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Fue una afirmación, no una pregunta, y el sacerdote se apresuró a responder, alzando la mano, manso como un cordero.

– Por supuesto, por supuesto. No era mi intención dar a entender que usted debería haberse reunido con el padre antes de ver al paciente. Simplemente le he formulado esa pregunta para averiguar más cosas acerca de los procedimientos.

– Bien, puesto que lo ha preguntado, el procedimiento, como usted lo llama, consiste en atender al paciente primero, hacer lo que es necesario que se haga y ponerlo fuera de peligro si es factible y tan rápido como sea posible. Si tiene alguna sugerencia que hacer respecto de cómo llevar las cosas en esta profesión, somos todo oídos.

El sacerdote se sonrojó intensamente y bajó la vista. -Naturalmente que no -dijo-. Nuestro propósito aquí no es tratar de juzgar su actuación, ni mucho menos. Pero no todos los presentes estamos familiarizados como usted con las prácticas habituales.

Saramaggio estaba indignado y se le notaba. «Como un gallo desplegando las plumas de la cola», pensó Scott. Tal vez el sacerdote no era tan malo, después de todo, pero le hubiera gustado más si hubiera mantenido su posición.

– Doctor Saramaggio -dijo Kellman, hablando con voz grave y sopesando cada palabra como si fuese un árbitro olímpico de la razón-, ¿podría decirnos, por favor, cuáles son las posibilidades, según su opinión, de que el paciente sobreviva a la operación?

Era evidente que Saramaggio había estado esperando esa pregunta, pero aguardó unos segundos antes de responder, como si reflexionara profundamente y estuviese buscando las palabras precisas que expresaran un delicado equilibrio de ambigüedad.

– Yo diría, teniendo en cuenta todas las circunstancias, que son buenas. Estamos navegando por aguas desconocidas en este caso, de modo que las predicciones están llenas de imponderables. Pero ¿el chico vivirá? ¿Sobrevivirá al propio procedimiento? Tengo pocas dudas acerca de ello.

– ¿Y qué puede decirnos de su existencia después de la operación?

– Eso es difícil de predecir. Todo lo que puedo hacer es suministrar un informe de progreso. Por el momento, las células madre se están reproduciendo con normalidad y rápidamente en buenas condiciones de laboratorio. Esas células pertenecen al paciente y demostrarán ser compatibles cuando le sean reimplantadas. Sus funciones son estables. En este momento, el ordenador está duplicando su actividad cerebral y está preparado para asistir en esa función si fuese necesario. En otras palabras, hasta ahora todo se desarrolla normalmente y no espero que la situación presente ningún cambio después de la operación, si bien, por supuesto, no podemos afirmar con absoluta seguridad lo que podría ocurrir.

– ¿Y su calidad de vida?

Era el sacerdote quien preguntaba; aparentemente había recuperado la compostura.

– En ese aspecto no podemos predecir nada con certeza. No veo ninguna razón por la que sus células madre no funcionen normalmente. De entre las conexiones nerviosas ya establecidas, sin embargo, más que aquellas que habían sido hechas, algunas tal vez no persistan en el estado postoperatorio. No podemos afirmar con un cien por cien de seguridad que el paciente conservará todas sus características preoperatorias.

– ¿Está diciendo que su personalidad puede ser diferente?

– ¿Su personalidad? Como hombres de ciencia no podemos hablar con fundamento de semejante abstracción. Tendrá que aprender muchas y nuevas tareas, algunas de las cuales pudo haber conocido y tenga que reaprender. Scott estaba muy erguido en su silla y con los ojos brillantes.

– ¿Podrá, por ejemplo, reconocer a su padre? Saramaggio dudó, miró a Scott y poco después desvió la mirada.

– Eso podría resultar problemático. Sin embargo, si no lo reconociera de inmediato, yo diría que será perfectamente capaz de aprender a conocerlo otra vez. – ¿Aprender a conocerlo? -ahora el sacerdote era casi truculento.

Saramaggio volvió a irritarse.

– Sí, tendrá que volver a aprender muchas cosas. Pero lo principal es que él estará cerca para que pueda conseguirlo. Estoy seguro de que, si su padre es como cualquier otro padre que ama a su hijo, no querrá que deje de existir simplemente porque el vínculo filial tenga que ser restablecido. -Volvió a mirar a Scott-. Puede preguntarle a él.

– Eso haremos -dijo el presidente Kellman-. Mientras tanto, le agradecemos su cooperación. ¿Hay algo más que quiera añadir?

Saramaggio hizo una pequeña pausa, luego añadió: -Me gustaría repetir lo que he dicho antes. Las aguas por las que navegamos son nuevas y carecemos de cartas de navegación. No se sabe adónde conducen. Nuestro joven paciente será el primero en cruzarlas, el primero en poner el pie en una nueva tierra. Cuando regrese, no podemos saber con seguridad cómo será él. Pero se habrá convertido en un pionero y las generaciones futuras conocerán su nombre y le estarán agradecidos.

– Scott no pudo seguir callado.

– Creo que su nombre le importa mucho más. El presidente se volvió hacia él.

– ¿Cómo ha dicho?

– Creo que aquí Cristóbal Colón está pensando en su propio nombre, no en el de mi hijo.

Toda la sala quedó sumida en un profundo silencio. -Y me siento agraviado, profundamente agraviado, por la insinuación de que mi única preocupación es que mi hijo no me reconozca cuando despierte, si se despierta. Me preocupa que yo no pueda reconocerlo a él. Me preocupa que tenga sólo medio cerebro o quede afectado de alguna manera horrible o esté tan dañado emocionalmente que toda su vida se convierta en una pesadilla.

O que jamás despierte, que continúe en coma. Quién puede saber lo que significa estar encerrado allí, quizá es una agonía terrible, el peor tormento imaginable. Tal vez se encuentre ya sumido en una pesadilla, implorando que lo liberen de ella. O, quizá, Tyler se despertará y será tan incapaz de valerse por sí mismo que, después de mi muerte, acabará ingresado en una institución donde nadie se preocupará por él, nadie lo cuidará…

Su voz se quebró.

El presidente de la junta carraspeó antes de hablar. -Sin embargo, usted dio su autorización para que esta operación se llevara a cabo. ¿Y ahora ha cambiado de opinión?

– Así es.

– ¿Puede decirnos por qué?

– Al principio tenía esperanzas. ¿Quién hubiese rechazado semejante oferta? «Podemos salvar la vida de su hijo, podemos reconstruirlo. Es difícil asegurarlo, es arriesgado, pero pensamos que podemos conseguirlo. Hoy en día podemos hacer cosas maravillosas, usted ni se lo imagina.» ¿Quién no hubiese dicho que sí? Aunque sea aferrarse a un clavo ardiendo, es mejor que la alternativa de dejar simplemente que se deslice hacia la nada. Cualquier cosa tiene que ser mejor que eso: un día está aquí, se marcha de fin de semana con un amigo y se despide con un abrazo y corre hacia la puerta y luego, súbitamente, desaparece. Cualquier cosa es mejor, incluso una interminable serie de operaciones donde es abierto, cortado y colocado en máquinas y respira a través de tubos; al menos eso me pareció en su momento.

»Pero ahora han pasado varias semanas y ya no tengo ninguna esperanza. Tyler sigue respirando a través de tubos y un ordenador se encarga de hacerlo por él. No creo que funcione. La enormidad de todo ello se ha hundido. He estado leyendo acerca de esta cuestión. La gente habla de muerte cerebral, pero no existe tal cosa. Esa pieza central, el sistema límbico, continúa funcionando mucho después de que el resto haya muerto. Y es probable que puedan conseguir que siga funcionando para siempre si se le administra la cantidad adecuada de oxígeno y glucosa o lo que sea. Pero allí no hay nadie, no hay ninguna persona dentro; ningún ser humano que pueda ser definido como tal con los términos habituales. Eso no es vida. Es una medusa chapoteando en un charco que ha dejado la marea al retirarse de la playa. Un trozo de carne conectado a una máquina.