Scott entró en la gran habitación que estaba situada en la parte de atrás.
Iba con retraso. Durante las dos últimas semanas había revisado cientos de fotografías, seleccionándolas, escogiéndolas, recortándolas, ampliando algunas y descartando otras. Tenían que estar perfectas. Las habían mandado a enmarcar, pero no quedó satisfecho y eligió otras para reemplazar a las primeras. Luego tuvo que colgarlas, dejando el espacio justo contra las paredes blancas. Y, naturalmente, tenían que guardar el orden correcto, tenían que contar una historia. Se estaba acercando, pero aún no estaba satisfecho.
La exposición había sido idea de Vickie. Había sido su novia en otra época, pero su romance se había extinguido de mutuo acuerdo hacía años y habían seguido siendo buenos amigos. Ella se había hecho un nombre en el mercado del arte de los noventa, conservando sus contactos en el centro de la ciudad. Había llorado en el funeral y, cinco días después se había presentado una tarde en el loft, despertándolo de una de sus borracheras. Cuando miraba las fotografías de Tyler se sintió como si hubiese sido alcanzada por un rayo, o eso dijo en aquel momento. Más tarde, Scott se preguntaría: ¿había planeado ella todo el asunto? «¿Sabes qué? -Le había dicho-. Aquí tienes un material de primera, suficiente para montar una exposición. ¿Qué me dices? ¿Por qué no muestras estas fotografías de Tyler? Te presto mi galería. Será una especie de tributo a su memoria, míralo de este modo.»
Su entusiasmo era contagioso, pero Scott no estaba en condiciones de compartirlo. Había farfullado algo muy vago y luego le había dicho que lo pensaría. Sin embargo, la idea había penetrado en su estupor alcohólico. Y había regresado a ella en sus escasos momentos de lucidez, evocándola, colocando mentalmente las fotos en las paredes, cambiándolas de lugar, creando el hilo narrativo. Hasta que, por fin, tomó la decisión sin haberlo pensado; incluso ahora era incapaz de precisar en qué momento se había dado cuenta de que esa exposición era lo que más deseaba hacer en el mundo.
El título de la exposición sería «La vida de un muchacho». Comenzaría con fotografías de Tyler cuando era un bebé y luego seguiría durante los años de su infancia, el arco de su breve existencia. Reunir las fotos y ordenarlas cronológicamente había sido un doloroso viaje hacia el pasado para Scott, pero seguía convencido de que la empresa sería redentora en muchos sentidos. Había tantas fotos maravillosas; tal vez fuese capaz de capturar su espíritu, explicarle cómo era Tyler a gente que jamás lo conocería, como Kate y otros, desconocidos. Pero, en otros momentos, se sentía desalentado. Pensaba en aquellos millones de instantes que nunca fueron registrados por la cámara, momentos en los que el rostro de Tyler mostraba su satisfacción ante algún descubrimiento o se volvía arisco ante algún pensamiento oculto. Esos momentos no buscados de alegría, contemplación, temor, aburrimiento, ira, petulancia, amor… aquéllos habían sido los verdaderamente importantes. Cuando eso que llamamos vida se asoma para que los demás puedan verla y sentirla. E incluso esos momentos eran poco más que signos en la superficie, porque la verdadera vida se desarrollaba en el interior. ¿Acaso podía pretender acercarse siquiera a la posibilidad de documentarlo?
Qué presuntuoso era, pensó.
Scott se sentó a una gran mesa donde había montones de copias. Estaban clasificadas en sobres de papel manila por año, por cámara, por tema, por estación, por estado de ánimo.
En el bolsillo llevaba un carrete sin revelar, el último que había sacado. Contenía fotografías de Tyler en el pabellón del hospital, tomadas a través de la ventana de observación una tarde en que Scott sintió la imperiosa necesidad de registrarlo; por qué razón, no sabría decirlo. ¿Debería deshacerse de él? ¿O debería revelarlo? ¿Incluir esas fotografías en la exposición sería una suerte de epílogo acusatorio? Era demasiado profundo, demasiado personal, demasiado intrusivo. Pero ¿qué sentido tiene una obra si oculta una verdad horrible por algún sentido orgulloso de la dignidad? Y aquí no había ninguna dignidad, solamente la solitaria miseria de la muerte.
Encendió un cigarrillo. ¿Qué habría querido Tyler? Era difícil decirlo. Recordó una discusión que habían tenido en una ocasión cuando su hijo había leído un artículo de un escritor cuya hija había contraído una horrible enfermedad. ¿Cómo alguien podía hacer algo así? ¿Cómo podía convertir una terrible experiencia privada en algo público… y para ganar dinero? ¿No era obsceno? Y, no obstante, apenas un año más tarde se había convertido en un defensor de la verdad sin cortapisas interesándose por los límites de la literatura y admirando a escritores como Philip Roth y Frederick Exley, quienes tenían el coraje de exhibir y desnudar sus vidas en nombre del arte.
Scott guardó el carrete en un cajón.
Comenzó a revisar los sobres y a examinar las copias una por una. Habían sido tomadas hacía varios años, cuando vivían en la vieja casa de Connecticut. Allí estaba Tyler cuando era pequeño, agachado con el agua hasta las rodillas en el Long Island Sound, las piedras lastimándole los pies, el rostro contraído por el llanto. Ningún niño había tenido nunca un aspecto tan desvalido. Scott sonrió al recordar que, años más tarde, Tyler le recriminaría que le hubiese hecho aquella fotografía. «¿Por qué no viniste a rescatarme? -le preguntó, bromeando-. ¿Qué clase de padre eras?»
Otra foto de Tyler en un porche que había quedado en el olvido hacía mucho tiempo. Aquí ya era un poco mayor, cuatro o cinco años tal vez, desnudo como el día en que llegó al mundo e indiferente a ello, el pene colgando a un lado, el puño derecho sostenido delante del pecho como si fuese un emperador romano.
Fue entonces cuando encontró un puñado de fotografias dentro de una carpeta sin etiquetar. Inmediatamente le resultaron familiares, si bien al principio no pudo precisar dónde habían sido tomadas; alrededor de una docena de fotografías en las que no aparecía ninguna persona. Sin embargo, debieron de ser importantes; ¿por qué, si no se iba a tomar el trabajo de hacerlas, revelarlas y conservarlas durante todos estos años? Cogió una y la sostuvo en el aire, estudiándola detenidamente. Había una pared, un empapelado familiar, el marco de una puerta. Una remota cuerda sonó en su memoria. Sabía que, por alguna razón, esas fotografías eran importantes. Entonces la memoria lo golpeó con fuerza. Por supuesto. Las había tomado dentro de la habitación de Tyler, poco después de la muerte de Lydia. La cámara estaba situada en la cama de Tyler, según sus instrucciones, para que encuadrase la puerta. Había sido después de aquel extraño episodio.
Scott comenzó a recordar. Tyler había recibido con calma la noticia de la muerte de su madre, aparentemente con el forzado estoicismo de los niños. Y entonces, algunos días más tarde, le había confesado algo que le preocupaba y habían hablado de ello durante las siguientes semanas. Tyler insistía en que había visto a su madre en la puerta de su habitación en el preciso instante en que el avión se había estrellado. Tenía miedo de irse a dormir, de modo que él había tratado de convencerlo de que allí no había nada, que las fotografías registrarían cualquier anomalía, incluso aquello que el ojo humano era incapaz de ver. Durante cuatro o cinco noches habían sacado las fotos juntas y, por supuesto, en ellas no se veía nada. Sin embargo, no sirvieron para resolver el problema. Tyler continuaba mostrándose ansioso cuando llegaba el momento de irse a la cama por la noche. Y entonces él se quedaba y le contaba historias, acerca de Jingo y la casa de las mil habitaciones, y detrás de cada puerta se escondía una nueva aventura, a veces divertida, a veces pavorosa.
Scott tuvo que parar. Basta por hoy. Sentía el estómago revuelto y que todo su interior parecía hacerse más grande. Un fantasma de deseo atravesó su interior, pero se libró de él. Tenía que ser fuerte, no trataría de llenar ese vacío con alcohol. Ni ahora ni nunca.