Scott conocía de memoria el interior de su cuarto de revelado, instalado en la zona trasera del loft, hasta tal punto que podría haber trabajado en la más completa oscuridad, sin la fantasmagórica luz roja que proyectaba la única bombilla que había en el techo. Sabía dónde estaban las grandes botellas de plástico con productos químicos y, por su peso, cuánto quedaba en ellas. Conocía la ubicación exacta de las bandejas de revelado, la ampliadora, los grifos y cada pieza de su equipo. Había pasado tantas horas en ese lugar, día tras día, año tras año, que solía disfrutar de la comodidad de la habitación pequeña y cuadrada, como un prisionero fantasma no del todo infeliz con su confinamiento, trabajando en solitario.
Pero ya no era así.
Ahora, tres semanas después de la operación de Tyler, le resultaba imposible sentirse cómodo. No obstante, el laboratorio era una especie de refugio. Podía perderse en ese cuarto y, casi durante varios minutos, no pensar demasiado en nada. Aún sentía en sus entrañas ese peso muerto del vacío, y lo llevaba encima como un trozo de metralla, pero conseguía mantenerlo más o menos bajo control, impedir que ascendiera y le estallara en el cerebro, apelando a la mecánica rutina del trabajo.
Su reclusión en el cuarto de revelado había comenzado dos días después de la operación, cuando había permanecido despierto bebiendo whisky en casa, vagando sin rumbo por el loft, entrando en la habitación de Tyler y recogiendo sus cosas: las camisas, los viejos videojuegos, los trofeos de fútbol, la fotografía de Sean Connery con su autógrafo, el koala, para regresar luego a la cocina y servirse otro trago. Se había quedado dormido vestido y se despertó, al amanecer, bañado en un sudor frío y con el corazón desbocado.
Entonces había recordado algo: los negativos sin revelar. Había saltado de la cama. Estaban en una serie de botes de café, carretes de fotografías que había sacado rutinariamente en sus salidas de la ciudad o cuando vagaba por las calles, en aquellos días en los que jamás salía de casa sin la cámara. Sabía de una manera instintiva cuándo merecía la pena revelar un carrete de fotos; los otros los había descartado de la misma forma en que un artista descartaría los bocetos preliminares. Pero ahora eran impagables. Se metió en el laboratorio y comenzó a revelarlos. Algunas fotografías eran tan viejas que apenas podían discernirse, pero aun así, forzando la película, podía vislumbrar las figuras, como fantasmas en una membrana. Vivía para ese momento en el que el papel blanco desnudo flotaba suavemente en el baño de revelado y, mágicamente, comenzaban a formarse puntos que se unían entre sí hasta materializar las formas grises. En ocasiones, aparecía la perla rara en la ostra, las formas se oscurecían, se volvían reconocibles y, súbitamente, Tyler se hacía visible gradualmente, volviendo a la vida.
A veces, Scott recordaba al instante dónde había tomado esa fotografía, delante del Museo de Historia Natural-aquel día soleado de octubre o en un banco de Central Park aquella tarde que habían hablado de la muerte durante tres horas. En otras ocasiones, no tenía absolutamente ningún recuerdo relacionado con las imágenes y, entonces, las colocaba sobre la mesa de la cocina y pensaba en ellas durante largo tiempo. Entre éstas había un auténtico tesoro: tres carretes de fotografías de Tyler tomadas como retratos de estudio, negativos de 4 x 5. Recordaba perfectamente la sesión; había utilizado iluminación de fondo y blanco para que se reflejara en los ojos de su hijo. Había enfocado la cámara con precisión, usando las pestañas de Tyler, esas largas y atractivas pestañas. ¿Por qué no las había revelado? Debía de estar demasiado ocupado, sin duda. Pero ahora eran un regalo del cielo. Amplió los primeros planos al tamaño de una página de periódico y las fijó en las paredes. «Qué guapo era ese chico… es, joder.» Después de dos días de trabajo se dio cuenta de que estaba procesando los carretes demasiado deprisa y comenzó a racionarlos, uno por día.
Pero no racionaba la bebida. Comenzaba a beber temprano y, a veces, cuando se quedaba levantado hasta las cuatro o las cinco de la madrugada y dormitaba sólo un par de horas, bebía uno o dos tragos para empezar el día. Estaba fumando tanto que le dolían los pulmones. Prácticamente no trabajaba. Comenzó a rechazar trabajos; no explicaba la razón, no soportaba hablar del accidente, y las dos o tres veces en que lo hizo, odió el sonido edulcorado de compasión que se advertía en las voces de la gente. Pronto el teléfono dejó de sonar. Era en cierto modo notable, pensó, cuán pronto había sucedido. Sólo unos pocos de sus antiguos clientes continuaron llamándolo, tres o cuatro editores gráficos de revistas que habían sido también fotógrafos. Por primera vez en su vida no cumplió con los plazos de entrega.
Pero eso no era todo. Tenía unas pesadillas horribles. Algunas de ellas estaban relacionadas con miedos profundamente arraigados, como si todo el sueño hubiese sido coreografiado para producir un momento de absoluto horror. En una de ellas era perseguido por una jauría de sabuesos a través de una marisma y caía en un pozo que se convertía en una tumba abierta, donde quedaba inmovilizado e indefenso mientras la tierra y las piedras se derrumbaban sobre él. Se despertó en el suelo, la mitad del cuerpo debajo de la cama. En otro de los sueños, sentía que se volvía loco y se observaba a sí mismo mientras recorría una casa, apagando las luces una por una, subiendo la escalera para ir a la habitación de su hijo; lo encontraba dormido y lo asfixiaba con una almohada. En otra de sus pesadillas, su cuerpo se descomponía y los vasos sanguíneos de su muñeca se convertían en grandes gusanos que le chupaban la sangre. Y había otras, que trataba de reprimir inmediatamente, en las que aparecía su madre, en la época en que bebía.
A Scott le resultaba difícil separar las pesadillas de las borracheras. Las imágenes del horror eran tan vívidas y permanecían en él durante tanto tiempo después de despertarse que se preguntaba si estaba sufriendo delírium trémens. A veces, cuando por la mañana extendía la mano para coger el cartón de zumo de naranja o trataba de afeitarse, se daba cuenta de que la mano le temblaba, y eso le provocaba un sentimiento parecido al terror. Conocía los síntomas del alcoholismo y seguía negándolos en sí mismo. Y entonces recordó que eso, la negación, era el síntoma más claro de todos.
Incluso Cometa, que permanecía durmiendo la mayor parte del tiempo, hecho un ovillo en el suelo, parecía deprimido.
A pesar de la bebida, la soledad y los miedos, nunca se perdía un día en el hospital. La enfermera utilizaba su tarjeta para abrir la puerta que daba acceso al área de observación y él permanecía allí durante horas interminables, acercando una silla a la ventana y observando desde allí a su hijo postrado en la cama. De vez en cuando, raramente pero lo suficiente como para mantenerlo vigilante, podía ver que los ojos de Tyler se movían levemente. Durante esos momentos pensaba que su hijo debía de estar soñando y eso le producía una especie de consuelo; si Tyler estaba soñando, podía despertarse, ¿no? El pecho se movía lenta pero regularmente arriba y abajo y las máquinas no mostraban ninguna alteración. La aguja que indicaba la inflamación del cerebro, pensó en una ocasión, se había movido hacia abajo quizá un poco.
Al controlar el monitor que registraba el ritmo cardíaco de Tyler creyó advertir que se aceleraba levemente cuando él llegaba y cuando hablaba. De modo que, tal vez, Kate estuviese en lo cierto, quizá, a algún nivel, Tyler seguía parcialmente consciente. Sin embargo, el ritmo cardíaco que salía del ordenador no cambiaba. Su ritmo era, invariablemente, cruelmente, siempre el mismo, un modelo perfecto de líneas dentadas que atravesaban la pantalla.