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—... guardias suizos sacando el cadáver de una iglesia a última hora de esta tarde. Se cree que se trata del cardenal...

—... luces en la basílica y los museos están apagadas, motivo de especulación acerca...

—... hablará con el especialista en conspiraciones Tyler Tingley acerca de este sorprendente resurgimiento...

—... se rumorea que para esta noche hay planeados dos asesinatos más...

—... se preguntan ahora si el cardenal Baggia se encuentra entre los desaparecidos...

Vittoria se apartó. Todo estaba sucediendo muy deprisa. Fuera ya casi se había hecho de noche y el magnetismo de la tragedia humana parecía atraer a más gente al Vaticano. La cantidad de personas que se congregaban en la plaza había aumentado en pocos minutos. Los peatones se acercaban al Vaticano al tiempo que nuevos medios de comunicación descargaban sus equipos de las furgonetas y tomaban la plaza de San Pedro.

Olivetti dejó el mando a distancia y se volvió hacia el camarlengo.

Signore, no tengo ni idea de cómo puede haber sucedido esto. ¡Cogimos la cinta que había en esa cámara!

Nadie dijo una palabra. Los guardias suizos permanecían en posición de firmes, completamente rígidos.

—Parece —suspiró finalmente el camarlengo, más desolado que furioso— que no hemos contenido esta crisis tan bien como me había hecho creer usted. —Miró por la ventana a la multitud—. He de hacer un comunicado.

Olivetti negó con la cabeza.

—No, signore. Eso es exactamente lo que los illuminati quieren que haga, que los ratifique y les otorgue poder. Debemos permanecer en silencio.

—¿Y esa gente? —Ventresca señaló por la ventana—. Dentro de poco habrá decenas de miles. Y más tarde, cientos de miles. Seguir con esta farsa no hará sino ponerlos en peligro. He de advertirlos. Y luego debemos evacuar al Colegio Cardenalicio.

—Todavía hay tiempo. Deje que el capitán Rocher encuentre la antimateria.

El camarlengo se volvió hacia él.

—¿Está intentando darme una orden?

—No, le estoy dando un consejo. Si le preocupa la gente que está fuera, podemos anunciar una fuga de gas y evacuar la zona, pero admitir que somos rehenes es peligroso.

—Comandante, sólo se lo diré una vez. No pienso utilizar esta oficina como púlpito para mentir al mundo. Si anuncio algo, será la verdad.

—¿La verdad? ¿Que el Vaticano está bajo la amenaza de unos terroristas satánicos? Eso únicamente debilitaría nuestra posición.

El camarlengo lo fulminó con la mirada.

—¿Acaso puede ser todavía más débil?

De repente Rocher profirió un grito, cogió el mando a distancia y subió el volumen del televisor. Todos se volvieron.

Era la mujer de la MSNBC, en directo. Ahora parecía nerviosa de verdad. A su lado había una fotografía sobreimpresa del papa fallecido.

—... última hora. La BBC acaba de informar de lo siguiente... —Miró a un lado como si quisiera confirmar que realmente debía hacer ese comunicado. Tras recibir la confirmación, volvió a mirar a la cámara y se dirigió a los espectadores—. Los illuminati acaban de reivindicar... —vaciló—, acaban de reivindicar su responsabilidad en la muerte del papa hace quince días.

El camarlengo se quedó boquiabierto.

Rocher dejó caer el mando a distancia.

Vittoria apenas podía procesar la información.

—De acuerdo con la ley del Vaticano —prosiguió la mujer—, al pontífice no se le realizó autopsia alguna, de modo que la reivindicación hecha por los illuminati no puede confirmarse. No obstante, éstos mantienen que la causa de la muerte del papa no fue una apoplejía, como informó en su momento la Santa Sede, sino un envenenamiento.

La sala volvió a quedar en silencio.

Olivetti estalló.

—¡Eso es una locura! ¡Una mentira descarada!

Rocher empezó a cambiar de canales otra vez. El comunicado parecía haberse propagado de canal en canal como una plaga. Todo el mundo estaba dando la misma noticia. Los titulares competían en sensacionalismo.

ASESINATO EN EL VATICANO

PAPA ENVENENADO

SATÁN SE INFILTRA EN LA CASA DE DIOS

El camarlengo apartó la mirada.

—Que el Señor nos asista.

Mientras cambiaba de un canal a otro, Rocher pasó fugazmente por la BBC.

—... soplo sobre el asesinato en Santa Maria del Popolo...

—¡Un momento! —dijo el camarlengo—. Vuelva a ese canal.

Rocher obedeció. En la pantalla apareció un peripuesto tipo sentado tras la mesa de un noticiario. Superpuesta en su hombro se podía ver la imagen de un hombre de aspecto extraño y barba pelirroja. Bajo la fotografía, decía: GUNTHER GLICK, EN DIRECTO DESDE LA CIUDAD DEL VATICANO. Al parecer, el tal Glick estaba al teléfono, pues la comunicación era algo deficiente.

—... mi cámara obtuvo las imágenes del momento en que retiraban el cadáver del cardenal de la capilla Chigi.

—Permíteme que se lo reitere a nuestros espectadores —dijo el presentador de Londres—. El reportero de la BBC Gunther Glick es quien ha obtenido esta primicia. Ha estado en contacto directo dos veces con el supuesto asesino de los illuminati. Gunther, ¿dices que el asesino te ha llamado hace un momento para transmitirte un mensaje de parte de la hermandad?

—Así es.

—Y el mensaje es que los illuminati eran de algún modo responsables de la muerte del papa, ¿no es así? —El presentador no parecía del todo convencido.

—Efectivamente. El desconocido me ha dicho que la muerte del sumo pontífice no se debió a una apoplejía, como sospechó el Vaticano, sino a que había sido envenenado por los illuminati.

Todo el mundo en el despacho del papa se quedó inmóvil.

—¿Envenenado? —repitió el presentador—. Pe... pero ¿cómo?

—No me ha dado detalles —repuso Glick—, salvo que lo asesinaron con una droga conocida como... —se oyó un trasiego de papeles—, algo conocido como heparina.

El camarlengo, Olivetti y Rocher intercambiaron miradas de confusión.

—¿Heparina? —dijo Rocher, inquieto—. Pero ¿no es eso...?

El camarlengo empalideció.

—La medicación del papa.

Vittoria se quedó atónita.

—¿El papa tomaba heparina?

—Padecía tromboflebitis —explicó el camarlengo—. Debía ponerse una inyección al día.

Rocher parecía desconcertado.

—Pero la heparina no es un veneno. ¿Por qué dicen los illuminati que...?

—La heparina puede ser mortal si se suministra en dosis elevadas —explicó Vittoria—. Es un poderoso anticoagulante. Una sobredosis puede provocar hemorragias internas y cerebrales masivas.

Olivetti la miró con recelo.

—¿Cómo sabe usted eso?

—Los biólogos marinos la utilizan en mamíferos en cautividad para prevenir la formación de coágulos en la sangre por el descenso de actividad. Muchos animales han muerto por una administración incorrecta de la droga. —Se detuvo un momento—. Una sobredosis de heparina en un ser humano podría causarle síntomas parecidos a los de una apoplejía... Sobre todo si no se puede confirmar posteriormente con una autopsia.

El camarlengo parecía ahora realmente preocupado.

Signore —dijo Olivetti—, está claro que no se trata más que de una estratagema de los illuminati para conseguir publicidad. Es imposible que alguien envenenara al papa. Nadie tenía acceso a él. E incluso si mordemos el anzuelo e intentamos refutar su reivindicación, ¿cómo podríamos demostrarlo? La ley del Vaticano prohíbe las autopsias. Y, en realidad, una autopsia tampoco nos revelaría nada. Encontraríamos restos de heparina de sus inyecciones diarias.