Выбрать главу

Se sintió extrañamente temeroso ante la perspectiva de regresar a su diminuto dormitorio, de modo que echó a andar por el corredor débilmente iluminado, más allá de la sala del ayudante. Echó un vistazo al interior y vio que el guardia nocturno dormía profundamente, los hombros encorvados y la cara apoyada como una máscara de goma sobre el escritorio. Todo permanecía en silencio `El pabellón estaba a oscuras.

Siguiendo un impulso fue hasta la habitación 35 y allí estaba Benchloss, atado a la cama, despierto como sabía que lo encontraría. Estaba mirando al techo con los ojos muy abiertos, dos grandes remolinos de pánico rodeados de círculos oscuros. Pobre Benchloss… sufría el síndrome más raro de todos, el síndrome de Cotard.

Cleaver decidió hablar con él. Entró en la habitación. -Benchloss, mi pobre amigo. Veo que aún estás despierto.

Benchloss, por supuesto, no podía contestarle, porque en lo más profundo de su mente creía que estaba muerto. Y los muertos difícilmente pueden hablar.

Cleaver lo miró. Tenía la piel cubierta de cicatrices rojas y dentadas en los lugares donde Benchloss se había arrancado los gusanos y las larvas que sólo su mente era capaz de ver. Examinó atentamente sus ojos. ¿Estaban levemente húmedos? ¿Había alguna emoción, miedo o espanto, sepultada allí para siempre? ¿O acaso no sentía absolutamente nada? ¿Había conseguido alcanzar una especie de nirvana, de calma despojada de cualquier clase de afecto? Cleaver, cosa extraña en él, sintió que su corazón se ablandaba.

– Me gustaría poder hacer algo por ti -dijo de pronto. Extendió la mano para tocar a Benchloss, algo que jamás había hecho antes, apoyando sus dedos ligeramente en el antebrazo del hombre. La piel estaba fría. El paciente no mostraba ninguna reacción visible. ¿Cómo podía reaccionar un hombre muerto?

Entonces, nuevamente, Cleaver experimentó la extraña sensación de unos ojos que lo miraban desde detrás. ¿Era posible? «¡Mi padre!» Se volvió, no demasiado bruscamente, por si acaso sus temores se confirmaban, sino lenta y tranquilamente como se había ejercitado a hacerlo. Allí no había nadie, sólo la luz mortecina brillando en el techo, una silla, una papelera en el suelo. ¿O había percibido un movimiento fugaz a través de la pequeña ventana de la puerta?

Salió rápidamente de la habitación. El corredor estaba desierto, aunque era posible que llegase un sonido desde la escalera, una puerta que se cerraba o quizá pasos veloces en los escalones. Fue a investigar, bajó un tramo y luego continuó hasta el sótano. ¿Era su propia sombra desplazándose sobre la pared o la espalda ondulada del abrigo negro de un predicador?

El laboratorio especial estaba justo delante de él. Dudó un momento al llegar a la puerta, convencido de alguna manera de que el espectro que perseguía había ocupado su posición al otro lado. Apoyó la mano en el pomo, lo hizo girar lentamente y empujó la puerta. Sus dedos buscaron el interruptor de la luz en la pared y presionaron hacia abajo. Un instante después, la habitación estalló en una cascada blanca que lastimaba los ojos. Parpadeó frenéticamente, tratando de acostumbrarse a la luz.

Miró a su alrededor.

A todas partes, arriba y abajo, atrás y adelante. El ordenador, la máquina, el cilindro. Entonces la forma captó su atención, su anomalía, la figura negra en el interior de la prístina blancura de alabastro del receptor-estimulador transcraneal. El cuerpo de Cleaver fue el primero en registrarlo, una alarma en la profundidad de la amígdala que se extendió a través del sistema límbico como una grieta en un cristal. El olor a miedo en el aire.

Luego, casi con la misma rapidez, su cerebro lo procesó todo, reunió todas las piezas, y el miedo desapareció como una bocanada de humo. No había nada que temer. No era un espectro, no era su padre. Vio de quién se trataba en realidad: Herbert Mann. El paciente paranoico. Estaba acostado en la camilla, preparado para entrar en el tubo cilíndrico, de cabeza, una expresión divertida en el rostro, una sonrisa jugando en sus labios, tratando de complacer.

Cleaver tuvo que hacer un esfuerzo para contener una carcajada.

Mientras Kate se vestía en su apartamento -se estaba convirtiendo en una neoyorquina y ya no bajaba las persianas por razones de pudor o recato-, descubrió que estaba pensando en Scott, Aparecía en su mente en los momentos más extraños, una instantánea aquí, un fragmento de su voz allá. No le resultaba fácil encontrar una razón para que fuese así; no estaba enamorada de él, aunque se daba cuenta de que, en otras circunstancias, podría haberle resultado atractivo. La razón era, estaba convencida de ello, la compasión, y ésta, le habían dicho, no era un buen cimiento para sustentar una relación. Pero, aun así, no le resultaba fácil discernir dónde acababa su natural compasión por la horrible situación que estaba viviendo Scott y dónde comenzaban otros sentimientos. Toda aquella historia era tan horrible. ¿Quién era capaz de evitar pensar todo el tiempo en ella?

Y, últimamente, había empezado a preocuparse por la evolución de Tyler. Ya habían pasado casi tres semanas desde la operación y no había movido siquiera un dedo. En su mente racional ella sabía que no debía esperar un cambio, y un estado sin cambios apreciables era, de hecho, lo previsible mientras sus células madre eran cultivadas en el laboratorio. Pero Kate había visto pacientes en coma profundo que se mostraban más reactivos que Tyler y, cuanto más tiempo pasaba, más radical parecía el tratamiento aplicado por Saramaggio. Las palabras de Scott aún resonaban en su mente: aquello estaba empezando a parecer una única e interminable operación.

Y, últimamente también, sus dudas acerca de la medicina habían ido creciendo con respecto a numerosas cuestiones. Todas esas contradicciones derivadas de los llamados modernos milagros médicos. Sí, un bebé prematuro de apenas veinticuatro semanas podía salvar la vida gracias a todo ese fantástico equipo de incubación, pero ¿tendría luego una vida saludable? Un anciano en el umbral de la muerte podía ser mantenido con vida con respiración asistida, pero ¿podía llamarse vida a eso? Quizá las cosas, en cierto modo, habían sido mejores en épocas no tan lejanas, cuando los ciclos de la vida se manifestaban como los ritmos naturales de las estaciones y nosotros nos prosternábamos en nuestra indefensión ante la Parca. Al menos era más humano, cualquiera que fuese su significado. Blanco y negro: uno sabía cuándo dar las gracias misericordiosas hincado de rodillas y cuándo golpearse el pecho arrasado por la pena.

Se abrochó el sujetador por delante, le dio la vuelta, metió los brazos a través de los tirantes y luego deslizó por la cabeza un fino suéter de punto. Sabía que su pensamiento era una herejía. Se suponía que los médicos, no ya los cirujanos, no debían de pensar en estas cosas. Pero su madre siempre había alentado en ella un poco de herejía, «a contracorriente», decía con orgullo de viuda. Sin eso, todos seguiríamos perteneciendo a Inglaterra, añadía.

Ésa era otra cosa. En esos días pensaba cada vez más en` su madre. Se preguntaba por qué, cuando estás profundamente afectada en un área, tus emociones se extienden hacia otras; como las ondas del agua en un estanque cuando arrojas una piedra: nada en la orilla permanece intacto. Tal vez fuese porque sentía que jamás había conseguido completar el duelo; el deterioro provocado por el cáncer había sido tan prolongado y la imagen de su madre, indefensa y estragada por la enfermedad, había bloqueado todos los recuerdos felices. Incluso había sentido cierto alivio cuando finalmente murió, que había apartado a Kate de la natural inclinación a derramar las lágrimas de una hija. Kate había mantenido la pena en su interior porque la máxima de su madre contra la autoconmiseración resonaba en sus oídos: «Las mujeres Willet no sentimos pena por nosotras mismas; seguimos adelante con la vida».