En un rapto de malicioso sentido del humor, Niahrin reflexionó que sus correrías a altas horas de la noche por los pasillos de Carn Caille amenazaban con convertirse en un hábito. Pero el pensamiento contrastaba enormemente con su estado de ánimo y la sonrisa desapareció veloz de su rostro mientras, con Grimya pegada a los talones, se dirigía a los viejos aposentos reales. En una mano sostenía una vela apagada y, en la otra, su flauta de madera.
En su anterior visita había observado que las habitaciones del rey Kalig no estaban cerradas con llave. Tras empujar la puerta con cuidado, y elevar una silenciosa oración de gratitud porque las bisagras no crujieron, se deslizó en el interior de la estancia acompañada de Grimya y tanteó en busca del pedernal y la yesca que había visto utilizar a Moragh. No quería tocar el decorado farol, de modo que encendió la vela y, con la pequeña llama bailando temblorosa pero facilitando luz suficiente para impedir que chocara con nada, penetró en la habitación interior.
Niahrin no quería mirar el retrato; ahora que había oído la historia de Grimya, la idea de contemplar el inmutable rostro pintado de la princesa Anghara le provocaba una peculiar y nada agradable sensación de escalofrío. Dando espalda a la chimenea se volvió en dirección al arpa de Cushmagar. No la tocaría, desde luego, pues eso sería un error; pero se colocó cerca de ella, se sentó en el suelo con las piernas cruzadas, y depositó la vela a su lado. La habitación estaba helada y las sombras la hacían sentir incómoda; parecían anormalmente profundas, casi sólidas, como si algo más que la simple oscuridad acechara entre los recuerdos allí conservados. Simio un arrebato de gratitud cuando Grimya se tumbó a su lado, y estiró una mano para acariciar el peludo lomo del animal.
—Bien. —Flexionó los dedos alrededor de la flauta, un poco desconcertada por el sonido de su propia voz en la penumbra y el silencio—. Será mejor empezar, ¿eh? Sólo la Madre sabe lo que averiguaremos, si es que averiguamos algo, pero si no nos arriesgamos no lo descubriremos. —Se llevó la flauta a los labios.
Y un helado escalofrío la envolvió al escuchar unos pasos apagados en la otra habitación.
Niahrin soltó la flauta y se quedó petrificada, con la mirada fija en la puerta. Grimya se irguió, con el pelaje erizado y un sordo gruñido a punto de surgir de su garganta, pero ni siquiera su vista era lo bastante aguda para atravesar la oscuridad. Las pisadas cesaron, y se escuchó el sonido del pestillo de la puerta al levantarse...
La luz de una lámpara penetró en la habitación al abrirse la puerta, y Niahrin se quedó boquiabierta, consternada, cuando las figuras de Moragh y Jes Ragnarson aparecieron en el umbral.
El silencio era terrible, y Niahrin pensó que jamás terminaría. Entonces, con gran tranquilidad, Moragh dijo: —Buenas noches, Niahrin. Pareces un poco más sorprendida de vernos de lo que nosotros estamos de verte a ti. Todas las excusas, explicaciones y fingimientos que la bruja había estado intentando extraer de su paralizado cerebro se hicieron añicos, y se llevó una mano al rostro, mortificada, incapaz de decir palabra.
—Entra, Jes, y cierra la puerta —dijo la reina viuda y, sin soltar el farol, cruzó la habitación hasta donde se encontraba sentada Niahrin. Su astuta mirada abarcó el arpa, la flauta, la postura medio culpable, medio defensiva de Grimya, y por fin fue a descansar en el ruborizado rostro de Niahrin.
—Alteza —empezó a decir la bruja, desesperada—, yo no quería...
Moragh alzó una mano para acallarla.
—No hay necesidad de explicaciones. Creo que Jes y yo ya sabemos por qué estás aquí. —Dirigió una breve mirada a las profundas sombras del lugar donde estaba colgado el cuadro—. Y confieso que también nosotros somos culpables de un pequeño engaño, ya que esperábamos algo como esto y te hemos vigilado atentamente. —Ante la sorpresa de Niahrin, sonrió—. No estoy enojada contigo, querida. Al contrario; si puedes resolver el misterio, tienes mi bendición para hacer lo que creas necesario. Pero, a partir de ahora, lo harás con nosotros.
Niahrin tragó algo que sentía atravesado en la garganta.
—¿Con... ustedes, señora?
—Sí. —La reina viuda se volvió al joven bardo—. Ve a buscar tu arpa, Jes. En vista de lo que ya hemos averiguado podría no ser sensato intentar utilizar el instrumento de Cushmagar esta noche.
Jes hizo una reverencia y se marchó, dejando a Niahrin parpadeando aturdida. La reina viuda se acercó más y, con cierta dificultad, se sentó en el suelo junto a la bruja. Sonreía aún, pero ahora había un atisbo de dureza en sus ojos.
—Supongo, Niahrin —dijo—, que esperabas que Cushmagar hablara otra vez esta noche... —Niahrin, sonrojada aún, asintió, y Moragh suspiró—. Entonces ¿por qué tanto secreto? ¿Por qué venir aquí sola sin decirme nada?
La mujer hundió la cabeza.
—Pensé... Perdonadme, señora, pero pensé que me negaríais el permiso. Esta habitación... —realizó un gesto de impotencia—... es un santuario; un...
—No es tal cosa, y sabes que no lo es. No; creo que todavía no eres capaz de confiar en mí. Creo que tú, o alguien, teme que confiar en mí signifique hacer daño a Índigo.
En este punto la reina viuda dedicó a Grimya una mirada tan dura y evaluadora que Niahrin supo sin el menor ¡ asomo de duda que la mujer sospechaba que la loba no era un animal corriente. Grimya emitió un leve gemido, y la sonrisa de Moragh se endureció un poco más. —Está claro para mí ahora que debe de existir una conexión entre Índigo y Carn Caille, y que el parecido con la princesa Anghara no es coincidencia. Hasta anoche no estaba segura, pero ahora... —La sonrisa se desvaneció por [completo—. Bien, será mejor que lo veas por ti misma.
Moragh llevaba un grueso vestido de lana con una capa corta encima; introdujo la mano entre los pliegues de la [capa y sacó algo que centelleó levemente a la luz de la lámpara.
—Dime, Niahrin, ¿has visto esto antes?
Descansando en su palma había un cuchillo de hoja larga. Grimya lanzó un gañido e hizo intención de incorporarse; reaccionando con rapidez, Niahrin la agarró por el pelaje del cuello y la obligó a permanecer tumbada.
—¡Tranquila, Grimya, tranquila! —Levantó la mirada de mala gana hacia el rostro de Moragh y comprendió que no podía mentirle—. No puedo estar segura, alteza. Pero creo que sí.
—En ese caso, es probable que sepas dónde se encontró.
—Cre... creo saberlo —respondió la bruja con voz apenas audible.
—Mmmmm. Así que era tu rostro el que vislumbré mirando desde detrás de una esquina. Ya me lo pareció. —Moragh juntó las puntas de los dedos de ambas manos—. Será mejor que te diga que Brythere vio y reconoció al intruso, de modo que sabemos que era Índigo quien estaba en su habitación. Supongo que tú habías estado siguiéndola...
—Andaba en sueños, señora. Grimya la vio y me avisó, y...
—No hay necesidad de entrar en todos los detalles, no ahora. No quiero conocerlos todavía. Lo que sí quiero, y lo tendré, Niahrin, por lo que ahorraremos tiempo y esfuerzo si no protestas, es tu confianza y tu cooperación. ¿No era ayer cuando te comprometiste a ayudarme y a trabajar conmigo en la resolución de este misterio? Este desdichado asunto nos concierne a todos, no únicamente a Índigo.