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Él la miró y sonrió. Kate se sorprendió, no lo esperaba. ¿Dónde estaba la ira? En el taxi había estado ensayando su parte: «No fue como usted lo imagina; en medicina, este tipo de cosas se hacen con frecuencia; es un medio de compartir los avances importantes; no es tan impersonal como parece: la intención no es objetivar – ¿existe realmente esa palabra?- al paciente».

– ¿Quiere una copa? Ella asintió.

– Solo, con hielo.

Scott pidió la bebida para ella y le hizo señas al barman para que le llenase nuevamente el vaso. Whisky. Se preguntó cuántos llevaría. No tenía mal aspecto para tratarse de un hombre que estaba pasando un infierno. Dio una última calada al cigarrillo y lo aplastó en un cenicero de plástico negro que estaba prácticamente lleno de colillas.

=Mire -dijo-. Lamento todas esas cosas que le dije por teléfono. Algunas de ellas, en cualquier caso. No quiero que piense que me estoy volviendo paranoico. -Hizo una pausa y añadió-: Sólo porque todo el mundo esté contra mí. -Sonrió con tristeza.

– Por supuesto. Lo comprendo.

– Es sólo que, cuando supe que todos esos médicos se habían reunido para hablar de Tyler, para analizarlo… La filmación en directo… por el amor de Dios. Y él allí, yaciendo inmóvil en la cama, indefenso.

Se interrumpió, levantó el vaso y bebió un trago para ocultar su voz quebrada.

Kate se preguntó quién se lo había dicho; otro médico probablemente, o quizá una de las enfermeras, alguien que sintiera pena por él. No tenía sentido preguntárselo, eso haría que pareciera que ella estaba tratando de descubrir al chivato, como si realmente existiese una conspiración.

– A esa gente, Tyler no les preocupa en absoluto -continuó-. Especialmente a Saramaggio. Él sólo busca prestigio, fama, dinero. ¿Quién sabe? Son todos iguales. Para ellos éste es el premio gordo.

Hizo una nueva pausa, señaló hacia el televisor y encendió otro cigarrillo.

– Bases ocupadas. Dos eliminados, pierden por dos entradas. Mire al bateador; fíjese en la mandíbula. Vive para este momento. Todos los hacen. Es exactamente lo mismo: el momento de la verdad, el premio gordo.

»Al principio pensé: está bien, a la mierda con ellos. Puedo manejarlo. Puedo explotarlo. Esto es un matrimonio de conveniencia. Ellos quieren ser famosos; yo quiero que curen a mi hijo. Los motivos son irrelevantes. Lo que importa es el resultado final. Yo besaría al carnicero, al mismísimo demonio, si eso ayudara a Tyler.

Kate seguía impresionada por su tono neutro, desapasionado. Lo que fuese que se hubiera apoderado de él, esa tormenta emocional que lo había obligado a llamarla, ya había pasado.

– Pensé: a la mierda con todos ellos.

Advirtió que Scott decía «ellos», no «usted». Él pareció tener el mismo pensamiento.

– Excepto usted. Usted es diferente. Usted entendió la situación y se preocupó. Usted fue quien hizo que no me derrumbara, y se lo agradezco. Supongo que ésa es la razón por la que me enfadé cuando me enteré de que también había asistido a esa reunión. Pero sé que es absurdo. Es sólo que toda la situación, organizar una demostración, convertir a mi hijo en una suerte de espécimen… quiero decir, no me importa si piensan de ese modo, pero no deberían actuar así.

Ella sentía que debía decir algo. Pero ¿qué?

– Sé que es duro -dijo, consciente de la banalidad de sus palabras-. Quizá una parte de lo que ha dicho es cierto, acerca de los motivos y todo eso. Tal vez todo es cierto. Excepto una cosa. Todos ellos son médicos, y se preocupan.

– Lo tratan como si fuera un pedazo de carne. -Volvió a levantar el vaso y tembló ligeramente. Pasó de la ira a la ironía-: Un trozo de carne. Es asombroso cómo acuden los clichés en momentos así. Supongo que es porque, después de todo, tienen algo de cierto.

Kate sintió que debía defender su profesión.

– Ellos han sido entrenados. Aprendieron parte de esa dureza. Le sorprenderían algunas de las cosas que pasan en el quirófano, bromas, discusiones sobre golf, toda clase de cosas estúpidas, irrelevantes e insustanciales. Pero yo he visto a esos mismos cirujanos, los que actúan como si todo les importase un pimiento, los que parece que estén sentados a una mesa de póquer, los he visto, cuando pierden un paciente, hundirse en una depresión que usted no se imagina. Uno de ellos, un tipo de San Francisco, solía marcharse del hospital y la gente que llegaba decía que parecía que estuviera llorando. Y, a la mañana siguiente, regresaba al hospital como si nada hubiese pasado. Es una cuestión de hombría malentendida.

Scott permaneció en silencio durante un momento, asimilando lo que Kate acababa de decir.

– De acuerdo -dijo finalmente-. La creo. Tal vez sean humanos, después de todo. Pero eso no cambia mi decisión.

Kate sintió que se le formaba un nudo en el estómago.

– ¿Qué decisión?

– Quiero que le quiten el soporte vital a Tyler. Voy a acabar con todo este asunto. El jodido, pionero, puto asunto de las células madre y todo lo demás. Todo el experimento. Ya he llamado al director de ese grupo… ¿cuál es su nombre?

Ella supo al instante a qué se refería. La JRI, la junta de Revisión Institucional que se encargaba de aprobar las operaciones experimentales. Una vez que la JRI autorizaba el protocolo, como lo había hecho en el caso de Tyler, se le facilitaba al padre del paciente el número de teléfono del director. Precisamente por si se presentaba esa clase de situaciones.

– La JRI -dijo ella-. Se refiere a Kellman. ¿Y él qué le dijo?

– Tendrán una reunión. Mañana a las nueve. ¿Y adivina qué?

– ¿Qué?

– Quiero que usted me ayude.

En el otro extremo de la barra, los espectadores estallaron en vítores y aplausos. El bateador abandonó su base, arrastrando el bate por el polvo. Lo habían eliminado.

– Perdió su oportunidad -dijo Scott, mientras bebía el resto del whisky que le quedaba en el vaso y le daba otra profunda calada al cigarrillo.

Antes de sujetar con correas a Herbert Mann en el interior del ERT, Cleaver y Félix le administraron una dosis doble de Valium. Cleaver no quería hacerle eso a sus «sujetos»; era imposible llamarlos «pacientes» en las circunstancias actuales. Quería que conservaran claras las facultades mentales y temía que la medicación pudiese introducir una variable que contaminara el experimento. Pero el principio se disipó con rapidez una vez que llegaron al sótano.

Mann, de manera totalmente inesperada, se había rebelado ante la perspectiva de entrar en la habitación. Se había apoyado con ambos brazos contra la jamba de la puerta, negándose a dar un paso más, y se produjo un momento de embarazosa indecisión cuando intentaron doblarle los codos y obligarlo a entrar. Para tratarse de un hombre pequeño era muy fuerte y, en un momento dado, se aferró al quicio de la puerta con ambas manos como un marinero se aferra al mástil de la embarcación en medio de una furiosa tormenta. Su postura habría sido cómica si no hubiese sido tan jodidamente inconveniente. Era una manifestación extraña, considerando que parecía estar preparado, incluso ansioso, por probar la máquina. Cleaver recordó la noche en que Mann se había acostado en la camilla del ERT sin que nadie se lo dijera, sonriendo como un bebé. «Ése es el problema con los paranoicos -había pensado entonces-, nunca sabes en qué estado de ánimo los encontrarás.»

Cleaver volvió a llevarlo arriba, cogiéndolo por el codo, murmurándole dulces halagos al oído, y le preparó una taza de té, junto con dos tabletas de diez miligramos de Valium que había triturado apresuradamente en su despacho utilizando a modo de mortero una cuchara y un cazo. Esperó media hora, mientras observaba cómo los ojos de Mann se iban tornando vidriosos, y luego volvió a llevarlo al sótano, esta vez sin que opusiera ninguna resistencia. Aunque se encontraba completamente sedado por la medicación, el rostro de Mann se contrajo en una expresión de alarma cuando cruzaron el umbral. Félix tenía dispuesta una camisa de fuerza en un taburete, pero Mann se tranquilizó una vez dentro de la habitación y Cleaver supo que no la necesitarían.