Entonces Scott notó algo que lo desconcertó. A veces, cuando aparecía Kate, el corazón de Tyler se aceleraba aún más. Los latidos surgían del monitor en un veloz staccato. Y lo que resultaba incluso más raro era que esto no sucedía siempre que Kate estaba presente, sino sólo en algunas ocasiones. Él se lo comentó y Kate tampoco supo qué decir.
En parte para animar a Scott, un residente del hospital instaló un sistema de micros para que pudiese hablar con Tyler, algo que hacía de manera incesante. Luego llevó un libro -Las aventuras de Huckleberry Finn, por supuesto-, y se lo leía una y otra vez. Estaba convencido de que su hijo podía oírlo; aun cuando no pudiese seguir las palabras, tal vez reconocería sus pautas de discurso y, por si acaso estuviese solo y sufriendo horribles pesadillas; también, encerrado en alguna parte en el fondo de una tumba, quería que al menos escuchase una voz familiar y reconfortante.
A veces giraban la cama de modo que Tyler quedaba suspendido boca abajo, mirando al suelo y sostenido por gruesas correas que atravesaban la barbilla, el pecho, el abdomen y las piernas. Esta operación se realizaba para evitar las llagas. Pero era incluso peor verlo en esa posición; parecía perdido y pequeño en medio de esa parafernalia que lo rodeaba, como un muñeco en una máquina que parecía un giroscopio gigante.
Scott había establecido una rutina diaria: el hospital, una cafetería donde comía media hamburguesa o un bocadillo de atún, luego de vuelta a casa para sacar a Cometa y pasar más tiempo en el cuarto de revelado, y finalmente beber hasta casi perder el sentido en las primeras horas de la madrugada.
Un día, cuando abandonaba el hospital, se encontró con Kate, y ella pareció observarlo fijamente. Aquella noche se contempló ante el espejo del baño y vio que estaba hecho un auténtico desastre; la barbilla cubierta con barba de tres días, los ojos enrojecidos y la piel flácida y pálida. Se afeitó, pero no sirvió de mucho.
Kate llamó a la mañana siguiente. Cuando escuchó su voz temió que le llamase para darle malas noticias sobre Tyler, pero ella se encargó rápidamente de calmar sus temores.
– Es mi día libre -dijo-. Si no es demasiado pedir, si no está ocupado, ¿cree que podría hacerme un gran favor? – ¿Qué?
– En el Centro Internacional de Fotografía se celebra una exposición que quiero ver. Y me gustaría verla con alguien que sepa de fotografía. ¿Querría acompañarme?
Él permaneció en silencio varios segundos, los suficientes como para parecer desconsiderado. No quería ir, pero no era capaz de encontrar la forma de decirlo, de modo que, finalmente, accedió. Se arrepintió en el mismo momento en que colgó el teléfono. Pensó en llamarla para anular la cita, pero eso era demasiado difícil. Se puso unos vaqueros y una camiseta y salió.
Encontró a Kate en la Sexta Avenida, esperándolo en la acera, apoyada contra un edificio. Él no había esperado encontrarse con ella de ese modo, de forma que fue como si la viese por primera vez. Era extraño verla sin su bata de médico. Llevaba una blusa de seda, un collar de perlas de una sola vuelta y tenía los brazos cruzados sobre el pecho de una manera informal. Kate sonrió simpáticamente al verlo. El fotógrafo que había en él advirtió que en ese momento ella habría representado un tema muy interesante.
– Empezaba a preocuparme que no pudiese venir -dijo ella.
Él miró su reloj con expresión confundida.
– Lo siento -dijo-. ¿Hace mucho que espera? Salí de casa después de recibir su llamada, o al menos, eso creo. -No, no, está bien. Yo he llegado temprano. Lo llamé desde una cabina cercana.
Él farfulló otra disculpa, pero ella ya se había dado la vuelta y estaba entrando en el edificio. Scott vio que sacaba dos entradas del bolsillo del pantalón. Kate se hizo a un lado para que él entrase primero.
– Hacía tiempo que quería ver esta exposición. Había leído sobre ella en el Times. La mayoría son fotografías nuevas. Tres o cuatro de ellas ganaron un Pulitzer.
La exposición llevaba por nombre Up Close. La primera sección, titulada «El paisaje urbano», estaba repleta de las habituales fotografías desoladas de los guetos urbanos, chicos jugando con el chorro que brotaba de una boca de riego y viejos cansados de la vida que miraban desde los porches de las vetustas casas. De vez en cuando, sin embargo, Scott descubría una foto que parecía ir contra la naturaleza del entorno y captaba algo sorprendente. Conocía a muchos de los fotógrafos y podía identificar con un simple vistazo la mayor parte de su obra.
Kate estaba de pie ante una fotografía que mostraba a un grupo de adolescentes negros que mataban el tiempo delante de una heladería, con una boca de metro en el fondo.
– Ésta me gusta mucho -dijo-. Aunque no estoy segura de por qué.
Él se colocó junto a ella.
– Son los chicos, están sonriendo, probablemente por algo que hizo éste. -Señaló a uno de los adolescentes que estaba poniendo una cara triste-. Están flirteando. Precisamente a esa edad, doce o trece años; una edad difícil. Tienen el sexo en el cerebro. La ansiedad se palpa en el aire a pesar de las sonrisas. Tres chicos y dos chicas, una combinación peligrosa. Los chicos probablemente están pensando que uno de ellos quedará fuera de juego.
Ella asintió y añadió su propia interpretación.
– Y cada una de las chicas está preocupada de que la otra sea más atractiva -dijo-. Ésta está sonriendo con cierta timidez, como si intentase ocultar los hierros de la ortodoncia.
– Y si mira a través de la ventana de la heladería, puede ver a un viejo blanco que los está observando; parece divertido.
Ella sonrió.
– Ahora entiendo por qué me gusta.
– Ahí están pasando muchas cosas y la cámara lo capta todo -dijo él-. Uno mira la fotografía y siente deseos de construir una historia sobre ella.
Continuaron la visita en la sección titulada «Catástrofe», que describía incendios, explosiones, inundaciones y terremotos. Seres humanos de todos los tamaños, formas y colores escapaban, miraban, eran rescatados de casas aplastadas, montañas de ruinas, maderas calcinadas. Después de un rato, tanto sufrimiento resultaba insoportable.
– Es demasiado para absorberlo de golpe -dijo Kate-. Me imagino que ustedes, los fotógrafos, llegan a ver el lado más terrible de la vida.
– Algunos lo hacen. Sobre todo los fotógrafos de noticias.
Scott comenzó a pensar en los reporteros gráficos que había conocido, esos individuos de aspecto andrajoso que viven pegados a la frecuencia de la radio de la policía y salen disparados al oír que se ha producido un hecho importante, los fotógrafos de prestigio internacional que trabajan para agencias como Magnum y Sygma y se meten en los aviones para volar hasta lugares remotos de los que la gente huye despavorida. La mayoría estaban quemados. Algunos habían sido asesinados. Ninguno de los que habían conseguido sobrevivir parecía del todo humano.
– No son lo que uno podría llamar un grupo feliz. Como si hubiese sido una premonición, llegaron a la siguiente sección, titulada «El flagelo de la guerra», una mezcla de fotografías tomadas en Afganistán, Kosovo, Chechenia, el Congo y África Occidental. Uno tras otro, los cadáveres se apilaban ante sus ojos. Kate se sintió especialmente horrorizada por tres fotografías de Sierra Leona en las que aparecían unos chicos capturados por las fuerzas rebeldes a los que habían cortado las manos con machetes, alzando los muñones en el aire mientras yacían sobre las sábanas sucias de un hospital. Sintió un estremecimiento, sacudió la cabeza y luego permaneció en silencio. Scott trató de llevarla a otra sala, pero ella se demoró, obligándose a mirar todas y cada una de las fotografías expuestas.
– Es suficiente para que abandones toda esperanza por la raza humana -fue cuanto dijo.
Al llegar a la siguiente sección sintieron un gran alivio. Se titulaba «Personas y retratos», y mostraba una mezcla de fotografías de norteamericanos trabajando y jugando. Chicos patinando, trabajadores de la construcción durante la pausa del almuerzo, modelos en la pasarela, familias disfrutando de una comida campestre y bajando en botes de goma por los rápidos de un río de montaña… todo estaba allí.