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Volvió la mirada nuevamente hacia el chico. Parecía incluso más guapo bajo el brillo de la luz del hospital. Tal vez lo estaba mirando y. lo sabía, la certeza de que él iba a ser el primero…

Cleaver se levantó y se dirigió al ordenador. Pulsó rápidamente el teclado e introdujo todos los códigos correctos sin dudarlo un instante. Luego retrocedió unos pasos. La máquina estaba esperando, parpadeando con obediencia. ¿Era una locura pensar que la máquina sabía lo que estaba a punto de suceder, que ella también quería desesperadamente que sucediera?

«Tal vez algún día podamos preguntárselo -pensó-; tal vez algún día conozcamos sus sentimientos.»

Y ése fue el pensamiento foral que tuvo Cleaver antes de realizar su movimiento culminante, antes de inclinarse hacia delante y pulsar el botón de «Enviar» y mandar el ánima de Tyler, su mente, si se prefiere, a través de los cables y hacia el infinito del ciberespacio.

Scott estuvo recorriendo su celda arriba y abajo durante cinco horas, siguiendo un trayecto que repetía una y otra vez, como lo haría cualquier animal enjaulado. Su círculo lo llevaba hasta los barrotes, luego pasaba junto a una litera y a los barrotes de nuevo. La rutina de ese recorrido le permitía pensar, aunque sus pensamientos eran tan repetitivos como los movimientos. Su paseo acabó por poner nerviosos a sus dos compañeros de celda: un dominicano negro con el pelo rizado que se había metido en una pelea en un bar y se había llevado la peor parte, y un muchacho blanco muy delgado cuya mirada vidriosa revelaba un historial de heroína y que ahora dormía acostado en el suelo.

– Eh, tío, tómate un respiro -le gritó el dominicano en un momento dado.

Scott lo miró sin decirle nada y luego se sentó en el suelo y apoyó la espalda en los barrotes. Pero, unos minutos más tarde, estaba nuevamente de pie y recorriendo la celda. No podía evitarlo. El dominicano dejó de protestar y pronto se instaló en un catre de acero que colgaba de la pared y apoyó la cabeza en un brazo como un niño inocente.

– Tío, estás jodido -dijo, poco antes de quedarse dormido. Comenzó a roncar, pero Scott casi no lo oía. Jodido. Eso lo resumía todo.

Scott revivió la noche en su mente. Cuando llegó a la sala de observación del hospital y vio a Tyler suspendido en el aire, unido a las máquinas pero sin vida, su pecho moviéndose como un fuelle, su corazón latiendo como un metrónomo, sin que nada sucediera porque su voluntad lo decidía, cerró los ojos y trató de deshacerse de las imágenes. Pero regresaban una y otra vez, y la única forma de apartarlas de su mente era obligarse a considerar lo que podría suceder después. Ahora, seguramente, si les quedaba un gramo de decencia, desconectarían a Tyler de todas esas máquinas y dejarían que muriese en paz. Si no era así, los demandaría y los obligaría a que lo hicieran. Conseguiría al mejor abogado de la ciudad, un abogado con instinto asesino, no importaba lo que pudiera costarle. Ya era demasiado tarde para cualquier clase de muerte con dignidad, pero Scott había renunciado a eso hacía mucho tiempo. Ahora, lo único que quería era que Tyler descansara en paz, de una vez y para siempre. Eso era todo. No importaba nada más.

El alcohol había abandonado su cuerpo, empujado por la adrenalina y la ira. La boca le sabía a bilis y le ardía la garganta, y tenía magulladas las muñecas donde le habían colocado las esposas, pero podía pensar con claridad. Se sentía extrañamente tranquilo. Esperaba poder enfrentarse a todos ellos: Saramaggio, Brewster, la junta de revisión, todo el lote. Estaba ansioso por comenzar la batalla y, cuanto antes, mejor. Pero primero tenía que salir de ese lugar, y haría todo lo que fuese necesario para conseguirlo, aunque ello significara tener que tragarse la furia y agachar la cabeza ante un juez. Pronto tendría su venganza.

Comenzó a pasear más lentamente, pensando. Debería conservar toda su fuerza. Miró a su alrededor. La celda apestaba. Se preguntó si el heroinómano se habría cagado en los pantalones. En un rincón había un váter sin asiento. La celda tenía rejas en tres de sus lados y una pared de ladrillos con pintura blanca descascarillada. La luz procedía de dos bombillas desnudas situadas detrás de una rejilla metálica.

Debería descansar. Se acercó al catre de acero vacío y se sentó, dejando que las piernas colgaran sobre el borde. Las sentía acalambradas, tensas.

La única vez que había estado entre rejas había sido durante un viaje de una semana a Somalia, cuando fotografió a una anciana en un mercado y casi provocó un tumulto. Ésa había sido una de las pocas veces que había viajado fuera del país sin Tyler, al que había dejado en casa de su suegra, y había estado preocupado todo el tiempo ante la posibilidad de que su encarcelamiento retrasara su regreso. Afortunadamente, salió a las pocas horas, hizo el trabajo en dos días y regresó según lo previsto.

Su suegra. Había pasado casi un año desde la última vez que la habían visto. Scott y ella nunca se habían llevado bien y, extrañamente, después de la muerte de Lydia, ella pareció perder todo interés por su nieto. Se mudó a una zona residencial en Florida, enviaba cheques decorados con peces vela para el cumpleaños de Tyler, los visitaba durante sus pocos frecuentes viajes a Nueva York para ver alguna obra de teatro, y eso era todo. Cuando Scott la llamó para contarle que Tyler había sufrido un accidente, ella se sintió horrorizada pero no viajó hasta allí.

– Eh, tú. Es tu día de suerte.

Era un policía, que se acercaba por el corredor y se detenía luego delante de su celda. Llevaba un vaso de plástico con café en una mano y se lo llevó a los labios, soplando y haciendo ruido al beber. Miró a Scott.

– Arriba. Ven a recoger tus cosas. Puedes irte ya. Apoyó el vaso con café en uno de los barrotes horizontales y abrió la puerta de la celda. Scott se levantó de un salto y salió rápidamente. El dominicano protestó: – ¡Eh! ¿Qué es esto? ¿Qué está pasando aquí? ¿Por qué sale ese tío? ¿Tiene privilegios o algo por el estilo? ¿Tiene enchufe?

El policía lo miró.

– Así es. Él lo tiene y tú no, lo que significa que cogerás el próximo autobús a Rikers.

– Ah, tío. Los polis blancos siempre cuidan de los suyos. Todo el sistema está podrido.

– Tal vez, pero todavía puede coger a basura como tú. -Tío… -El dominicano volvió a acostarse en el catre y cerró los ojos-. Al menos déjame dormir, joder.

– Que duermas bien.

El policía hizo que sus palabras sonaran como una amenaza.

Scott lo siguió. El trasero del policía y su cinturón con su equipo, esposas, linterna; radio y libreta de multas, se balanceaban lentamente de un lado a otro. Sólo faltaba el arma en su funda.

En el escritorio de la entrada había otro policía con un vientre prominente que le alcanzó a Scott un sobre de papel manila con su nombre escrito en él. En su interior estaban su cinturón, la billetera y las llaves. A través de una ventana vio que estaba amaneciendo.

– ¿Quedo en libertad bajo mi propia responsabilidad? ¿Debo pagar una fianza?

– No, nada de eso. Puede marcharse. No hay cargos. Sólo necesitaba una noche para tranquilizarse. Pero le aconsejo que no cause más problemas.

Scott sacudió la cabeza. Habría dicho cualquier cosa para salir de allí y regresar al hospital.

– Y tal vez quiera agradecérselo a ella.

En ese momento, Scott sintió una mano en el brazo derecho y se volvió para encontrar a Kate.

– Nos lo ha explicado todo -dijo el policía-. Suena muy duro.

El policía apartó la mirada, como si Scott tuviese alguna enfermedad.

Kate le sonrió y con la mano lo instó a darse la vuelta y caminar hacia la puerta. Estaba despeinada y tenía la blusa de seda blanca completamente arrugada.