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– Repítelo.

– El mono podía mover el brazo del robot con sólo pensarlo.

– Aparentemente -dijo el segundo médico-, descubrieron que las células en la parte de la corteza cerebral que controla el movimiento comienzan a actuar mucho antes de que el movimiento se produzca.

– Eso significa que tu cerebro está planeando anticipadamente toda clase de movimientos voluntarios. Esos movimientos pueden ser leídos y realizados por máquinas. Piensa en lo que significa que un robot pueda leer tu mente y obedecer tus órdenes.

– Lo que eso podría significar para los paralíticos es increíble -añadió el otro-. Podrías conseguir que un robot hiciera todo lo que tú quisieras. Podrías echarte a descansar y pintar tu apartamento. O crear una escultura.

– O bajarte la cremallera. -Tú pensarías en eso.

– En serio, es un primer paso.

– Sí, pero ¿un primer paso hacia qué?

– Conectar la inteligencia humana directamente a una máquina sin el intermediario humano: nuestro cuerpo. -No me jodas -repuso el más joven de los tres.

– No tienes ni idea de lo que está pasando en el campo de la neurología en este momento.

– ¿Y esto podría ser incluso más grande que eso? -Seguro. En términos de neurología significa que hemos cruzado una frontera. Estamos en un territorio completamente nuevo, somos pioneros en un campo donde casi todo es posible.

– Esto es historia en marcha-dijo el hombre de la barba. -Y tú estás allí -dijo su colega.

– ¿Qué significa eso para el hospital?

– Para Saramaggio, querrás decir. Para él, fama y fortuna. Tal vez incluso el premio Nobel.

– No -dijo su colega-. El Nobel lo conceden por investigación. Esto es medicina aplicada. Saramaggio no lo conseguirá, aun cuando todo el mundo reconozca que se lo merece.

– No estés tan seguro de ello.

– Irá a parar a gente como Gould y Gross. – ¿Quiénes son esas personas? -preguntó el tercero. -Elizabeth Gould y Charles Gross. De Princeton. Ellos descubrieron la neurogénesis. – ¿Qué es eso?

– Gould y Gross descubrieron que el cerebro continúa fabricando nuevas células. Ese descubrimiento significó un área de investigación completamente nueva. Antes de ese hallazgo se creía que simplemente llegaba un momento en que el cerebro dejaba de desarrollarse. Tenías cien mil millones de neuronas y eso era todo; envejecías, las células morían, tu cerebro se deterioraba, te volvías senil y te morías. Ahora, sabemos que se están produciendo nuevas neuronas constantemente.

El otro residente terció en la conversación.

– Este trabajo corresponde a una investigación realizada en la Universidad Rockefeller con canarios, aunque suene increíble. Un tío llamado Fernando Nottebohm demostró que los canarios desarrollaban nuevas neuronas para aprender canciones nuevas.

– Frank Sinatra, él sí que era un tío listo.

Los dos residentes ignoraron el comentario pretendidamente gracioso.

. -Y el otro dato interesante, teniendo en cuenta lo que está sucediendo hoy en este hospital, es que la misma región general, el hipocampo, es el lugar de donde proceden las células madre.

– ¿Y las células madre son…?

– La célula básica, la célula indiferenciada de la que se originan todas las demás células.

– Y son las células que ese tío, ese médico, aquí en el hospital, extraerá para que se reproduzcan y luego volver a implantarlas en el cerebro. ¿Es así?

– En pocas palabras, sí.

– ¿Y las posibilidades de que esa operación tenga éxito? Los dos internos se miraron.

– Considerando que jamás se ha intentado antes…

– Considerando que en este momento es algo principalmente teórico y nadie puede estar seguro de si esa teoría siquiera es correcta…

– Considerando todos esos factores, yo diría que las posibilidades de éxito son de aproximadamente una sobre cincuenta.

– Creo que estás siendo muy generoso. Yo diría que de una sobre cien.

– Y sólo estamos hablando de supervivencia. Ni hablar de la cuestión de recuperar las facultades.

– Según tengo entendido, el paciente ya es un vegetal. -Y ahora será un supervegetal. Genéticamente diseñado.

– ¡Joder! -exclamó el tercero-. ¿Y permiten que hagan esa clase de cosas?

– ¿Permitirlo? Ellos lo alientan. Ruegan que suceda. -Pero ¿por qué?

– Prestigio. Esta clase de operaciones significan prestigio, y prestigio significa dinero.

– Siempre que, naturalmente, tengan éxito. -Sí, claro, existe ese pequeño problema.

La conversación se estaba agotando. Pero no importaba, porque Scott no creía que pudiera seguir escuchando durante más tiempo.

Kate arrojó la bata quirúrgica dentro de un contenedor de acero inoxidable, que estaba destinado al lavado y la esterilización. Tras desvestirse, guardó sus cómodos zuecos de quirófano en el fondo de su taquilla. Cogió una toalla, se envolvió el cuerpo y se dirigió a las duchas. Después de una operación de varias horas era exactamente lo que necesitaba para relajarse: el potente chorro de agua caliente cayendo sobre ella y deshaciéndose de todo lo demás.

Saramaggio. Nuevamente se había sentido maravillada ante la destreza de ese hombre. Era un genio, se dijo mientras probaba la temperatura del agua con el codo izquierdo (como cualquier cirujano, se protegía las manos). Era nada menos que un milagro, la forma en que sus dedos finos se movían con esa pausada seguridad. Sondeando las vías, moviéndose para taponar una hemorragia, examinando con los dedos las áreas dañadas. Ni un solo movimiento superfluo. Pero, más allá de eso, Saramaggio demostraba ese instinto para ir directamente al lugar correcto, aun cuando estuviese oculto detrás de una masa de tejido cerebral, casi como si las puntas de sus dedos pudieran pensar por sí mismas. No tenía más remedio que reconocerlo.

Los cerebros humanos son similares en cuanto a su estructura fundamental, pero cuando se trata de los puntos no tan finos -el tamaño de los ventrículos, la trama de vasos sanguíneos, las curvas sinuosas de la corteza cerebral-, cada cerebro es único. Cuando un neurocirujano coge el escalpelo, está a punto de entrar en un laberinto. Desde fuera se parece a cualquier otro, pero por dentro es un misterio en sí mismo. Los buenos cirujanos se las arreglan para mantenerse alejados de los callejones sin salida.

El agua caía tibia y con fuerza sobre su rostro. Se volvió para que corriera sobre la nuca y bajara por la espalda y las piernas; luego hizo girar el grifo para que saliera más fría. Lo hacía por etapas hasta que el frío la dejaba sin aliento. Era el vestigio de un juego de resistencia que solía practicar cuando era niña, lanzándose a las aguas de los helados ríos de montaña en Washington.

Su admiración por Saramaggio estaba teñida de una ambivalencia que no quería examinar demasiado de cerca. Por un lado, estaba cautivada: de eso trataba la medicina, con eso había estado soñando todos esos años, curar a los desahuciados, ayudar a la gente, recomponer sus vidas. Por otro lado, estaba llena de dudas respecto a su propia capacidad, e incluso de envidia. Porque, al observar el trabajo de ese hombre, se preguntaba: ¿sería capaz de llegar a ser tan buena como él? ¿Poseía esa arrogante confianza, la seguridad indispensable de que todos y cada uno de los movimientos eran absolutamente correctos? Allí estaba ella, con treinta y cuatro años, a punto de entrar en la mejor etapa profesional de un cirujano, cuando la coordinación se une a la experiencia, y estaba a años luz por detrás de Saramaggio. En ocasiones, cuando practicaba una incisión, sentía una peligrosa indecisión. ¿Cómo podría adquirir esa arrogancia que le permitiese hacerlo de un modo absolutamente desapasionado? ¿Tendría que convertirse acaso en una ególatra para llegar a ser una gran cirujana?