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Apresuró el paso, casi echó a correr. Un momento después subía la escalera de la entrada, atravesaba la puerta y se dirigía a la habitación de la anciana por el amplio corredor iluminado. Felicity estaba de espaldas, saliendo de la habitación, y no lo vio.

– Hola -dijo él, con voz neutra.

Ella se sobresaltó, llevándose una mano al pecho. -Me ha asustado.

– Lo siento. No era mi intención. ¿Cómo va todo? – ¿Se refiere a Myra?

– Sí.

– Muy bien -dijo ella-. Está a punto de dormirse. -Echemos un vistazo -dijo él, abriendo la puerta. – ¿Quiere que entre yo también?

– Claro, ¿por qué no?

La anciana estaba acostada, inmóvil, y la sábana formaba una especie de mortaja de momia alrededor de su frágil cuerpo. El receptor magnético transcraneal estaba colocado alrededor de la cabeza, y el casco y las gafas tenían alambres que se cruzaban como si fuesen un tocado estilo Medusa. Eso hacía difícil interpretar su expresión. Tenía los ojos cerrados.

Comprobó el monitor. La pantalla mostraba que la paciente estaba acercándose al abismo del sopor, el primero de los cuatro niveles del sueño.

– Estamos buscando la fase REM del sueño -dijo-. Movimiento rápido de los ojos. Eso indica que la persona está soñando. -Miró a Felicity, que lo estaba observando-. ¿Sabías que nuestros músculos se paralizan por completo durante la fase REM? Es para impedir que empecemos a dar golpes cuando los sueños se convierten en pesadillas. Es asombroso, ¿no crees?, cómo nuestras mentes tratan de advertir de todo aquello que nuestros cuerpos podrían intentar hacer.

– Sí -respondió ella sin demasiada convicción-. Supongo que sí.

– Aún disponemos de un poco de tiempo. ¿Quieres una taza de café?

Felicity le sorprendió asintiendo con la cabeza. Lo hizo con un aire levemente receloso.

Ambos entraron en el despacho de Cleaver hubo un largo y embarazoso silencio mientras él colocaba la tetera eléctrica y vertía un par de cucharadas de café en dos tazas. Luego hizo una breve pantomima, como si fuese un camarero, y le preguntó si quería leche o azúcar. Se sentaron lejos el uno del otro, tímidamente, como dos corazones solitarios en su primera cita. No había otra cosa que hacer más que comenzar, pensó él.

– Bien -dijo, carraspeando-, ¿qué opinas de lo que estamos haciendo aquí?

– ¿A qué se refiere? ¿A los experimentos?

Él asintió y se dedicó a verter agua caliente en las tazas, como si la conversación no fuese en realidad tan importante.

– ¿De verdad quiere saberlo? -Sí.

– Bueno, pues ya que lo pregunta, creo que son interesantes, es probable que sean verdaderamente importantes. Pero no veo por qué tenemos que tratar a la gente de esa manera. – ¿Te refieres a Myra?

– Sí, y a Elmore. -Entiendo.

Cleaver se tomó su tiempo antes de contestar. Myra era la esposa de Elmore. Cuando él murió, lo metieron en una caja de pino comprada por el propio Cleaver y lo enterraron en una ceremonia fúnebre donde los internos hicieron el papel de afligidos deudos, ella ya no tuvo a quién recurrir en el mundo. Cleaver le había hecho una oferta, cambiando habitación y comida en Pinegrove por el derecho de llevar a cabo diversos experimentos dentro de su cráneo. Ella había aceptado el trato con su habitual malhumor y ahora se mostraba tan complaciente como un sujeto africano entregándose a las exigencias insondables de un antropólogo occidental.

– Nosotros los acogimos, ¿sabes? Ambos estaban en la calle y no tenían adónde ir. Los alimentamos y los vestimos y les dimos un lugar donde dormir. Eres consciente de eso, ¿verdad?

Felicity asintió, pero sus palabras salieron de forma atropellada, como si las hubiera estado conteniendo durante mucho tiempo.

– Pero ¿por qué tuvo que hacerle todas esas cosas a él cuando estaba agonizando, ponerle todos esos cables y esas máquinas? ¿Por qué no hacerle más confortables sus últimos momentos, y por qué no permitir que estuviesen juntos y que Myra lo cuidase?

– Supongo que podríamos haberlo hecho. Pero ése fue el trato. Hicimos que él estuviese lo más cómodo posible, teniendo en cuenta las circunstancias. Y estuvieron juntos, de eso se trataba. Ella sentía que estaba con él y, probablemente, Elmore sentía lo mismo. Pudiste verlo con tus propios ojos.

– Es posible que lo hayan sentido, pero no estaban realmente juntos.

– Pero si lo sentían, lo estaban, ¿no lo comprendes? De eso trata precisamente este experimento. De la mente humana, de cómo trabaja, cómo experimenta el mundo. Felicity no dijo nada.

– Verás -continuó él, hablando ahora lentamente y tratando de que no sonara como si le estuviese hablando a un niño-, todo mi trabajo está dirigido a una sola facultad humana, la conciencia. Yo la llamo ánima. ¿Lo entiendes?

– Sí.

– Piensa en ello como en un espíritu de conciencia, una chispa en tu interior que hace que tú seas tú.

Podía ver que ella estaba pendiente de cada una de sus palabras.

– ¿Qué eres tú? Un complicado haz de billones de células convencido de estar separado del resto del mundo. Crees que todo lo que eres está contenido en tu interior, y que tu mente es la que lo controla, pero esa creencia podría ser errónea.

Fijémonos en la memoria, por ejemplo. Pensamos en nuestros recuerdos como en reproducciones de hechos que nos han sucedido. Casi como si hiciéramos pequeñas películas de nuestras vidas cotidianas y las almacenáramos en neuronas en alguna parte del cerebro, como botes que pueden ser abiertos a voluntad. Pero ahora sabemos que la memoria no funciona de ese modo. Los recuerdos no se recuperan, sino que se construyen de nuevo cada vez. Nuestro cerebro trata de componerlos a partir de elementos fundamentales que están ahí porque nos afectan en algún nivel emocional profundo. Y cada vez que lo construimos, el recuerdo es diferente de alguna manera, pero no somos conscientes de esa diferencia. De modo que, hablando en términos estrictos, el recuerdo no se refiere a un acontecimiento del pasado, a algo que sucedió y que más tarde recordaremos; es un hecho actual, una nueva experiencia que sucede en tiempo real. La parte de ti que crea la ilusión de que lo estás re-creando, el operador de la película que no está ahí, es tu conciencia. ¿Me sigues?

Ella asintió.

– La conciencia existe fuera del tiempo. Los hechos que crees que han terminado, en realidad, no han terminado. Y a eso se refieren los filósofos cuando dicen que toda acción que haya ocurrido alguna vez aún sigue ocurriendo en alguna parte, y que toda persona que haya vivido alguna vez todavía sigue viviendo. Están en nuestra conciencia, y nuestra conciencia no se limita a nuestro cuerpo físico. Utilizamos nuestra ánima para acceder a ese dominio mayor.

Felicity bebió un poco de café. Cleaver sintió que la resistencia de la mujer empezaba a desmoronarse. Se preguntó si ella se daba cuenta de que, algún día, los ávidos biógrafos podrían rogarle que reprodujera esa conversación. Esperaba que lo estuviese escuchando atentamente. – ¿De qué trata el experimento? -preguntó Felicity. -Ahora voy a ello -contestó irónicamente él-. Si la conciencia se eleva por encima de los simples detalles mecánicos, entonces no existe razón alguna para suponer que se halla limitada al recipiente físico del cráneo humano, ¿verdad? ¿Por qué no podría ser capaz de vagar libremente?

Ella asintió.

– De hecho, si eres honesta contigo misma, probablemente reconocerás que ya lo sabías. ¿En cuántos fenómenos mentales inexplicables puedes pensar? ¿Qué me dices de la percepción extrasensorial? ¿Acaso no es lógico que algunas percepciones puedan producirse fuera de nuestros cinco sentidos y que algunos de nosotros seamos más capaces de captarlas? ¿Sueños que son incomprensibles y nos provocan un terror indescriptible o nos colman de felicidad? ¿O la visión ciega, el fenómeno de ver algo implica ser conscientes de que lo estamos percibiendo?