellas brillantes flanqueaban el medallón. Pensó entonces en Galileo. «Dos estrellas, cinco ráfagas, elipses, simetría...» Se sentía exhausto. Le dolía la cabeza.
Casi de inmediato, Vittoria volvió a ponerse en marcha y alejó a Langdon del relieve.
—Creo que alguien nos está siguiendo —dijo.
Él levantó la mirada.
—¿Dónde?
La joven se alejó del West Ponente unos treinta metros antes de contestar. Señaló hacia el Vaticano como si le mostrara a Robert algo en la cúpula.
—Desde que hemos llegado a la plaza, una misma persona ha estado detrás de nosotros. —Disimuladamente, Vittoria echó un vistazo por encima del hombro—. Sigue ahí. No te pares.
—¿Crees que se trata del hassassin?
Ella negó con la cabeza.
—No, a no ser que los illuminati contraten mujeres con cámaras de la BBC.
Cuando las campanas de la basílica de San Pedro iniciaron su ensordecedor clamor, tanto Langdon como Vittoria se sobresaltaron. Era la hora. Se habían alejado del West Ponente con la intención de despistar a la reportera, pero en ese momento regresaron rápidamente hacia el relieve.
A pesar del estruendo de las campanas, la zona parecía estar en completa calma. Los turistas paseaban. Un indigente borracho dormitaba a los pies del obelisco. Una niña daba de comer a las palomas. Langdon se preguntó si la reportera habría ahuyentado al asesino. «Es poco probable —decidió, recordando su promesa—: “Convertiré a los cardenales en celebridades mediáticas.”»
Cuando el eco de la novena campanada se apagó, un pacífico silencio descendió sobre la plaza.
Y entonces... la niña comenzó a gritar.
CAPÍTULO 75
Langdon fue el primero en llegar hasta ella.
La aterrorizada pequeña señalaba la base del obelisco. Allí podía verse a un desharrapado y decrépito borracho recostado en la escalera. Su estado era lamentable. Debía de ser un indigente más de Roma. Grasientos mechones de pelo gris le caían sobre la cara, y llevaba el cuerpo envuelto en harapos sucios. La niña siguió gritando mientras se alejaba corriendo hacia la muchedumbre.
Langdon sintió una oleada de terror al llegar junto al hombre. En los harapos que llevaba puestos podía ver una amplia mancha oscura. Sangre.
Luego los acontecimientos se precipitaron.
El anciano se dobló por la mitad y se tambaleó hacia delante. Langdon intentó sujetarlo pero fue demasiado tarde. El hombre cayó de la escalera y quedó boca abajo sobre el pavimento. Inmóvil.
Langdon se arrodilló al tiempo que Vittoria llegaba a su lado. Alrededor empezó a agolparse la multitud.
La joven le aplicó los dedos en el cuello.
—Todavía tiene pulso —declaró—. Démosle la vuelta.
Langdon no se demoró. Cogió al hombre por los hombros y le dio media vuelta. Al hacerlo, los harapos parecieron desprenderse de su cuerpo como si de carne muerta se tratara. El hombre quedó echado boca arriba. En el centro mismo de su pecho desnudo podía verse una amplia zona de carne quemada.
Vittoria dejó escapar un grito ahogado y retrocedió.