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– ¿De la evolución?

– Sí. En los primeros estadios de la Tierra había moléculas simples: amoníaco, metano, etcétera, y ahora, cuatro mil quinientos millones de años después, tenemos entre diez y cien billones de clases de moléculas orgánicas, desde simples enzimas hasta enormes proteínas complejas y cadenas de ADN. ¿Cómo se produjo esta increíble diversidad? La vida la crea, expandiéndola sin prisa pero sin pausa hacia el adyacente posible. Y cada vez que avanza un poco más en su complejidad, aumenta el abanico de posibilidades para una nueva expansión. Imagine una torre de Rube Goldbergl que se alza y que se vuelve cada vez más complicada a medida que asciende.

Atravesó la puerta principal sin dejar de hablar y desembocaron en la escalinata del edificio en el que ella había entrado hacía cuarenta minutos.

– Básicamente, Kauffman especula que la vida es arrastrada de forma tenaz, como si lo hiciera una fuerza inexorable, hacia el siguiente estadio, hacia su adyacente posible. – ¿Y nadie puede predecir el siguiente estadio?

Nombre artístico de Reuben L. Goldberg, dibujante de historietas norteamericano, muy popular en su país por sus dibujos de complicados inventos, en la línea del Profesor Franz de Copenhague del TBO. (N. del T.)

– No, nadie. Ni siquiera un ordenador. A menos que, tal vez, el siguiente estadio sea el mismo ordenador y, en ese caso, probablemente lo mantendría en secreto -respondió con una sonrisa.

Se estrecharon las manos bajo el sol; él cubrió las de ella con las suyas y las retuvo unos minutos.

– Creo que usted está preocupada por todo este asunto con Saramaggio -dijo lentamente-. Creo que ha venido a verme porque quería oír la respuesta que yo le he dado, y ahora que ya la ha oído, tendrá que decidir qué es lo que va a hacer.

Kate asintió, en parte para devolverle su gentileza anterior y, en parte, porque lo que Rosenfield le había dicho había hecho que recordara algo.

«Tiene razón -pensó mientras bajaba la escalera, demasiado abstraída como para volverse y saludarlo-. Estoy preocupada.»

Aceleró el paso mientras descendía la ligera pendiente asfaltada.

Expansión hacia el adyacente posible.

No podía decir por qué, pero no le gustaba nada cómo sonaba eso.

El lunes siguiente, Kate llegó temprano al trabajo porque el St. Catherine había organizado un simposio privado sobre la operación llevada a cabo por Saramaggio para un grupo selecto de neuroanatomistas, neurobiólogos y neurocirujanos. Ella tuvo conocimiento de la celebración de ese acto la tarde del viernes. Los comentarios acerca de la notable operación ya habían comenzado a circular por la ciudad, según explicaba un memorándum, de modo que era mejor hacer frente a los rumores y explicar exactamente lo que se había hecho y el estado satisfactorio del paciente hasta ese momento. Todo ello, naturalmente, de manera extraoficial, hasta el instante en que el New England Journal of Medicine publicase la historia contada por el propio Saramaggio.

Cuando se reunió con el resto de los invitados en el pequeño auditorio del piso quince, una sala acogedora y artesonada, con una pared de cristal que ofrecía una vista espectacular del río, pudo reconocer a varios nombres célebres en el campo de la cirugía. En la segunda fila estaba sentado Alex Berenstein, del Beth Israel, y dos filas detrás de Kate se encontraba Nick Barbaro, del Moffitt. ¿Habría volado desde San Francisco para asistir a ese simposio? Vio que habían preparado un moderno equipo de proyección audiovisual, otro signo de que no se trataba de una sesión improvisada en el último momento.

Calvin Brewster, el administrador del hospital, ocupó el estrado y habló desde un atril que disponía de un panel de control con un impresionante conjunto de botones e interruptores. Se entretuvo unos instantes con el micrófono, y simuló una ligera confusión cuando llegó el sonido de retorno. Dio la bienvenida al selecto público asistente, señaló que había café y pastas al fondo, bromeó con el hecho de que no sería necesario pedirle a una audiencia tan eminente que prometiese guardar el secreto, y luego hizo precisamente eso. Las veinte personas que había en la sala mostraron su conformidad. Su presentación de Saramaggio fue absolutamente servil.

El alto y delgado cirujano se levantó de un asiento en el medio de la sala y se dirigió con lentitud hacia el estrado. Un aplauso hubiese sido un gesto impropio de ese momento y ese lugar, pero Kate creyó detectar el discreto reconocimiento de las cabezas que se inclinaban levemente. «Como delgados juncos ante una suave brisa», pensó.

Como era la única mujer asistente, una situación que, por frecuente, ya no le resultaba extraña, sentía que llamaba algo la atención.

Saramaggio comenzó la disertación explicando las primeras investigaciones. Reconoció el trabajo del doctor Cleaver en «el dominio de la inteligencia mejorada artificialmente por ordenador» y, al hacerlo, su mirada se dirigió hacia el fondo de la sala. Kate se volvió. Cleaver estaba sentado solo en la última fila, hundido en su asiento.

¿Había convertido en un hábito el hecho de deslizarse dentro y fuera de las habitaciones sin que nadie lo advirtiese, o sólo lo parecía?

A continuación, Saramaggio explicó el accidente que había sufrido Tyler, de quien dijo que tenía doce años. Kate se preguntó cómo podía un médico tan meticuloso en el quirófano equivocarse en la edad de su paciente. La pregunta cristalizó su creciente inquietud. Luego sintió una punzada de arrepentimiento, tal vez estaba siendo demasiado crítica. Tal vez su pequeña charla con Rosenfield la había condicionado.

– De modo que pueden hacerse una idea de aquello a lo que nos enfrentábamos -dijo Saramaggio-. Nos encontrábamos en una verdadera encrucijada. Tenemos a un paciente en una situación desesperada que se enfrenta a la muerte o a una discapacidad mental severa para toda la vida. Y disponemos de una investigación prometedora pero incompleta en técnicas médicas avanzadas que podría aliviar razonablemente su estado. Fue, quizá, una conjunción afortunada.

Saramaggio hizo una pausa dramática. Kate pensó que raramente había visto a alguien más satisfecho de sí mismo. Una súbita imagen del helicóptero posándose en el terrado del hospital destelló en su mente, Scott cogiendo la mano de su hijo mientras el equipo corría por la superficie alquitranada.

Saramaggio pulsó varios botones en el panel de control. La ventana quedó cubierta por una cortina, las luces disminuyeron de intensidad y una pantalla con vetas plateadas descendió detrás de él. Un minuto más tarde, la pantalla cobró vida con imágenes, luz y color. Kate tardó unos segundos en reconocer la sala de operaciones. Tyler aparecía cubierto por las sábanas verdes. Un primer plano de la cabeza con el trozo de metal sobresaliendo del cráneo -creyó oír que uno de los médicos que estaba en la misma fila carraspeaba ligeramente-, y luego empezó a reconocer a la gente que aparecía en la pantalla. El anestesista, Gully, ella misma. En el centro, la prima donna en persona, Saramaggio, moviéndose con fluida seguridad en sí mismo. Era extraño que no hubiera sido consciente entonces de la presencia de la cámara en el quirófano, aunque había permanecido visible todo el tiempo detrás de una pared opaca.

Con voz lacónica, Saramaggio describió ambas operaciones. Mientras retiraba cuidadosamente el horrible trozo de metal, se separaba de la mesa de vez en cuando. ¿Lo hacía deliberadamente para que la cámara pudiese hacer una toma más clara? Kate se reprendió a sí misma por permitir que esa idea pasara por su cabeza.

Una vez retirada la pieza de metal, la cámara tomó un primer plano del cerebro herido. Saramaggio congeló la imagen en la pantalla y utilizó un puntero para describir la herida. Kate sintió una leve conmoción cuando la cámara hizo un zoom para mostrar un primerísimo plano. El corte parecía muy ancho. El daño era incluso más extenso de lo que ella había pensado en su momento. Luego la filmación se reanudó, mostrando la extracción de las células madre -ampliaciones de las mismas en las cápsulas de Petri-y la implantación de los electrodos. Lento, minucioso, aburrido de ver. Cleaver apareció en la pantalla, trabajando en sus máquinas infernales. Unos minutos más tarde, el vídeo acabó y las luces volvieron a encenderse.