Un día vi un documental en televisión, uno de esos programas divulgativos. Mostraba a una mujer cuya hija había sufrido un accidente y estaba en coma. Los médicos querían desconectarla de la máquina que la mantenía con vida, pero su madre no permitió que lo hicieran. Se llevó a su hija a casa y siguió insistiendo en que se pondría bien. La cámara la filmaba cuando le ponía a su hija un biquini y la hacía flotar en la piscina, manteniendo su cabeza fuera del agua. Y yo pensé: ¿quién puede hacerle eso a su propio hijo? ¿Quién puede estar tan loco? Y ahora lo entiendo. Soy yo. Eso es lo que le he estado haciendo a Tyler.
Miró directamente a Saramaggio.
– Usted no está salvando a Tyler. Tal vez piense que lo está haciendo, pero no es así. Lo está matando, poco a poco. Lo está sacrificando en pequeños trozos. Y cuándo haya acabado y ya no quede nada de él, acabará diseccionado lo que ya no está allí. Y escribiendo un libro sobre ello. Pionero… ¡y una mierda!
»De modo que sí, he cambiado de idea, pero no porque sea inestable. Es porque he abierto los ojos y ahora puedo ver que he sido engañado. Exijo que a mi hijo le sea retirada toda la asistencia artificial. Como su padre, lo exijo.
Cuando Scott terminó de hablar, los murmullos crecieron entre el público asistente. El presidente anunció un receso de quince minutos.
Scott se tranquilizó y se levantó para ir al lavabo. Una vez allí, abrió una ventana, se apoyó en la pared junto a ella y encendió un cigarrillo, aspirando profundamente el humo.
Un hombre entró en el lavabo, un indio o pakistaní, con el pelo negro azabache y un rostro agradable. Scott levantó el cigarrillo en un gesto de disculpa y dijo:
– Lo siento, pero necesitaba dar unas caladas.
– No hay ningún problema -dijo el hombre, tendiéndole la mano-. Me llamo Gully. He escuchado lo que ha dicho hace un momento en la sala. Ha estado muy… muy persuasivo.
Scott asintió levemente. Gully frunció el ceño, como decir algo más, luego habló:
– Me temo que este caso llegará hasta el final.
– ¿Qué quiere decir? -Preguntó Scott-. ¿A qué se refiere?
– ¿Ha visto a ese individuo que se encontraba en la parte de atrás? El que tomaba notas…
– No.
– Es abogado. Curtis y Reinfield. Es la firma que asesora al hospital en los casos que llegan a los tribunales. Ya están preparando el camino, ¿lo entiende?
Scott lo entendía.
Cuando se reanudó la sesión, el presidente invitó a que otros asistentes hicieran uso de la palabra. Varios médicos intervinieron para dar a conocer su opinión sobre el caso. Luego le tocó el turno a Brewster, una intervención plagada de lugares comunes. El hospital sólo quería hacer lo que era correcto. Estaba tratando de equilibrar las necesidades del paciente, tal como habían sido expresadas por el padre -con suma elocuencia, se permitía añadir-, con las de la investigación, porque el hospital era a la vez un lugar para la curación y un centro de aprendizaje, de modo que las futuras generaciones pudieran recoger los frutos del trabajo. A Scott el discurso de Brewster le sonó como si el administrador estuviese hablando ante un tribunal y advirtió, por primera vez, que había micrófonos direccionales grabando toda la sesión. Habían estado ahí desde el principio.
Le pidieron a Cleaver que explicara el funcionamiento del ordenador, pero se negó sacudiendo la cabeza de un lado a otro, casi con vehemencia, para sorpresa y desconcierto de Saramaggio. Scott, que no había reparado antes en la presencia del investigador, lo observó atentamente, estudiando sus torpes movimientos, sus ojos que exploraban la sala. Le preocupó que una persona así formara parte del equipo que se ocupaba de su hijo. Finalmente, el presidente miró a Kate.
– ¿Tiene usted algo que añadir? -preguntó amablemente.
Kate se quedó paralizada, con aspecto de estar inusualmente asustada. Luego se levantó y se sentó en el mismo asiento que Saramaggio había ocupado una hora antes.
– No pensaba hacerlo -comenzó a decir-. No he venido preparada para hablar, y dudo que pueda añadir mucho más a la naturaleza médica del testimonio.
– Por favor, por favor -la interrumpió el presidente-. Testimonio, no. Esto no es un tribunal. Espero no haber dado esa impresión.
Las mejillas de Kate se sonrojaron ligeramente.
– No, lo sé. Le pido disculpas. Lo que quería decir era simplemente que es muy poco lo que puedo añadir a lo que se ha dicho hasta este momento, al menos en lo referente a la operación. Para mí es algo nuevo, es nuevo para todos los que estamos en esta sala. De modo que, gran parte de lo que podamos decir en este sentido, virtualmente todo lo que digamos, no importa cuán profundas puedan ser las convicciones que lo sustenten, será una especulación, una conjetura. Nadie puede decir con certeza qué es lo que sucederá, porque ninguno de nosotros puede saberlo. Solamente podemos suponer cuál será el resultado de esta operación. No existen precedentes que puedan servirnos de guía, ningún dato estadístico, nada en la literatura médica. Como el doctor Saramaggio ha apuntado, estamos pisando terreno nuevo, desconocido.
Kate hizo una pausa, pensando, y cuando reanudó el discurso, habló con mayor seguridad.
– Como se trata de un terreno nuevo, los escasos instrumentos de que disponemos para guiarnos son principios abstractos. Ellos son nuestro mapa y nuestra brújula, las venerables tradiciones de nuestra profesión. Y, supongo que en esto todos estaremos de acuerdo, lo más importante es el juramento hipocrático que dice: «Nunca dañarás a un paciente».
»Hoy no podemos decir con absoluta seguridad si hemos observado este antiguo precepto o si lo hemos violado. Pero como el asunto era tan terrible y extremo, nos encontrábamos en una situación de fuerza mayor. ¿Provocamos más mal que bien? Debemos enfrentarnos a la posibilidad de que la respuesta a esa pregunta sea, en última instancia, imposible de conocer. Pero esa duda no significa que estuviésemos equivocados. Ante un paciente que se encontraba en una situación desesperada, al borde de la muerte, con un padre desesperado y la perspectiva de nuevos y terribles sufrimientos, ¿quién de los presentes no habría tomado la misma decisión? Especialmente si tenemos en cuenta que las herramientas para tratar al muchacho estaban disponibles, aun cuando no hubieran sido probadas con anterioridad. De modo que creo que todos podemos convenir en que la decisión inicial de proceder con la operación fue la correcta.
Scott miró a su alrededor. Saramaggio no cabía en sí de gozo y el rostro de Brewster reflejaba una inocultable satisfacción. Kate respiró profundamente antes de continuar.
– Pero ahora la situación ha cambiado -dijo-. Y ha cambiado porque el padre del paciente, quien está legalmente autorizado a tomar las decisiones que considere oportunas en nombre de su hijo, quiere que el procedimiento se interrumpa. ¿Cómo podemos ignorar sus deseos? ¿Cómo podemos afirmar que él no sabe lo que es mejor para su propio hijo?
La expresión en el rostro de Saramaggio era ahora sombría.
– Antes se ha dicho que él ha cambiado de idea. Yo no creo que realmente la haya cambiado. Cuando dio su consentimiento, y yo estaba presente en ese momento, creo que sus ideas no estaban totalmente claras. Buscaba en nosotros a alguien que le sirviera de guía y, como el resto de nosotros, siguió adelante esperando lo mejor, porque no había mucho más que hacer. Y uno siempre quiere hacer algo. Pero ahora, sin duda, ha tomado una decisión. Ha pensado, ha aprendido y nos ha observado, y ha llegado a una conclusión. Y él es el único que conoce al paciente, es quien lo ama, quien tendrá que cuidarlo si las cosas no salen bien. ¿De qué otra persona se puede decir con honestidad que sólo está pensando en el paciente? No en la ciencia médica, no en pacientes futuros, no en la investigación o en la reputación del hospital, sino solamente en el paciente y en nada más.