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—Cierto —la voz del camarlengo se endureció—. Pero hay otra cosa que me preocupa. Nadie del exterior sabía que su santidad estaba tomando esa medicación.

Se hizo un silencio.

—Si sufrió una sobredosis de heparina —dijo Vittoria—, sería visible algún rastro en su cuerpo.

Olivetti se volvió hacia ella.

—Señorita Vetra, por si no me ha oído, le repito que las autopsias papales están prohibidas por la ley del Vaticano. ¡No profanaremos el cadáver de su santidad y lo abriremos en canal sólo porque un enemigo nos provoque con sus declaraciones!

Ella se sintió avergonzada.

—No quería insinuar que... —Vittoria no pretendía ser irrespetuosa—. No estaba sugiriendo ni mucho menos que exhumaran al papa... —Vaciló un momento.

De repente recordó algo que Robert le había dicho en la capilla Chigi. Había mencionado que los sarcófagos papales no se enterraban ni tampoco se sellaban con cemento: una vuelta a los días de los faraones en los que sellar y enterrar un sarcófago se consideraba una trampa para el alma del fallecido. La gravedad era la única argamasa cuando las tapas de los ataúdes pesaban cientos de kilos. «Técnicamente —se dio cuenta—, sería posible...»

—¿Qué tipo de rastros? —dijo de repente el camarlengo.

Vittoria notó que su corazón latía con más fuerza.

—Las sobredosis pueden provocar una hemorragia de la mucosa bucal.

—¿La mucosa qué?

—Una hemorragia en las encías. Post mórtem, la sangre se coagula y ennegrece el interior de la boca.

Vittoria había visto una vez una fotografía de una pareja de orcas del acuario de Londres cuyo entrenador les había suministrado accidentalmente una sobredosis. Las ballenas flotaban sin vida en el tanque, con las bocas abiertas y las lenguas negras como el hollín.

El camarlengo no dijo nada. Se volvió y se quedó mirando por la ventana.

La voz de Rocher había perdido su optimismo.

Signore, si lo del envenenamiento es cierto...

—No es cierto —declaró Olivetti—. Es completamente imposible que un desconocido accediera al papa.

Si es cierto —repitió Rocher—, y nuestro santo padre fue asesinado, las implicaciones en la búsqueda de la antimateria son enormes. El asesinato supondría una infiltración mucho más profunda de lo que habíamos imaginado. Buscar en las zonas blancas puede que sea inadecuado. Si nuestra seguridad se ha visto comprometida hasta ese punto, puede que no encontremos el contenedor a tiempo.

Olivetti fulminó a Rocher con una fría mirada.

—Le diré lo que va a pasar, capitán.

—No —dijo el camarlengo, y giró de pronto sobre sí mismo—. Yo les diré lo que va a pasar. —Miró directamente a Olivetti—. Esto ya ha llegado demasiado lejos. Dentro de veinte minutos decidiré si cancelar o no el cónclave y evacuar la Ciudad del Vaticano. Mi decisión será irrevocable. ¿Ha quedado claro?

Olivetti no pestañeó. Tampoco respondió.

El camarlengo hablaba ahora enérgicamente, como si hubiera recurrido a una reserva oculta de fuerzas.

—Capitán Rocher, completará su búsqueda de las zonas blancas y cuando haya terminado me informará directamente a mí.

El capitán lo miró con inquietud y asintió.

Luego el camarlengo señaló a dos guardias.

—Quiero al reportero de la BBC, el señor Glick, en este despacho cuanto antes. Si los illuminati han estado comunicándose con él, quizá pueda ayudarnos. Adelante.

Los dos soldados desaparecieron.

Ventresca se volvió y se dirigió entonces a los demás guardias.

—Caballeros, no permitiré que esta noche haya más muertes. A las diez en punto quiero que hayan localizado a los dos cardenales restantes y capturado al monstruo responsable de estos asesinatos. ¿He hablado con claridad?

—Pero, signore —replicó Olivetti—, no tenemos ni idea de dónde...

—El señor Langdon está en ello. Parece un hombre capaz. Tengo fe en él.

Tras decir esto, el camarlengo se dirigió a la puerta con renovada determinación. De camino a la salida señaló a tres guardias.

—Ustedes tres, vengan conmigo. Ahora.

Los guardias lo siguieron.

En la entrada, Ventresca se detuvo y se volvió hacia Vittoria.

—Señorita Vetra, usted también. Por favor, venga conmigo.

Ella vaciló.

—¿Adónde vamos?

El camarlengo salió por la puerta.

—A ver a un viejo amigo.

CAPÍTULO 82

En el CERN, la secretaria Sylvie Baudeloque estaba hambrienta y deseosa de irse a casa. Sin embargo, Kohler había sobrevivido a su visita a la enfermería y acababa de llamarla. Le había exigido —no pedido, sino exigido— que esa noche se quedara hasta tarde. Sin darle ninguna explicación.

Con los años, Sylvie había aprendido a ignorar los extraños cambios de humor y las excentricidades de Kohler. Como por ejemplo sus silencios, o su irritante tendencia a filmar encuentros con disimulo con la cámara oculta de su silla de ruedas. Secretamente esperaba que algún día se disparara a sí mismo por accidente durante su visita semanal al campo de tiro del CERN, pero al parecer tenía muy buena puntería.

Ahora, sentada a su escritorio a solas, Sylvie podía oír los gruñidos de su estómago. Kohler todavía no había regresado, ni tampoco le había encargado ningún trabajo adicional. «No pienso seguir aquí aburrida y hambrienta», decidió. Le dejó una nota al director y se dirigió a la cafetería del personal para comer algo.

Pero no pudo llegar.

Al pasar por delante de las suites de loisir recreativas del CERN (un largo pasillo con salas equipadas con televisores), descubrió que estaban repletas de empleados que habían dejado a un lado la cena para ver las noticias. Algo gordo debía de estar pasando. Sylvie entró en la primera sala. Estaba llena de jóvenes informáticos. Cuando vio los titulares de las noticias en el televisor, no pudo reprimir un grito ahogado.

TERROR EN EL VATICANO

Sylvie escuchó las noticias. No podía creer lo que estaba oyendo. ¿Una antigua hermandad había asesinado a unos cardenales? ¿Qué demostraba eso? ¿Su odio? ¿Su dominio? ¿Su ignorancia?

Y, sin embargo, por increíble que pudiera parecer, el ánimo en la sala no era precisamente sombrío.

Dos jóvenes programadores pasaron por su lado luciendo unas camisetas con una fotografía de Bill Gates y la leyenda: ¡Y LOS EMPOLLONES HEREDARÁN LA TIERRA!

—¡Illuminati! —exclamó uno—. ¡Ya te dije que esos tipos existían de verdad!

—¡Increíble! ¡Pensaba que sólo era un juego!

—¡Han asesinado al papa, tío! ¡Al papa!

—¡Uf! Me pregunto cuántos puntos debes de conseguir con eso...

Se alejaron entre risas.

Sylvie se quedó atónita. Como católica entre científicos, ocasionalmente tenía que soportar algún que otro comentario antirreligioso, pero esos chicos parecían estar celebrando una fiesta a costa del sufrimiento de la Iglesia. ¿Cómo podían ser tan insensibles? ¿A qué se debía semejante odio?

Para Sylvie, la Iglesia siempre había sido una entidad inofensiva, un lugar de comunidad e introspección. En ocasiones, también un lugar para cantar en alto sin que la gente se la quedara mirando. La Iglesia había marcado los principales acontecimientos de su vida (funerales, bodas, bautismos, vacaciones), y no le había pedido nada a cambio. Incluso las cuestiones pecuniarias eran voluntarias. Sus hijos salían cada semana de la escuela dominical enriquecidos y llenos de ideas sobre cómo ayudar a los demás y ser más amables. ¿Qué podía tener eso de malo?

Nunca dejaba de sorprenderle que a tantas supuestas mentes brillantes del CERN les costara comprender la importancia de la Iglesia. ¿De veras creían que los quarks y los mesones resultaban inspiradores para el hombre corriente? ¿O que las ecuaciones podían reemplazar la necesidad de lo divino que éste tenía?