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– ¿Ha estado aquí toda la noche? -preguntó él.

– No, he estado entrando y saliendo. Me decían una y otra vez que no podían tomar una decisión hasta que no llegase el sargento. Había problemas en East Harlem, de modo que estuvo fuera hasta hace unos minutos. Un hombre agradable llamado Paganelli. Fue él quien dijo que podían dejarlo en libertad.

– Gracias a usted.

– Cuando escucharon la historia se mostraron muy compasivos. Sólo necesitaban un pretexto, un médico que les dijese que todo estaba bien, que usted no estaba loco ni nada parecido.

– No estoy tan seguro de eso.

Fuera el sol brillaba con fuerza y Scott cerró los ojos ante el resplandor.

– Vamos al hospital -dijo.

– Creo que primero debería ir a su casa, cambiarse de ropa, afeitarse y tomar una taza de café.

Le hizo una seña con la mano y él se miró. Tenía la camisa desgarrada y en el pecho había una mancha de sangre seca que se había vuelto marrón.

– Tenemos un largo día por delante, muchas reuniones, demandas, peleas, quién sabe cuántas cosas más. Y, sinceramente, podrá defender mejor su caso si su aspecto es un poco más presentable.

– Parece más un abogado que un médico.

Kate sonrió y sintió deseos de decir algo alentador. -En este momento no soy ninguna de las dos cosas. Sólo soy una amiga.

Llegaron a la esquina de Lexington. Scott levantó una mano para llamar a un taxi y, cuando el coche frenó y él abrió la puerta, se sorprendió al ver que Kate también subía.

Una hora más tarde llegaban a la puerta del hospital. Tan pronto como entraron en el vestíbulo y vieron la expresión en el rostro de la recepcionista, supieron que había ocurrido algo. La mujer parecía nerviosa y levantó el auricular del teléfono.

– Doctora Willet. Por favor, espere un momento. El doctor Saramaggio ha dado instrucciones de que aguarde aquí. Lo avisaré.

Scott ya se dirigía hacia los ascensores.

– Llámelo -dijo Kate por encima del hombro-. Dígale que estaré en la tercera planta.

Se apresuró para alcanzar a Scott y consiguió entrar en el ascensor justo cuando se cerraban las puertas. Dentro había otras tres personas, que miraban fijamente al frente. Kate observó a Scott; no resultaba difícil ver que estaba sobreexcitado. Miraba hacia delante, tenía los ojos entrecerrados y los hombros levantados, y apretaba los puños.

El ascensor se detuvo en la segunda planta, las puertas se abrieron con exasperante lentitud y entró un médico con una chaquetilla blanca; pulsó un botón y las puertas volvieron a cerrarse con la misma lentitud. Scott pulsó tres veces el botón de la tercera planta casi con violencia. Nadie habló.

En la tercera planta, Scott salió del ascensor antes de que las puertas se hubiesen acabado de abrir y Kate lo siguió. Ambos se dirigieron rápidamente a la sala de enfermeras -nuevamente una mirada extraña por parte de la enfermera de guardia, entre sorprendida y preocupada-, y doblaron a la derecha por el corredor que conducía al pabellón especial de aislamiento. Pero unos metros antes de llegar descubrieron que todo era diferente.

Había desaparecido. El pabellón ya no estaba allí. Las puertas, que normalmente estaban herméticamente cerradas, se encontraban abiertas de par en par y pudieron ver claramente dónde, sólo unas horas antes, había estado la pared de cristal de la sala de observación.

Scott cubrió a la carrera los metros que quedaban. Luego se detuvo y continuó caminando a través de las puertas, como si estuviese en un sueño, contemplando las paredes vacías a su alrededor, los enchufes vacíos, el suelo recién fregado. Olía a desinfectante.

Scott se volvió y Kate vio su expresión de perplejidad y confusión. Sabía lo que había ocurrido y parecía como si no supiera qué sentir, lo temía y lo deseaba a la vez.

Oyeron pasos detrás de ellos. Era Saramaggio, que se acercaba rápidamente, la bata flotando a su espalda. Parecía ansioso y desconcertado.

– Quería verlo antes para explicarle lo que ha pasado -dijo, casi sin aliento-. Lamento que se haya enterado de esta manera. Verá, no teníamos alternativa. Después de lo sucedido… después de lo que usted vio anoche, decidimos… -Hizo una pausa, respiró profundamente y se lanzó-: Tuvimos que retirarle la asistencia vital a su hijo. No había ninguna razón para continuar…

Saramaggio miró a Scott, implorante. Scott avanzó hacia él y, por un momento, Kate pensó que iba a aplastarle. En cambio, se quedó mirándolo fijamente con el cuerpo temblando de furia.

– Maldito cabrón, egoísta…

Se interrumpió. Parecía que había conseguido controlar sus emociones, pero no, no era así. Se acercó a la pared y se inclinó contra ella con la mano izquierda apoyada, y entonces dejó escapar un profundo sollozo y estrelló el puño derecho contra la lisa superficie pintada de verde. El ruido retumbó en la pequeña habitación. Volvió a golpearla una y otra vez hasta que la pared mostró las huellas de los impactos y en el suelo se formó una fina capa de yeso.

Saramaggio estaba paralizado y tenía la cabeza inclinada. Kate vio que tenía las mejillas cubiertas de lágrimas.

De modo que era humano después de todo.

– Lo siento -dijo finalmente con un hilo de voz-. Me gustaría que hubiese algo que yo pudiera hacer. Ojalá… ojalá nunca hubiésemos hecho esto. Nunca fue mi intención que acabase de esta manera. Yo quería… yo quería salvar la vida de su hijo.

– Usted quería llevar a cabo su experimento con él. ¡Mi hijo le importaba una mierda!

Scott se volvió, con la mano izquierda aún apoyada contra la pared, y lo miró fijamente.

Saramaggio volvió a llenarse los pulmones de aire y le devolvió la mirada. Lentamente, asintió.

– Supongo que hay algo de cierto en sus palabras -dijo-. Tal vez tiene razón. Yo quería realizar esa operación. Lo deseaba con todas mis fuerzas. La había estado preparando desde hacía muchos años, pensando en ella, en lo que podría llegar a significar…

Su voz se quebró, agitó levemente la mano y luego se cubrió los ojos.

Kate no podía creer lo que sucedió a continuación: los hombros de Saramaggio comenzaron a moverse y luego a agitarse tan violentamente que ella pensó que estaba sufriendo un ataque. Lloraba sin poder controlarlo, un llanto que nacía en algún lugar muy profundo, de modo que la parte superior del cuerpo parecía estar sometida a violentas convulsiones. Cuando apartó las manos, sus ojos parpadeaban sin cesar mientras las lágrimas seguían cayendo por sus mejillas y su rostro estaba contraído y convertido en una patética bola roja.

Y lo que sucedió luego fue incluso más extraordinario. Saramaggio se acercó a Scott y juntó las manos como si estuviese rezando.

– Por favor, lo siento -farfulló-. Se lo ruego, perdóneme.

Y continuó acercándose hasta quedar frente a él. Abrió los brazos como si fuese a abrazar a Scott, apoyó las manos sobre sus hombros y movió las manos sobre su espalda. Pero Scott permaneció erguido e inmóvil, las manos tensas a los lados.

Saramaggio retrocedió un paso y miró a Scott con expresión implorante, luego desvió la mirada hacia la pared.

Kate sintió una súbita oleada de conmiseración por ese hombre que había permitido que su sueño lo llevase demasiado lejos por un camino que jamás debería haber tomado. Por un momento pensó en consolarlo, diciéndole lo que necesitaba oír, que había traspasado los límites pero que podía ser perdonado, que su alma aún no estaba perdida.

Pero ella también se quedó inmóvil. Todo había ido demasiado lejos. Habían sucedido cosas que jamás deberían haber ocurrido. Se había causado demasiado dolor y sufrimiento, y todo ello innecesariamente.

Scott había obtenido un pequeño triunfo. Saramaggio había sido transformado por una noche de epifanía, y ahora estaba ante ellos, una figura abyecta y abandonada. Pero ni Kate ni Scott se sentían bien por ello.

Ese mismo día, más tarde, se celebraron reuniones de la junta de Ética, la Junta de Revisión Institucional y la junta directiva del hospital, se cumplimentaron formularios, los prolegómenos de investigaciones, todo el papeleo y las formalidades vacías del procedimiento administrativo que una gran institución inicia en tiempos de crisis.