Kate pronunció las últimas palabras como una abogada defensora que pronuncia el alegato final.
– Para terminar, él ha hablado. Es la voz que todos deberíamos escuchar, por encima de todas las demás. Creo que seríamos inmorales y algún día deberíamos enfrentarnos a un juicio si no lo hiciéramos.
Acabó su intervención y oyó el eco de sus propias palabras. La sala estaba en absoluto silencio. Se levantó y regresó a su asiento, esta vez con una timidez que no podía disimular.
Saramaggio y Brewster se miraron, luego Brewster y Kellman hicieron lo mismo. El presidente esperó casi un minuto y, en el silencio, creció una atmósfera de drama. Luego se aclaró la garganta como si estuviese a punto de hacer una declaración importante. No obstante, miró duramente a Kate y formuló una pregunta:
– Doctora Willet, ¿puede decirnos, por favor, y le aconsejo que lo piense detenidamente antes de responder, si ha establecido una estrecha relación personal con el padre del paciente?
Cleaver envió a Félix con una camilla a la habitación 35 para que recogiera al paciente que sufría la enfermedad de Cotard y esperó ansiosamente en el sótano junto al ERT. A decir verdad, estaba empezando a asustarse con esa extraña afección que convertía al paciente en un muerto viviente. Benchloss. Sólo tenía veinte años y, sin embargo, su pelo era completamente blanco. Incluso su pasado era escaso; su archivo era el más corto de todos. Un joven de Detroit. Tenía un primo que trabajaba en la cadena de montaje de una fábrica de automóviles que lo cuidó hasta que se cansó cuando él comenzó a deslizarse hacia el infierno de la psicosis. ¿Qué pudo haberle ocurrido, se preguntaba Cleaver, para que sufriese esa metamorfosis que lo había convertido en un monstruo? ¿Qué profunda zona de su cerebro había sufrido un cortocircuito? ¿Había sucedido por sí solo, alguna clase de gen monstruoso que había estallado como una bomba de acción retardada? ¿O intervino un agente externo, algún hecho tan aterrador que se llevó su lengua, su vista y su tacto? Pero eso no importaba ahora. Estaba listo para el experimento, y si estaba muerto, seguramente no se quejaría.
Durante dos noches, desde el momento en que había metido a Mann en la máquina y había descubierto que, de alguna manera su cerebro se había conectado con el ordenador, entrando en la memoria de ese jodido chisme y despojándolo de algunos fragmentos de polaco, Cleaver no había podido conciliar el sueño. Había trabajado febrilmente, volcando un sujeto enfermo tras otro en el ERT, colocando todos los interruptores en posición de «Abierto», y esperando ansiosamente que transcurriesen los cinco minutos. Después retiraba expectante la camilla -la imagen de un chef abriendo la tapa del horno para examinar la consistencia de un soufflé pasó fugazmente por su cabeza- y sentaba a los sujetos para buscar señales que revelaran que habían sido transformados por su misterioso viaje al interior del tubo metálico.
No siempre se sentía decepcionado. Algunos de los sujetos mostraron ciertos progresos, junto con una nueva clase de rareza. Realmente parecían poseer información nueva, datos de los que antes no disponían. Pero la información no estaba totalmente integrada, se manifestaba de forma intermitente y no parecía hacerles demasiado bien. La transmisión de un cuerpo de conocimiento completo y coherente parecía imposible de conseguir.
Pero, por supuesto, eso era algo que resultaba difícil de asegurar; después de todo, todos ellos estaban chiflados. Bruce, el joven que pensaba que sus padres eran «impostores», había sido una terrible decepción. Cleaver esperó con ansiedad a que llegase su turno en la máquina; era un individuo inteligente, bien educado y que se expresaba con claridad; uno podía mantener con él una conversación normal siempre que evitara el tema de las relaciones familiares. Seguramente sería capaz de demostrar los efectos de una experiencia psicotelegráfica. Pero las cosas no salieron como Cleaver esperaba. Para empezar, Bruce se negó a ir al ERT; temía especialmente por sus ojos y se resistió a que le encajaran las huederas debajo de los párpados. Cuando, por fin, consiguieron culminar esta fase del procedimiento, Bruce se aferró con fuerza a ambos lados de la camilla rodante cuando era introducida en el tubo metálico, de modo que sus meñiques quedaron totalmente magullados. Lo sacaron y le curaron las heridas. Luego utilizaron las correas, lo que lo alteró aún más, de modo que comenzó a gritar una vez que estuvo dentro del tubo, el sonido extrañamente amortiguado como si procediera del interior de los pliegues de un capullo gigante. Cleaver esperó dos minutos completos a que se calmara un poco y ese tiempo precioso desbarató todos los cálculos previos. La máquina había sido puesta parcialmente en funcionamiento, por lo que Cleaver no estaba seguro de si debía restar o no esos dos minutos del tiempo asignado; luego decidió que era más seguro si lo hacía. Teniendo en cuenta el margen de seguridad de la máquina, Bruce sólo disponía de unos tres minutos, más o menos, con la válvula completamente abierta. No obstante, el muchacho salió atontado.
Cleaver lo condujo a la antigua galería de fumadores e hizo que Felicity le llevara la obligatoria taza de té. Bruce la rechazó, diciendo que siempre había odiado el té, lo cual resultó realmente extraño, considerando que todas las mañanas acostumbraba a beber tres tazas. Cleaver preparó un tablero de ajedrez, cargando previamente el ordenador con un nivel avanzado en el juego y consciente de que Bruce jamás había jugado antes. El primer movimiento del joven fue el de alguien instruido en el juego: avanzó dos casillas su peón de reina. El corazón de Cleaver dio un vuelco y se inclinó sobre el tablero con auténtica ansiedad; su joven adversario había aprendido las reglas. Pero después de cuatro o cinco movimientos nominalmente correctos, el juego de Bruce desapareció. Parecía incapaz de organizar ninguna clase de estrategia o incluso de relacionar las piezas entre sí. Y, lo más preocupante de todo, desarrolló de pronto un extraño tic, un estiramiento de la comisura izquierda de la boca que le dibujaba una mueca que, bajo una luz tenue, hacía que pareciera siniestro. Muy pronto, sus ojos comenzaron a moverse de un lado a otro. Cleaver sabía dónde había visto eso antes: era el signo revelador de la paranoia de Mann.
– ¿Para qué es esto? -preguntó Bruce súbitamente, mirando el tablero. Luego comenzó a gritar-: ¡Cucarachas, cucarachas por todas partes! -Golpeó el borde del tablero con tanta fuerza que las piezas salieron volando por los aires. Cleaver recibió en la coronilla el impacto de uno de los caballos voladores y sintió un dolor punzante. Miró a Bruce, quien parecía estar al borde de un brote sicótico-. ¡Fuera de aquí! ¡Dejadme en paz! -gritó, golpeándose los antebrazos y cayendo al suelo presa de convulsiones.
Félix acudió de inmediato y le sujetó los brazos contra el suelo. Bruce se fue tranquilizando lentamente. De hecho, se calmó demasiado; se quedó mudo de golpe y entró en un éxtasis psicótico que, a primera vista, parecía catatonia.
Cleaver, que había presenciado toda la escena con distanciamiento clínico, estaba profundamente perturbado. El muchacho parecía haberse vuelto literalmente loco. No obstante, muchas de sus nuevas manifestaciones físicas le resultaban familiares: eran las peculiaridades y los mecanismos de defensa mostrados por otros pacientes que lo habían precedido en el ERT. ¿Era eso posible? ¿Acaso los pacientes o, mejor dicho, los sujetos, dejaban algo atrás en el ordenador, una huella, pequeños trozos de sí mismos, su ánima? ¿Y era posible acaso que otros recogieran, de alguna manera, esos vestigios mientras realizaban sus viajes solitarios hacia lo desconocido? Tendría que estudiar la cuestión, tomar notas detalladas, quizá recopilar cintas de vídeo.