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Al día siguiente, Cleaver volvió a encontrarse con Quincy. Éste le había convencido para que lo acompañase porque cabía la posibilidad de que dieran con Cybedon, a quien había descrito como su «Virgilio virtual». De modo que allí estaba Cleaver, delante de un almacén abandonado y atestado de gente en Williamsburg, Brooklyn, luchando por acceder a su interior, donde la monótona y estridente música tecno había llevado a quienes bailaban a un estado de frenesí. En la entrada, a la que se llegaba a través de un muelle de carga, había varios tíos encargados de mantener el orden, y decenas de camellos se mezclaban entre la multitud, con las iniciales de sus mercancías químicas grabadas en la frente.

Quincy extendió la mano para ayudar a Cleaver a subir al muelle.

– Sólo tienes que seguirme -dijo.

– ¿Quién es toda esta gente? -gritó Cleaver.

Le sorprendía que la mayoría de ellos fuesen tan jóvenes. Quincy se encogió de hombros.

– Gitanos del ciberespacio, reclutas, punks, pide lo que quieras. Tecnopaganos, pirados, mercenarios místicos, hippies del silicio, hackers y cazadores de subsidios de todas clases.

– ¿Están todos aquí por la convención?

Había dos hombres con traje, y ese detalle había sugerido la pregunta.

– Es más bien una anticonvención -dijo Quincy-. Es gente a quien no encontrarían ni muertos en el Javits Center¹. Las compañías informáticas tratan de entrar a saco porque aquí es donde está el próximo.

– ¿El próximo qué? -El próximo próximo.

Quincy pasó por debajo del brazo de uno de los hombres que custodiaban la entrada y penetró en la cavernosa habitación. Cleaver lo siguió y el calor, el humo y la música lo golpearon como si hubiese chocado contra una pared. Podía sentir el latido de la música en las mejillas. Alrededor de cuarenta personas se movían en la pista de baile, saltando como si fuesen guerreros masai, y Cleaver divisó también en la pista unos pequeños robots mecánicos que se movían siguiendo el ritmo de la estridente música.

– Ése es X-Mundo -gritó Quincy, señalando al pinchadiscos, que estaba desnudo de cintura para arriba y sudaba como un cerdo.

No tenía un solo pelo en ninguna parte visible, incluso carecía de pestañas, y Cleaver alcanzó a ver un tubo que le salía del hombro. Quincy siguió su mirada.

– Le llega hasta dentro -explicó-. Le pone a cien. Quincy se abrió paso a través de la multitud hacia la parte posterior del almacén, donde había reservados y mesas con ordenadores y expositores. Parecía una sala de conferencias convencional, excepto que el material que estaba a la venta -artilugios de realidad virtual, ordenadores de contrabando con potentes discos duros- era cualquier cosa menos convencional. En uno de los reservados, un artista estaba realizando tatuajes cibernéticos. En otro, la cortina estaba corrida y, al atisbar en su interior a través de una rotura en la tela, Cleaver vio a una joven acostada en un catre, temblando ligeramente. Estaba desnuda excepto por una toalla de felpa gruesa que le cubría los pechos, llevaba una máscara de acero en el rostro y numerosos electrodos colocados en los pechos y el vientre.

Bajaron por una amplia escalera hasta llegar al sótano, donde el ambiente era más tranquilo. Quincy abrió una puerta y en la habitación había alrededor de sesenta personas sentadas en sillas plegables frente a un hombre gordo que se encontraba de pie ante un atril. Era lo bastante mayor para tener el rostro surcado de arrugas y llevaba el pelo rubio blanquecino recogido en una coleta.

Quincy se sentó y le indicó a Cleaver que se sentara a su lado.

– Cybedon -susurró.

Una mujer que se encontraba en las últimas filas acabó de hablar y se sentó. Aparentemente, había hecho una pregunta.

– Muy bien. ¿Cuál es mi concepto del cambio posbiológico y cómo difiere eso de la velocidad de escape? -Repitió el hombre gordo, mirando a la audiencia-. La velocidad de

1. Lujoso centro de congresos de Nueva York. (N. del T.)

escape o de liberación, como la emplea Mark Dery, es una metáfora. Se produce cuando velocidad y distancia alcanzan el punto crítico en el que un objeto en movimiento (un planeta, una nave espacial, cualquier cosa) se libera de la fuerza gravitacional. Ese objeto alcanza la hiperaceleración y pasa a otra dimensión.

Esta idea de una súbita y compleja ruptura con el pasado que nos llevará a un nuevo mundo, no es nueva en el pensamiento occidental. Ya se encuentra en los mitos de Prometeo e Ícaro. Está en Jano, el dios de las puertas, en el Jardín del Edén, en el Paraíso perdido y en Shangrila. Está en Sócrates, Platón, Marx y Adam Smith y en pensadores modernos como Marshall McLuhan y Teilhard de Chardin.

Lo que yo y otros hemos hecho -ha sido reconocer esta idea por lo que es, liberación de la mortalidad humana, tal como se aplica a los principios de la evolución darwiniana.

La mujer volvió a ponerse en pie. Parecía frustrada. -Pero ¿cómo se aplica eso a las máquinas? -preguntó.

– Las máquinas están evolucionando rápidamente. La primera computadora moderna fue Colossus, construida por los británicos en 1943 para descodificar los mensajes de la máquina Enigma de los alemanes. Estaba accionada por dos mil válvulas de vacío. Cuando la ENIAC entró en funcionamiento en 1946, tenía el tamaño de una habitación. Luego, en la década de los cincuenta, aparecieron los transistores, los circuitos integrados una década más tarde, y los microchips, en los setenta.

A medida que las máquinas iban reduciendo su tamaño, se volvían más inteligentes. Y ahora se vuelven más inteligentes más rápidamente. La primera computadora capaz de jugar al ajedrez fue diseñada en 1958. Deep Blue tardó treinta y nueve años en llegar y derrotar a Gary Kasparov. Pero era inevitable: los treinta y dos microprocesadores separados de Deep Blue pueden examinar doscientos millones de movimientos por segundo. Puede anticipar treinta y cinco movimientos. Kasparov puede prever cuatro, quizá cinco movimientos. Comparadas con la computadora, las conexiones nerviosas en el cerebro humano se mueven a la velocidad de un caracol.

Ray Kurzweil dice que las computadoras superarán a la inteligencia humana en el año 2020. Él prevé que hombre y máquina acabarán por unirse y evolucionar juntos. Esto será inevitable una vez que las máquinas se dupliquen a sí mismas. De modo que la única respuesta para la humanidad es crear alguna forma de acceder a ese sistema evolutivo. Si no lo hacemos, nos quedaremos rezagados. La evolución enseña que hay espacio sólo para una entidad en cualquier nicho particular, y el nicho del que estamos hablando en este caso es el que está reservado al intelecto supremo del planeta.

Así que, ¿cómo habrá de producirse esta conjunción evolutiva? Resulta un tanto difícil imaginar a los seres humanos apareándose con las máquinas. Y ahí es donde interviene mi teoría. Mi contribución consiste en aportar el medio para que esa conexión se produzca. Solamente hay un área donde puede ocurrir, y es a través de la inteligencia artificial incorpórea.

La mujer de voz quejumbrosa seguía de pie. -Explique eso, por favor -dijo.

– La inteligencia artificial ha crecido exponencialmente desde la década de los setenta y se ha organizado en una forma casi vital alrededor del mundo. Estoy hablando de Internet. Su modelo de crecimiento refleja el de un organismo multicelular. Satisface los dos criterios necesarios para la vida: se expande a través de un proceso de regeneración y puede comunicarse con sus partes más remotas. Incluso tiene enemigos naturales en forma de virus.

Si concebimos la Red como la expresión última de la inteligencia de las máquinas, y el haz de conexiones nerviosas que llamamos cerebro como la expresión de la inteligencia humana, entonces en el punto donde convergen se establecerá la conexión. Ambas operan mediante impulsos eléctricos, de modo que hablan un idioma común. Como resultado de ello, creo que pronto, en algún punto, la inteligencia humana se fusionará con las computadoras en el ciberespacio… Siguiente pregunta.