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– Puedo comprender por qué querríamos unirnos a las máquinas; ellas poseen una capacidad de cálculo muy superior a la nuestra. Pero ¿por qué querrían ellas unirse a nosotros? ¿Qué ponemos nosotros encima de la mesa?

– La conciencia. La chispa de intelecto creativo que puede impulsar esos cálculos y darles un sentido al orientarlos hacia un propósito más elevado.

– Pero ¿cómo ocurrirá eso exactamente?, -El viejo sacudió la coleta.

– No soy un profeta, ni un futurólogo. No lo sé. Tampoco sé cuándo sucederá. Estoy hablando de las grandes fuerzas de la historia. Les corresponde a otros elaborar los detalles.

– ¿Y eso significará nuestro final?

– ¿Final? Nada de eso. Será el principio. Será el salto cualitativo que la religión y la ciencia prometen. El momento de la liberación. Nuestras mentes ya no estarán ligadas a nuestros cuerpos. Tal vez si podemos desligarnos realmente de nuestros recipientes físicos, logremos alcanzar algo parecido a la inmortalidad. El mysterium tremendum. Los físicos lo llaman velocidad de escape. Los pentecostales lo llaman el Éxtasis.

La mujer se sentó.

Cybedon echó una rápida mirada a la audiencia, ignoró varias manos que se alzaban en el aire y abandonó el atril. No hubo aplausos, pero muchos de sus oyentes parecían sumidos en profundos pensamientos. Algunos se apresuraron para hablar con él; Cybedon desapareció en medio de un estrecho círculo de admiradores, sólo era visible su coleta, que se balanceaba en medio del grupo como la crin de un caballo inquieto.

– ¿Qué piensas? -preguntó Quincy.

Cleaver sacudió la cabeza en un gesto de admiración. No respondió.

– Eso es lo que Leo Marx llama «la retórica de lo sublime tecnológico». ¿Quieres conocerlo?

– No, si eso significa tener que abrirme paso a codazos en medio de esa multitud.

Quincy se acercó y, tan pronto como Cybedon lo vio, se deshizo de sus admiradores y fue hacia él con ambas manos extendidas.

– Mi muchacho, mi muchacho -repitió con una sonrisa en los labios.

Cogió a Quincy por los hombros y lo atrajo hacia sí en un violento abrazo, envolviéndolo en su carne flácida. Cleaver estaba sorprendido. No esperaba que aquel hombre fuese tan afable.

– ¿Cerveza? -preguntó Cybedon.

Cleaver podía oír perfectamente el ruido de la gente que bailaba en el piso superior.

– Sí -dijo Quincy.

Los presentó a ambos. Cleaver percibió el calor oscuro de la mirada de Cybedon.

– Me… me ha gustado mucho lo que ha dicho. La forma en que lo ha explicado -dijo, sintiéndose como un imbécil en el mismo instante en que las palabras salían de su boca.

– Acompáñenos -contestó Cybedon.

Los tres subieron al piso de arriba, Cybedon moviéndose con sorprendente agilidad para tratarse de un hombre tan pesado. Atravesaron la concurrida pista de baile -la gente parecía abrir un camino ante su Moisés-, y luego salieron a la parte trasera del almacén, donde se había congregado una pequeña multitud. Tres jóvenes que estaban sentados a una mesa de juego se levantaron de sus asientos. Quincy fue a buscar tres cervezas y regresó al cabo de pocos instantes. La gente se apartó ligeramente de delante de la mesa para que los recién llegados pudieran ver. Estaban en el borde de la zona de aparcamiento. De una de las farolas colgaba una gigantesca efigie humana, la cabeza exageradamente grande y desfigurada.

– ¿Qué es eso? -preguntó Cleaver.

– Es el Hombre Fusión -dijo Quincy-. La razón de ser de todo el festival. Comenzó hace doce años, cuando a este hombre que tenemos aquí -hizo un gesto hacia Cybedon- lo echaron de Microsoft.

– ¿Por qué motivo?

– Insubordinación -interrumpió Cybedon-. Y libre pensamiento.

– Y moral -añadió Quincy.

A medio camino de la ingestión de cervezas, un murmullo de excitación se extendió entre la multitud. En ese momento apareció un hombre portando una pequeña vela, y un cántico pareció elevarse desde todas partes. Cleaver conocía esa melodía, pero tardó unos momentos en identificarla como uno de los temas de la banda sonora de la película Carros de fuego: Jerusalén, el himno inglés del poema de Blake que nunca dejaba de humedecer los ojos de los habitantes de las islas británicas.

El hombre que llevaba la vela se acercó a la enorme efigie colgante y el zumbido musical se hizo más estridente. Cleaver bebió un trago de cerveza y echó un vistazo a los fanáticos de la alta fidelidad, a los delirantes, a los tecnopaganos y a los hackers. Qué extraños parecían, con vestimentas de todas clases, desde hippies hasta motoristas, desde andrajosos a hombres con traje. El común denominador era la juventud. Cybedon y él eran prácticamente los únicos entre toda esa multitud que superaban los treinta años. Esa toma de conciencia lo hizo sentirse como un intruso. ¿Quién sabía de la existencia de semejante tribu?

La llama de la vela lamió el pie izquierdo de la efigie. Cobró fuerza y comenzó a ascender, como una mecha. De pronto, un estallido quebró el aire y una cascada de fuegos artificiales brotó del vientre de la figura, ruedas giratorias, fuentes y volcanes escupiendo corrientes de color entre el traqueteo de los petardos. En pocos minutos sólo quedó la enorme cabeza de papel, que conservaba la sonrisa mientras ardía lentamente.

La muchedumbre lanzó vivas y alzó sus vasos.

– Me rindo -le susurró Cleaver a Quincy-. ¿Con qué finalidad hacen todo esto?

– ¿Finalidad? -Quincy estaba fascinado con el espectáculo y apenas le prestó atención-. Ninguna -dijo con aire distraído-. No todo tiene que tener una finalidad.

Cleaver echó un vistazo a aquellos reveladores de la «Nueva Era» y bebió su cerveza. Frente a él estaba sentado Cybedon, con los ojos entrecerrados, su voluminoso cuerpo apoyado en la silla como una masa gelatinosa; un enorme sapo soñoliento.

Era extraño que la propuesta de la mente que se separa del cuerpo procediera de una persona tan poco atractiva, pensó Cleaver. O quizá, pensándolo mejor, no era tan extraño.

Se sintió súbitamente animado.

– Permítame que le pregunte una cosa -dijo-. ¿Cree que en la vida cotidiana la mente, nuestra conciencia, está inextricablemente ligada al cuerpo? ¿O que puede llevar una existencia separada?

El sapo abrió los ojos lentamente. – ¿Usted qué cree? -preguntó a su vez.

– Que la conciencia puede vagar, pero no sabemos cómo llamarlo. Visiones, ceremonias religiosas, sueños, experiencias casi del más allá, visitaciones de los difuntos, son todos ejemplos de lo mismo: la conciencia derramándose fuera de su recipiente físico.

– Felicidades -dijo Cybedon-, ha descubierto el multiuniverso.

– ¿El multiuniverso?

– Como pasamos la mayor parte de nuestras vidas de vigilia en las estrechas dimensiones de nuestro universo singular, no reconocemos todas esas pistas de que ahí fuera hay muchos universos, todos ellos existiendo uno junto al otro. ¿Quién sabe lo que contienen? Recuerdos, sueños, cada acción que realizamos alguna vez, cada palabra emitida, cada persona que haya existido, cualquier cosa y todas las cosas que nuestras conciencias hayan experimentado alguna vez, todas paralelas entre sí como si fuesen cientos de placas base en un ordenador. -Volvió a cerrar los ojos y murmuró suavemente-: En la mansión de mi padre hay muchas habitaciones.

Una metáfora bíblica muy extraña, pensó Cleaver. Pero sentía una excitación que apenas podía contener, una cálida corriente de satisfacción consigo mismo. Nunca antes se había encontrado con alguien capaz de expresar en palabras todo lo que él había estado pensando durante estos años, todo aquello en lo que había estado trabajando, sus teorías que ahora finalmente habían alcanzado el último estadio científico de la experimentación.