Como un jugador de fútbol americano que tirara de un trineo de arrastre, apoyó el cuerpo contra la estantería de libros, plantó los pies en el suelo y empujó. «Si pudiera derribar una estantería...» Pero ésta apenas se movió. Volvió a colocarse en posición y empujó de nuevo. Los pies le resbalaron hacia atrás. La estantería crujió pero no se movió.
Necesitaba hacer palanca.
Regresó a la pared de cristal y apoyó en ella una mano para guiarse hasta el otro extremo de la cámara. La pared trasera surgió de repente y Langdon se golpeó el hombro contra ella. Maldiciendo, rodeó la estantería y se cogió a ella a la altura de los ojos. Luego, apoyando una pierna en el cristal que tenía detrás y otra en la estantería, comenzó a trepar. Los libros caían a su alrededor en la oscuridad. No le importaba. Hacía rato que el instinto de supervivencia había anestesiado todo su decoro. La oscuridad total mermaba su equilibrio, de modo que cerró los ojos para que su cerebro ignorara toda información visual. Subía cada vez más deprisa. A mayor altura, el aire era más escaso. Pisaba libros y se agarraba donde podía para seguir ascendiendo. Finalmente, como un escalador que conquistara la cara de una montaña, llegó al estante superior. Extendiendo al máximo las piernas, apoyó los pies en el cristal y se colocó en posición casi horizontal.
«Ahora o nunca, Robert —lo urgió una voz—. Imagina que se trata de la prensa de piernas del gimnasio de Harvard.»
Mareado por el esfuerzo, plantó los pies en la pared que tenía detrás, colocó los brazos y el pecho contra la estantería y empujó. Nada.
Respirando con dificultad, extendió al máximo las piernas y lo intentó de nuevo. Si bien ligeramente, esta vez la estantería se movió. Acto seguido volvió a empujar una vez más y se inclinó hacia delante unos centímetros, y luego otra vez hacia atrás. Langdon aprovechó ese movimiento, tomó lo que le pareció una bocanada de aire sin oxígeno y volvió a arremeter. La estantería se inclinó un poco más.
«Como un columpio —pensó—. Mantén el ritmo. Un poco.»
Y siguió balanceando la estantería. A cada empujón extendía un poco más las piernas. Le ardían los cuádriceps, pero hizo caso omiso del dolor. El péndulo estaba en marcha. «Tres empujones más», se dijo.
Sólo hicieron falta dos.
Hubo un instante de incertidumbre ingrávida. Luego, en medio del estruendo de los libros al caer de los estantes, Langdon y la estantería se precipitaron hacia delante.
A medio camino del suelo, la estantería golpeó la que tenía enfrente. Él echó entonces su peso hacia delante para conseguir derribar también esa estantería. Hubo un momento de pánico pero finalmente, con un crujido a causa del peso, la segunda estantería comenzó a inclinarse. Langdon volvía a caer.
Como si de gigantescas fichas de dominó se tratara, las estanterías fueron cayendo una detrás de otra. Metal contra metal, libros revoloteando por todas partes. La estantería de Langdon rebotaba como una carraca. Se preguntó cuántas más habría en total, y cuánto debían de pesar. El cristal de la pared al otro extremo era muy grueso...
La estantería de Langdon se encontraba ya en posición casi horizontal cuando oyó lo que estaba esperando: un tipo distinto de colisión. Al otro extremo de la cámara sonó el agudo rechinar del metal contra el cristal. La cámara se estremeció a su alrededor y el profesor supo que la última estantería había golpeado con fuerza el cristal. El ruido que siguió fue el más molesto que había oído nunca.
Silencio.
No se oyó el estrépito del cristal al hacerse añicos, sólo el golpe sordo de la pared al recibir el impacto de las estanterías. Langdon se quedó tumbado sobre la pila de libros con los ojos abiertos. En algún lugar creyó oír un crujido. Habría contenido la respiración para poder oírlo bien, pero ya no le quedaba más aire.
Un segundo. Dos...
Entonces, cuando estaba a punto de perder el conocimiento, oyó que algo cedía a lo lejos... El crujido pareció propagarse a su alrededor. Y, de repente, como un cañón, el cristal estalló y la estantería que Langdon tenía debajo se desplomó sobre el suelo.
Bienvenidos como una lluvia en el desierto, los fragmentos de cristal empezaron a caer a su alrededor en la oscuridad mientras el aire volvía a hacerse presente con un sonoro siseo.
Treinta segundos después, en las grutas vaticanas, Vittoria se encontraba ante un cadáver cuando el graznido electrónico de la radio rompió el silencio y se oyó una voz jadeante.
—Soy Robert Langdon. ¿Hay alguien ahí?
La joven levantó la mirada. «¡Robert!» No podía creer lo mucho que deseaba que estuviera con ella.
Los guardias intercambiaron miradas de extrañeza. Uno de ellos cogió la radio de su cinturón.
—¿Señor Langdon? Está usted en el canal tres. El comandante espera sus noticias en el canal uno.
—¡Ya sé que está en el canal uno, maldita sea! No quiero hablar con él. Quiero al camarlengo. ¡Ahora! Que alguien vaya a buscarlo.
En la oscuridad de los archivos secretos, Langdon permanecía de pie en medio del cristal hecho añicos mientras recobraba poco a poco el aliento. Notó un líquido cálido en la mano izquierda y supo que estaba sangrando. Se sobresaltó al oír de repente la voz del camarlengo.
—Soy el camarlengo Ventresca. ¿Qué sucede?
Langdon presionó el botón de la radio. Su corazón todavía latía con fuerza.
—¡Creo que alguien ha intentado asesinarme!
Se hizo el silencio en la línea.
Él trató de serenarse.
—Ya sé dónde tendrá lugar el siguiente asesinato.
La voz que le contestó esta vez no fue la del camarlengo, sino la del comandante Olivetti.
—No diga una palabra más, señor Langdon.
CAPÍTULO 87
El reloj de Langdon, ahora manchado de sangre, marcaba las 21.41 mientras él atravesaba corriendo el patio del Belvedere en dirección a la fuente que había delante del centro de seguridad de la Guardia Suiza. La mano había dejado de sangrarle, pero le dolía más que antes. Al llegar, se congregaron a su alrededor Olivetti, Rocher, el camarlengo, Vittoria y un puñado de guardias.
Ella se abalanzó de inmediato sobre él.
—¡Robert, estás herido!
Antes de que él pudiera responder, Olivetti se le acercó.
—Señor Langdon, es un alivio que se encuentre bien. Lamento el malentendido que ha tenido lugar en los archivos.
—¡¿Malentendido?! —exclamó Langdon—. Usted sabía perfectamente...
—Ha sido culpa mía —dijo Rocher en tono contrito tras dar un paso adelante—. No tenía ni idea de que estaba usted ahí dentro. Algunas partes de las zonas blancas están conectadas con ese edificio. Yo soy quien ha cortado el suministro al ampliar el radio de búsqueda. De haber sabido...
—Robert —intervino Vittoria tomando la mano herida entre las suyas—. El papa fue envenenado. Los illuminati lo asesinaron...
Langdon oyó las palabras pero apenas las registró. Estaba saturado. Lo único que podía notar era la calidez de las manos de la chica.
El camarlengo Ventresca sacó un pañuelo de seda de un bolsillo de su sotana y se lo tendió para que se limpiara la mano. El hombre no dijo nada. Un nuevo fuego parecía arder en sus ojos verdes.
—Robert —dijo Vittoria—, ¿antes has dicho que habías averiguado dónde iba a ser asesinado el siguiente cardenal?
Él se sentía confuso.
—Así es. En...
—No —lo interrumpió Olivetti—. Señor Langdon, cuando le he pedido que no dijera una palabra más por la radio, lo he hecho por una razón. —Se volvió hacia el pequeño grupo de guardias suizos—. Si nos disculpan, señores.