Выбрать главу

Había regresado a casa, revelado veinte carretes y luego había llevado las copias a la revista. Todo el día, hasta bien entrada la tarde, los editores estuvieron dudando hasta tomar una decisión. Scott descubrió que le importaba un pimiento.

Pensaba todo el tiempo en Tyler y se preguntaba si llegaría un día en que dejaría de hacerlo. Ya habían pasado cuatro días desde la audiencia y aún no habían tomado una decisión. ¿Por qué tardaban tanto? No se trataba de que la junta necesitara más información. Tal vez ya habían llegado a una resolución; tal vez estaban esperando a que pasara un tiempo razonable para dar la impresión de que había sido una deliberación ardua, como un jurado que llega a su veredicto al cabo de una hora y luego mata el tiempo jugando a las cartas.

Había estado molestando a Kate con llamadas a todas horas. ¿Ella no sabía nada? Kate trataba de mostrarse animada, pero él se daba cuenta de que dudaba de que la decisión le favoreciera. Trataba de administrarle la realidad en pequeñas dosis.

Estaba preocupado por ella. Kate había demostrado un gran valor al hablar en su nombre; había visto la mirada de Saramaggio cuando todos abandonaban la sala. Sabía que algún día le harían pagar de alguna manera que hubiese sido su principal valedora. Otra cosa que le debía. Pero todo eso, todo lo que Kate había hecho por él, incluso el pensamiento fugaz de que se preocupaba por él, más allá de la obvia compasión, quedaba relegado a la periferia de su conciencia. Deseaba que fuese de otra forma. Deseaba, como le había dicho hacía varias semanas, que pudiera ser menos introvertido. Pero no podía evitarlo, no por el momento. Después de lo que le había sucedido a Tyler, no quedaba demasiado espacio para nada más.

Llevó a Cometa a dar un paseo y fueron hasta el río. Le quitó la correa y dejó que correteara por el parque, comprobando que el animal se volvía de vez cuando para ver si él seguía allí. Un juego tan simple. Le sentó bien observar a Cometa durante algunos minutos. Se hizo de noche rápidamente.

Cuando regresó al loft, oyó que sonaba el teléfono, pero quienquiera que estuviese llamando colgó cuando él abría la puerta del apartamento. Luego volvió a sonar; no era una buena señal, eso podía significar que era una llamada importante. Sintió que el corazón se le subía a la garganta y le golpeaba las costillas. Una premonición de malas noticias.

Levantó el auricular pero no dijo nada. Oyó la voz de ella.

– Hola… hola…

– Estoy aquí -fue todo lo que dijo. -Scott, me alegro de encontrarlo en casa.

Hubo una pausa, que su corazón prolongó aún más. -No sé qué decir. He oído, extraoficialmente, que la junta ha tomado una decisión. -Otra pausa, que le confirmó la respuesta-. No… No es la que esperaba. -Luego Kate habló más deprisa, reuniendo valor-. Han decidido seguir adelante con ello. Dicen que Tyler tiene una posibilidad razonable de sobrevivir y por eso quieren hacerlo, no porque se trate de alguna clase de experimento que desean ver cómo acaba. Sé que no es lo que usted quería o lo que yo quería, pero quizá no sea tan malo, al menos si ellos ven alguna esperanza. ¿Lo entiende? Y si aún está en desacuerdo con esta opinión, siempre existe la posibilidad de apelar ante los tribunales. Dé modo que, de hecho, la cuestión aún no ha terminado. ¿Lo entiende?

Pero Scott ya no la escuchaba. Musitó «gracias» y colgó el auricular lentamente, acariciando con la otra mano la cabeza de Cometa.

«Los muy cabrones -pensó-. Esos cabrones insensibles.»

Kate, empapada por la lluvia que caía sobre la ciudad, entró en el montacargas y pulsó el botón del cuarto piso sin dudarlo. Echó un vistazo a la tarjeta que llevaba en la mano. La dirección de Scott estaba impresa en letras mayúsculas, con el diminuto icono de un antiguo visor Brownie en la esquina inferior izquierda. No sabía qué le diría o qué haría una vez que estuviese allí.

Llamó suavemente a la puerta. Nadie respondió. Cogió el pomo y comprobó que giraba sin resistencia; no se sorprendió, estaba comenzando a tener la extraña sensación de que la guiaban unas fuerzas inexorables, innombrables. Simplemente tenía que entregarse a ellas, y eso, se había dado cuenta, hacía que todo fuese menos complicado. No tenía que pensar tanto.

La puerta se abrió de par en par. Un perro grande la recibió alegremente, golpeando la cola contra el suelo de madera. No había nadie en casa. Le dio unas palmadas al perro, dejó la gabardina sobre el respaldo de una silla y echó un vistazo al enorme loft. Estanterías altas, llenas de libros y objetos, dos bicicletas, bellas pinturas abstractas en las paredes de ladrillo, un montón de fotografías enmarcadas. Se tomó unos minutos para reflexionar: de alguna forma, había adivinado que ese lugar sería así; se sentía bien por haber acertado.

Sobre una mesa baja había un montón de fotografías en blanco y negro. Sintió una punzada en el pecho: todas eran de Tyler. En ese momento se dio cuenta de que nunca lo había visto sin la herida; era un chico muy guapo. Los ojos, los pómulos, la forma de la barbilla eran como los de su padre.

Atravesó el salón y entró en una habitación más pequeña. Apenas tardó unas décimas de segundo en adaptarse a la oscuridad. Se sobresaltó.

¡Scott estaba allí!

Acostado en la cama, junto a un pequeño objeto apoyado en la almohada, un muñeco de peluche. Un koala. Tenía un aspecto horrible.

Scott no se movió, pero sus ojos se desviaron hacia ella. No se sorprendió al verla; apenas parecía registrar su presencia en la habitación. Ella trató de pensar en algo que decir.

– Pensé… pensé que debía venir aquí. No hubo respuesta.

Vio que en el suelo había una botella de whisky medio vacía. Se acercó y se sentó a los pies de la cama. Podía oler el alcohol en su aliento. Pero no parecía estar borracho. Scott se sentó.

– Gracias -dijo en un tono distante-. Me alegro de que haya venido.

Hizo girar las piernas para sentarse en el borde de la cama. Sus muslos casi se rozaban. Él se inclinó, apoyó los codos sobre las rodillas y ocultó la cabeza entre las manos. Cuando habló, su voz había cambiado, era más emotiva.

– No lo esperaba -dijo-. Aunque ahora, volviendo la villa atrás, veo cuán engañado estaba. No había ninguna posibilidad. Nunca hubo ninguna posibilidad. Ellos querían seguir adelante y nada les haría cambiar de opinión. Ella apoyó una mano en su espalda.

– Tal vez tenga razón. Pero no ha terminado. Hay cosas que todavía podemos hacer.

– Los tribunales. ¿Y cuánto tiempo llevará eso? Mientras tanto, Tyler sigue allí, en una cama, más muerto que vivo. -Scott se irguió-. No lo entiendo. ¿Quiénes son ellos para tomar esa decisión? Yo soy su padre, por el amor de Dios.

Comenzó a pasearse por la habitación.

En ese momento, Kate se dio cuenta de que estaban en la habitación de Tyler. ¿Cómo podía haberlo pasado por alto? Los pósters de películas, los patines, un montón de camisetas, el desorden adolescente. Supuso que todo estaría tal como Tyler lo había dejado. Así era siempre en las novelas, y ahora, allí estaban, en la vida real. En la cama, el koala estaba caído de lado, el hombro de piel gastado y con parches, debido a los abrazos de Tyler, imaginó. El chico se volvía cada vez más real.

Scott se estaba alterando.

– ¿Quiere saber qué es lo que más me enfurece? No le expliqué esto en su momento. Lo que realmente me irritó fue cuando ese individuo, el administrador del hospital… ¿cómo se llama?