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—¿También las obras que se encuentran en iglesias situadas fuera de la Ciudad del Vaticano?

El soldado lo miró extrañado.

—Por supuesto. Todas las iglesias católicas de Roma son propiedad del Vaticano.

Langdon miró el listado que tenía en las manos. Contenía los nombres de unas veinte iglesias sobre las que pasaba la línea del aliento del West Ponente. El tercer altar de la ciencia era una de ellas, y el profesor esperó tener tiempo de averiguar de cuál se trataba. En otras circunstancias le habría encantado poder explorar cada uno de los templos personalmente. Ese día, sin embargo, tenía unos veinte minutos para encontrar lo que estaba buscando: la única iglesia que contenía un tributo de Bernini al fuego.

Se dirigió hacia la puerta giratoria electrónica. El guardia no lo siguió. Langdon advirtió en él una cierta vacilación y sonrió.

—No pasa nada. El aire es escaso, pero se puede respirar.

—Mis órdenes son escoltarlo hasta aquí y regresar inmediatamente al centro de seguridad.

—¿Se va?

—Sí. La Guardia Suiza tiene prohibido el acceso a los archivos. Estoy rompiendo el protocolo al escoltarlo hasta aquí. El comandante me lo ha dejado claro.

—¿Rompiendo el protocolo? —«¿Tiene alguna idea de lo que está pasando aquí esta noche?», pensó Langdon—. ¡¿Se puede saber de parte de quién está su maldito comandante?!

Todo rastro de simpatía desapareció del rostro del guardia. La cicatriz que tenía bajo el ojo titiló. Se quedó mirando fijamente a Langdon, de un modo muy parecido a como lo hacía Olivetti.

—Le pido disculpas —dijo Langdon lamentando el comentario—. Es sólo que me iría bien contar con algo de ayuda.

El guardia no pestañeó.

—Estoy entrenado para seguir órdenes, no para cuestionarlas. Cuando encuentre lo que está buscando, póngase inmediatamente en contacto con el comandante.

Langdon se sentía frustrado.

—Pero ¿él dónde estará?

El guardia sacó su radio y la depositó sobre una mesa cercana.

—Canal uno —dijo, y desapareció en la oscuridad.

CAPÍTULO 81

El televisor del despacho del papa era un Hitachi de gran tamaño que se ocultaba en un armario empotrado que había frente al escritorio. En cuanto abrieron las puertas del armario, todo el mundo se agolpó a su alrededor. Vittoria también se acercó. La pantalla se encendió y apareció el rostro de una joven reportera. Era una morena de mirada inocente.

—Soy Kelly Horan-Jones —anunció—, en directo desde la Ciudad del Vaticano para la MSNBC. —A su espalda podía verse una imagen nocturna de la basílica de San Pedro con las luces encendidas.

—¡No estás en directo! —exclamó Rocher—. ¡Eso son imágenes de archivo! ¡Las luces de la basílica están apagadas!

Olivetti lo hizo callar.

La reportera prosiguió con voz tensa:

—Unos espeluznantes sucesos han tenido lugar esta noche durante el cónclave que se celebra en la Ciudad del Vaticano. Nos informan de que dos miembros del Colegio Cardenalicio han sido brutalmente asesinados en Roma...

Olivetti maldijo por lo bajo.

Mientras la reportera seguía informando, un guardia apareció en la puerta.

—Comandante, todas las líneas de la centralita están saturadas. Quieren saber cuál es nuestra posición oficial sobre...

—Desconéctela —dijo Olivetti sin apartar los ojos del televisor.

El guardia se mostró vacilante.

—Pero, comandante...

—¡Haga lo que le digo!

El guardia se fue corriendo.

Vittoria tuvo la sensación de que el camarlengo había estado a punto de decir algo pero que finalmente se había contenido. En vez de eso, el sacerdote le dirigió una larga y dura mirada a Olivetti antes de volverse de nuevo hacia el televisor.

A continuación, la MSNBC emitió una grabación. En ella, unos guardias suizos bajaban la escalera de Santa Maria del Popolo con el cadáver del cardenal Ebner a cuestas y lo depositaban en el maletero de un Alfa Romeo. Justo en ese momento la grabación se detuvo y la imagen se amplió para que el cadáver desnudo del cardenal fuera visible.

—¿Quién diablos ha grabado esas imágenes? —exclamó Olivetti.

La reportera de la MSNBC siguió informando:

—Presuntamente, el cadáver corresponde al cardenal Ebner, de Fráncfort, en Alemania. En cuanto a los hombres que sacan el cadáver de la iglesia, parece que se trata de guardias suizos del Vaticano. —Parecía como si la reportera hiciera todos los esfuerzos posibles por semejar conmovida. Mostraron un primer plano de su rostro y ella adoptó una expresión aún más sombría—. La MSNBC quiere advertir a los espectadores de que las imágenes que vamos a ofrecerles a continuación son excepcionalmente gráficas y pueden no ser aptas para todos los públicos.

Vittoria gruñó al oír la falsa preocupación de la cadena televisiva por la sensibilidad del espectador, pues no se trataba sino del anzuelo definitivo. Nadie cambiaba de canal tras una promesa como ésa.

—Insistimos en que las imágenes que van a ver a continuación pueden herir la sensibilidad de algunos espectadores.

—¿Qué imágenes? —preguntó Olivetti—. Nos acaban de mostrar...

La imagen que apareció en pantalla era la de una pareja abriéndose paso entre el gentío de la plaza de San Pedro. Vittoria se percató inmediatamente de que se trataba de Robert y ella misma. En la esquina de la pantalla había un texto sobreimpreso: CORTESÍA DE LA BBC.

—Oh, no —dijo en voz alta—. Oh..., no.

El camarlengo parecía confuso. Se volvió hacia Olivetti.

—¡¿No ha dicho que había confiscado esa cinta?!

De repente, en el televisor se oyó el grito de una niña. El plano se amplió y pudo verse a la pequeña señalando lo que parecía un indigente. Un momento después, Robert Langdon aparecía para intentar ayudar a la niña.

Todos los presentes en el despacho del papa observaron horrorizados y en silencio el drama que tenía lugar ante ellos. Primero el cuerpo del cardenal caía al suelo. Luego aparecía Vittoria e intentaba poner algo de orden. Había sangre. Una marca. Y un espeluznante intento fallido de realizar una reanimación cardiopulmonar.

—Estas asombrosas imágenes —dijo la reportera— han sido grabadas hace apenas unos minutos delante del Vaticano. Nuestras fuentes nos dicen que se trata del cadáver del cardenal Lamassé, de Francia. Por qué iba vestido de ese modo y no se encontraba en el cónclave sigue siendo un misterio. Hasta el momento, el Vaticano no ha hecho ninguna declaración al respecto.

Luego volvieron a emitir las imágenes.

—¿No hemos hecho ninguna declaración? —dijo Rocher—. ¡Concédenos al menos un maldito minuto!

La reportera seguía hablando, ahora con el entrecejo fruncido.

—Aunque la MSNBC todavía no ha podido confirmar el motivo del ataque, nuestras fuentes nos indican que los asesinatos han sido reivindicados por un grupo autodenominado Illuminati.

Olivetti explotó.

—¡¿Cómo?!

—... pueden averiguar más sobre los illuminati visitando nuestra página web en el...

Non è possibile! —declaró el comandante cambiando de canal.

En la pantalla apareció un reportero español.

—... una secta satánica conocida como Illuminati, que algunos historiadores creen...

Olivetti comentó a presionar frenéticamente los botones del mando a distancia. Todos los canales daban la misma noticia. La mayoría eran en inglés.