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Por último, se volvería a colocar el cráneo, aunque no se sujetaría, y el paciente permanecería en un ambiente absolutamente estéril durante varias semanas. En ese tiempo, mientras el ordenador ayudaba a que funcionasen los pulmones y el corazón, las células madre se multiplicarían en cápsulas de Petri, utilizando como medio suero fetal bovino. Si las células madre conseguían desarrollarse hasta formar una colonia de neuronas sanas y diferenciadas y había un número suficiente de ellas, entonces, en algún momento del proceso -nadie sabía cuánto tiempo podía tardar-, se realizaría la operación final. Volverían a abrir el cráneo del paciente y se reinsertarían las neuronas en la región dañada por medio de una micropipeta unida a una jeringa. Se esperaba que las nuevas células se integrasen a través del mismo programa genético que hizo que el cerebro se desarrollara. En algún momento, si existía alguna evidencia de que todo estaba bien, apagarían el ordenador. No tenía necesidad de decir que una operación de esas características no se había realizado nunca antes; el equipo ya lo sabía.

– ¿Alguna pregunta? -dijo con pretendida modestia, como un comandante de escuadrilla que impartiera órdenes a un grupo de jóvenes, asustados pero indómitos pilotos de la RAF a punto de despegar para dejar caer sus bombas sobre Alemania.

Los miró uno por uno; podía ver claramente la tensión en sus rasgos, e imaginó que sentía una súbita oleada de afecto por sus colegas.

La ocasión requería algo más, algunas palabras para la historia. Pero ¿qué?

– Sé lo que todos estáis pensando en este momento -dijo, aunque, de hecho, no tenía la más remota idea.

Hizo una pausa, vacilando y luego prosiguió-: Y yo estoy pensando exactamente lo mismo. Pero no podemos dejar que eso interfiera en nuestro trabajo. Los primeros rayos X, el primer trasplante de corazón, la primera vez que se utilizó instrumental esterilizados. La medicina avanza de esta manera, con altibajos, a través de nosotros, sus profesionales. Pero hoy no debemos sentir eso… el peso de la historia. Debemos hacer simplemente lo que se espera de nosotros, debemos hacer nuestro trabajo.

Volvió a mirarlos a todos. Su discurso, de alguna manera, no había surtido el efecto que él esperaba. Aun así, sus palabras habían sido elocuentes.

– Muy bien -añadió-. Vamos allá.

Todos ocuparon sus puestos en el quirófano, con movimientos bien coordinados.

Gully rompió el hielo con otro de sus chistes de médicos, pero la respuesta fue muy tibia. Habitualmente, los quirófanos eran lugares ideales para contar anécdotas exageradas, chistes absurdos, historias interminables -Es como un campamento sin la hoguera; en su lugar, nos reunimos alrededor de un cuerpo tendido», solía decir un viejo profesor de Kate-, pero en ese quirófano en particular, advirtió ella, no había ninguna frivolidad.

Saramaggio miró a su izquierda, cerca de la mesa de Gerhardt. Había una rejilla de acero inoxidable, aún caliente debido a la esterilización, sosteniendo una bandeja metálica con diminutos electrodos y una serie de pequeñas cápsulas de Petri. Se dio cuenta de que no los había visto antes, y ese dato le impactó con renovada fuerza, ya que comprendió que pronto estaría llenando esas cápsulas con células extraídas de las propias cavidades centrales del cerebro; supo lo que estaba a punto de hacer jamás lo había hecho nadie.

Entraron al paciente en la camilla rodante, la cabeza cubierta con vendas estériles y esa obscena obstrucción aún allí, sobresaliendo como el cuerno de un unicornio. El pobre muchacho cuyo rostro parecía inerte y demacrado. Saramaggio sabía, de sus primeros años en la Facul tad de Medicina, que mirar al paciente de esa manera no era bueno. Era mejor pensar en él no como en una persona, sino como en una máquina que necesita que le arreglen las conexiones, eso es todo.

El anestesista puso manos a la obra, y muy pronto el paciente estuvo profundamente dormido, con un tubo saliendo de la boca, sujeto con cinta adhesiva. La enfermera instrumentista lo tenía todo perfectamente ordenado. Kate estaba junto a Saramaggio, y también Greer, unos pocos mechones de pelo plateado asomando por debajo del gorro quirúrgico. Las máquinas zumbaban y emitían sonidos regulares.

Y antes de que Saramaggio se diera cuenta, oyó el zumbido del taladro y el chirrido que produjo cuando el residente se inclinó sobre el paciente y tocó el hueso con la mecha.

Después Cleaver entró en la sala, haciendo oscilar la puerta al abrirla con un dejo de arrogancia. Había traído consigo sus máquinas y, rápidamente, empezó a juguetear con ellas. Saramaggio odiaba admitirlo, pero sintió una oleada de alivio en cuanto lo vio vestido de verde, como un arbusto, y listo para actuar. Era un hombre excéntrico e impredecible, pero tenía que reconocerlo: la operación no se podía llevar a cabo sin él.

El camino que llevaba a la cafetería estaba grabado a fuego en la memoria de Scott y se dirigió hacia allí como un zombi. Caminar por el corredor hasta los ascensores, pasando por la sala de enfermeras. Pulsar el botón con la punta de la flecha señalando hacia abajo, la que brillaba a regañadientes. Esperar una eternidad antes de entrar en el cubículo lleno de médicos, ayudantes, familiares de expresión ansiosa, la ocasional camilla. Luego bajarse en el segundo piso y seguir el corredor pintado de verde claro hasta el final. Desde allí sólo había unos cuantos pasos hasta el contenedor de acero inoxidable que dispensaba café aguado al accionar una pequeña palanca negra.

Pero su estado mental era tan confuso que equivocó el camino y vagó junto a la fila de bollos cubiertos de azúcar de aspecto apetitoso y los platos de plástico con melocotones en almíbar y rodajas de piña. En un momento de absoluta confusión, se preguntó a qué había ido a ese lugar. Empezó a comprender que debía de ser como volverse loco: en su mente se estaban acumulando tantos pensamientos incoherentes que ya no era capaz de clasificarlos y separar lo importante de lo accesorio. Estaba perdido como un corcho en un mar tempestuoso.

Llevó el café a la mesa de siempre, en un rincón, y se sentó, revolviendo el líquido marrón con expresión ausente. Junto a él había una ventana y observó el tráfico que discurría por la avenida York. Llovía. Apenas advirtió la presencia de los tres hombres sentados a una mesa cercana. Sólo se volvió para mirarlos cuando su conversación le llamó la atención.

– Esto supera todo lo demás -dijo uno de ellos-. Le hace morder el polvo a todo el mundo.

– Como en Duke -comentó otro-. Nicolelis, sufre, tío. -Siempre que, por supuesto, funcione.

– Tíos, ¿de qué estáis hablando? -preguntó el tercero. Scott los estudió. Dos de ellos eran jóvenes y llevaban chaquetas blancas; uno tenía un porte profesional, acentuando por una barba bien cuidada, el otro llevaba el pelo largo y recogido detrás de las orejas. Era evidente que se trataba de residentes o médicos internos, a juzgar por sus aires de excesiva confianza. El tercero llevaba ropa de calle y su forma de actuar lo señalaba como un extraño en ese lugar; era el que había hecho la pregunta.

– Miguel Nicolelis, el neurocientífico en Duke. Dirigía un equipo que trabajaba con monos; algo fascinante. Ese mono tenía electrodos implantados en todo el cerebro. Un ordenador había registrado señales activadas para varios movimientos, de modo que podía reconocerlos. Cuando el mono empezaba a pensar en mover el brazo, sólo a pensar en llevar a cabo esa acción, el ordenador lo captaba y enviaba una señal similar a un robot, que entonces levantaba el brazo.