Pero la historia no acababa ahí, y Kate sabía que, tarde o temprano, tendría que enfrentarse a ello. La culpa que crecía en su interior, porque sentía que había abandonado a su madre cuando más la necesitaba, se estaba volviendo demasiado intensa para ignorarla.
Fue a la cocina, se sirvió otra taza de café y leyó el periódico, y luego se sentó ante el tocador (adquirido por treinta dólares en el local del Ejército de Salvación) para cepillarse la larga cabellera color miel. Se miró al espejo y sus ojos azules le devolvieron la mirada. Examinó su piel, aún inmaculada, sin una sola mancha. Debían de ser seguramente esos fuertes genes forjados en Groenlandia, las generaciones criadas entre las rocas afiladas y la espuma del mar. Ésos eran sus buenos rasgos. Luego se detuvo en la nariz, se colocó de perfil, la levantó ligeramente con el dedo: no era tan buena. Inclinada hacia un lado, un pelín larga. Alzó la cabeza otra vez. Las orejas parecían demasiado grandes pero, al menos, podía cubrirlas con el pelo. Algunas arrugas alrededor de los ojos, en la frente. Treinta y cuatro años. ¿Durante cuántos años continuaría soltera? ¿Se estaba convirtiendo acaso en una mujer concentrada en su carrera y que no podía pensar en casarse y formar una familia? Siempre había pensado que sería una buena madre. Había querido tener hijos, muchos hijos, el sueño de una hija única criada por un solo progenitor.
Sacudió la cabeza, un reproche. Hora de dejar de soñar despierta.
Se levantó, se estiró la falda e hizo la cama. Cuando estaba colocando el cubrecama sobre la almohada advirtió que el colchón doble presentaba una depresión en el lado izquierdo, donde ella dormía habitualmente. Tomó nota mentalmente de que debía cambiarse al lado derecho.
Kate nunca había estado en la Rockefeller University, escondida en el borde oriental de Manhattan, a lo largo de la siempre bulliciosa avenida York. Atravesó el alto portón de hierro y siguió el sendero que discurría junto al camino particular principal. Prados verdes y perfectamente cuidados bajo la cúpula que formaban las copas de frondosos robles y enredaderas trepando por los muros de ladrillo. Un poco más adelante, en una ligera pendiente, se alzaba un imponente edificio en una colina, un templo dedicado a los dioses de la ciencia.
En el interior, ante el mostrador de recepción, le dio al guardia de seguridad el nombre de la persona a la que había ido a ver: Ira Rosenfield. Era una leyenda en neurología y neurocirugía; cuarenta y cinco años en la sala de operaciones; ahora se hallaba retirado. Rosenfield estaba muy próximo a su mentor, A. B. Reinhardt, el profesor de psicología de la anormalidad que la había orientado en su camino y, de vez en cuando, guiaba su carrera desde la distancia, principalmente a través de su extensa red de compañeros de profesión.
Rosenfield la recibió amablemente en su despacho del tercer piso, una habitación estrecha con las paredes cubiertas del suelo al techo con estanterías atestadas. Sobre su escritorio, montones de artículos y reimpresiones rodeaban un-cuaderno de notas donde había estado escribiendo una carta, advirtió ella, con una pluma estilográfica.
Él le hizo algunos cumplidos y le ofreció una infusión de manzanilla. Calentó el agua en una tetera eléctrica. Sus pequeños ojos rosados brillaban encantados. Los dos intercambiaron comentarios elogiosos, sobre todo acerca de Reinhardt, cuyo travieso sentido del humor tendía a manifestarse en bromas pesadas que eran famosas en todo el país. Rosenfield estalló en carcajadas al recordar algunas de ellas.
– ¿Y qué es lo que la trae por aquí? -preguntó finalmente-. Ha mencionado algo acerca del St. Catherine y Saramaggio.
Ella creyó percibir un tono de desaprobación en la sola mención del nombre del neurocirujano, pero quizá sólo fuese su imaginación.
Le explicó la historia de Scott y Tyler de principio a fin, felicitándose a sí misma por el tono desapasionado con que lo hizo.
– Y entonces… -dijo él finalmente. Ella vaciló y se sonrojó ligeramente.
– Me preguntaba qué pensaría usted de todo esto, la operación, las posibilidades de éxito…
– Ah, eso… Bien, no es fácil decirlo. Ignoro los detalles de este caso, el estado de la investigación. Rosenfield sopló la superficie de su taza y bebió ruidosamente, luego se apoyó en el respaldo de su sillón con las manos detrás de la cabeza y miró al techo. No era una postura muy favorecedora, pliegues de piel colgaban debajo de su barbilla como las carnosidades de un pavo. Permaneció en silencio varios minutos, reflexionando sobre lo que Kate le había contado. Luego la miró directamente a los ojos. Ella se dio cuenta de que Rosenfield estaba formándose una opinión de ella, preguntándose si debía ser totalmente honesto. Finalmente pareció llegar a una conclusión.
– Antes que nada, permítame que le diga algo que para mí es muy importante: yo apuesto muy fuerte por el progreso médico. ¿Quién de nosotros no lo hace? Pero yo más que la mayoría. Creo firmemente en el espíritu de los pioneros. Estuve presente en uno de los primeros trasplantes de hígado. Y fue realmente maravilloso ser testigo de ese momento, no por el paciente; de hecho, el paciente era un desdichado. La recuperación fue larga y dolorosa y nunca se completó. Fue maravilloso por la operación en sí, la simple maravilla de poder llevarla a cabo. Porque fue una de las primeras en su tipo. Uno sabía muy bien que era la precursora de muchas operaciones que se realizarían en el futuro. Éramos conscientes de que con el tiempo se perfeccionarían, que los cirujanos mejorarían la técnica, que se crearían nuevos fármacos para combatir el rechazo y lograr que las cosas fuesen más soportables para el paciente. Uno sentía el aliento de la historia en el hombro, que se estaba consiguiendo un notable avance, allí y en ese momento, del mismo modo en que un ejército que lucha palmo a palmo por la conquista de un territorio sabe que está avanzando cuando ve la bandera clavada delante de sus ojos. Fue un avance porque era el momento adecuado para que se produjera.
Se inclinó hacia delante, bebió un poco de té y volvió a apoyar la taza en un sobre que usaba a modo de posavasos.
– Como todos los médicos que conozco, soy un defensor de la terapia genética. La emplearemos para erradicar enfermedades, toda clase de enfermedades hereditarias. Las eliminaremos de la faz de la tierra. Creo en la investigación con células madre. Estoy convencido de que contienen un potencial increíble para reparar y sustituir órganos y tejidos dañados. Dentro de pocos años estaremos realizando ensayos clínicos para todo tipo de enfermedades: apoplejías, lesiones en la columna vertebral, Parkinson, anomalías cardíacas, lo que a usted se le ocurra. Todo salvo el cáncer. Y algún día, también llegaremos ahí.
Pero los avances deben llegar en el momento adecuado. Si te mueves demasiado pronto pones en peligro todo el proceso. Todo general sabe eso: mantén tu batallón agrupado y no te alejes demasiado de tus líneas de abastecimiento. O te arriesgas a ser derrotado.
Toda esta publicidad que se ha generado alrededor de las células madre ha suscitado enormes expectativas. Pero se encuentran muy lejos de nosotros. Su potencial está a años luz del estado actual de las investigaciones. Podemos soñar con estas cosas, pero aún no podemos llevarlas a cabo. Christopher Reeve no volverá a caminar dentro de poco tiempo. Y la gente seguirá contrayendo la enfermedad de Alzheimer y perdiendo lentamente su capacidad racional.
Hizo una pausa y miró su taza, luego continuó. – ¿Sabe?, yo realizo numerosas giras de conferencias y hablo mucho acerca de las células madre. ¿Y sabe cuál es la pregunta que me hacen con mayor frecuencia?
Ella negó con la cabeza.
– Cuando acaba la conferencia, un hombre se acerca al estrado, a veces más de uno, y titubea unos momentos antes de formular la pregunta que tiene en mente. Me pregunta si puedo usar las células madre para conseguir que tenga un pene más grande. Y, en ocasiones, es una mujer quien lo desea. -Hizo un leve suspiro-. Eso es lo que el público piensa de todos nuestros grandes avances. Eso y si estamos matando bebés para conseguir tejido fetal de los cadáveres.