– No lo sé. La dejé en mi despacho. Dudo… no creo que aún esté allí.
– Estoy seguro de que no está en su despacho. No me sorprendería nada que hubiese ido en busca del padre del muchacho. ¿Dice que a él se lo llevó la policía?
– Sí.
– Entonces probablemente esté en la comisaría. Tal vez podamos usar eso.
– ¿A qué se refiere?
– No importa. Yo me encargaré de todo. Incluso podría pensar en un plan que lo saque de este aprieto. – ¿Un plan?
– Sí, pero usted tiene que hacer exactamente lo que yo le diga. Y no quiero que me haga un montón de preguntas. Estoy cansado de sus preguntas.,
– Bueno, no quiero hacer nada que sea ilegal. No estará pensando en eso, ¿verdad?
– Saramaggio… – ¿Sí?
– Eso es una pregunta.
Cleaver se levantó, se acercó a la puerta y encendió las luces. Una brillante claridad, que hizo que Saramaggio pareciera aún más vulnerable, inundó la habitación. Y Cleaver había vuelto a quedarse callado, algo que lo desconcertaba aún más.
– Nunca pensé que esto pudiera pasar -dijo-. No lo entiendo.
Cleaver lo ignoró. Estaba paseándose por la habitación, luego se detuvo, miró a Saramaggio y dijo:
– Para empezar, hay que encargarse de esa enfermera. Necesito que se ausente de esta planta durante dos horas. – ¿Dos horas? ¿Qué piensa hacer?
Cleaver lo miró.
– Saramaggio, le dije que ya era suficiente. – ¿Cómo?
– Otra pregunta. De hecho, dos preguntas. Me da la impresión de que no sigue muy bien las instrucciones. Espero que sea capaz de estar a la altura de las circunstancias.
Saramaggio decidió morderse la lengua. Ya había llegado hasta ese punto; vería qué tipo de plan se le había ocurrido a Cleaver. Aquel hombre era inteligente, tal vez tuviese realmente un as escondido en la manga. En última instancia, siempre podía ir a hablar con la junta y reconocer que el procedimiento experimental había fracasado. Cómo detestaba esa palabra: fracaso. La junta insistiría entonces en que acabaran el experimento de inmediato. Quizá pudieran hacerlo ellos solos, y eso era probablemente lo que Cleaver tenía en mente. De ese modo no habría necesidad de dar explicaciones complicadas, ninguna retractación, ninguna disculpa.
Suspiró.
Miró el río a través de la ventana, una cinta oscura que se abría paso sinuosamente a lo largo de los bancos de hormigón de la isla de Manhattan, y sintió que su corazón se hundía en la desesperación.
¿Cómo habían llegado a esa situación?
La enfermera Beadham no estaba de buen humor ni mucho menos. En primer lugar, había sido una noche difícil, con ese hombre llegando al hospital y provocando semejante escándalo -se había dado cuenta de que había algo sospechoso en la forma en que la doctora Willet había tratado de entrar sin registrarse-, y luego la llamada al guardia de seguridad y la llegada de la policía y todo lo demás. Muy molesto. Y después el doctor Saramaggio, apareciendo a esas horas de la noche, y paseándose nerviosamente por el corredor hasta la llegada de ese tal doctor Cleaver. Ese hombre le daba miedo; nunca te miraba a los ojos. Parecía que siempre estaba maquinando algo.
Miró el reloj. Aún faltaban dos horas para que acabase su turno. Deseó que ya fuese la hora de marcharse. En ese preciso momento se abrieron las puertas del ascensor y ¿quién salió al corredor?: Cleaver. Tuvo un sobresalto y casi sintió como si lo hubiese evocado de algún lugar oscuro e infernal.
Él se acercó y ella vio que miraba la placa con el nombre que llevaba prendida en el bolsillo superior del uniforme, un rectángulo blanco con letras grabadas en azul.
– Ah, enfermera Beadham -dijo hipócritamente-. ¿Le ha informado alguien acerca de la trágica situación que se ha producido aquí esta noche?
Ella negó con la cabeza.
– Nuestro joven paciente, lamento decirlo, ha empeorado y ahora se encuentra más allá de nuestras posibilidades de ayudarlo. No tiene ninguna esperanza de recuperarse. El doctor Saramaggio me ha dicho que eso sucedió mientras el padre del muchacho y la doctora Willet estaban en el hospital. Aparentemente, ellos provocaron alguna especie de altercado, que desencadenó un ataque y precipitó el súbito colapso del chico. ¿Fue usted testigo de ello?
Cleaver miró la hoja de registro mientras ella asentía. -Bien. Necesitaré una declaración completa. Puede ir al despacho del doctor Saramaggio a redactarla. Él la está esperando allí. Pero antes necesito que vaya al pabellón de aislamiento del chico y tome nota de todos los indicadores. Es muy importante. Quiero que se tome su tiempo, anote todos los números y firme la hoja. Luego suba al despacho del doctor Saramaggio.
Ella dudó un instante.
– Pero ¿quién se hará cargo de la planta? No puedo dejar mi puesto hasta las dos de la madrugada.
– No sea ridícula -replicó él-. Yo estoy aquí. Si alguno de los pacientes tuviese problemas, sé dónde localizarla. – ¿Y qué es lo que hará usted?
– Estaré retirando la asistencia mecánica. Todo es legal. En este momento, el doctor Saramaggio está llamando al doctor Brewster y a otros miembros de la junta.
Ella se demoró, sin saber muy bien lo que debía hacer.
– Venga, en marcha -dijo Cleaver, como si estuviese hablando con un niño.
Y la enfermera hizo lo que le ordenaban.
Cleaver no podía creer en su suerte. Al fin solo, hizo las llamadas necesarias con su teléfono móvil; no quería que quedasen registradas en el hospital. Luego recorrió la planta asegurándose de que todo estaba tranquilo, caminando por el corredor hacia el ala sur para luego regresar y acabar el recorrido en el pabellón de aislamiento. Utilizó su tarjeta para entrar y le pareció que el chasquido de la puerta sonaba excesivamente fuerte.
Estaba tranquilo. Sabía lo que estaba haciendo. Si sólo pudiese contar con Félix en ese momento. Le hubiese gustado tener más confianza en ese joven.
Se inclinó hacia el cristal y descubrió una muesca a la altura del hombro. Probablemente era el lugar donde Jessup había estrellado la silla. Cleaver se permitió un momento de compasión por él; pobre hombre, realmente debía de estar hecho polvo. Bien, muy pronto todo habría acabado.
Miró al chico a través del cristal. Incluso con el vendaje que le cubría la cabeza parecía guapo. Y en paz. Eso era importante, que estuviese en paz, el caparazón exterior del que la vida había sido extraída, el recipiente vacío aún de pie.
Era un momento histórico. Casi deseó que hubiese alguien más para ser testigo de ello y dejarlo registrado, un Boswell para su Johnson. El consumado hombre de ciencia, el innovador a punto de dar el gran salto hacia el mundo desconocido, de «cambiar el paradigma» de la sabiduría humana recibida, como diría ese filósofo, Thomas S. Kuhn.
¿Qué diría Cybedon si estuviese aquí? Pero venga, se estaba retrasando.
Cleaver entró en la habitación del ordenador utilizando su tarjeta. Abrió un cajón que había debajo del aparato y encontró lo que necesitaba, nada importante realmente, un simple cable de conexión. Buscó una toma de teléfono a lo largo del zócalo pero no encontró ninguna.
Santo Dios, ¿no sería perfecto? La batalla se perdió por el canto de una uña.
Apartó una máquina de la pared unos cuantos centímetros y miró detrás. ¡Ajá!, ¡allí estaba! Movió la máquina de un lado a otro hasta separarla medio metro de la pared. Se agachó y conectó el cable a la toma del teléfono. Luego conectó el otro extremo del cable al ordenador y se sentó en un sillón a reflexionar.
Era difícil decir lo que podía suceder. Pero sabía que había llegado el momento de dar el gran paso, que el mundo necesitaba un ánima, la quintaesencia de la inteligencia humana, que entrase en ese éter y se deslizase a través de todos esos miles de millones de bites, les diese un sentido y volviese a conectarse. Humanos y máquinas, unidos al fin.