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Invitó a Vickie a salir a tomar una taza de café porque necesitaba compañía. Como siempre, ella habló sin parar. Luego lo miró y dijo:

– No has escuchado una sola palabra de lo que he dicho, ¿verdad?

Él sonrió. La verdad era que no. Había estado pensando en otra persona.

Divisó a Kate al instante cuando salía del hospital. Traje de chaqueta gris, el pelo color miel cayendo sobre los hombros, la barbilla afilada, el paso vigoroso. Se dio cuenta, con un respingo, de que era una mujer guapa, muy guapa. Ya lo sabía, pero no le había prestado mucha atención.

– Hola -dijo ella al verlo, dibujando una amplia y cálida sonrisa. Ninguna recriminación.

– Pensé que no sería mala idea pasar a recogerla cuando saliera del trabajo. ¿Tiene algo que hacer?

– En este momento, no.

Scott comenzó a caminar junto a ella.

– Me alegro de verlo -dijo Kate-. ¿Cómo se encuentra? -Dio un paso atrás, con gesto teatral, y lo miró de arriba abajo-. Tiene mejor aspecto que la última vez que nos vimos.

– Estoy mejor. -Buscó las palabras-: Pensé que había llegado el momento de acabar con mi número.

– Bien.

Caminaron por el paseo junto al East River, mientras los coches pasaban velozmente; el río estaba moteado de palomillas blancas de espuma.

Ella se volvió y lo miró a los ojos.

– Sabe que la bebida lo dominará. Tarde o temprano acabará matándolo; en su caso, más temprano que tarde. Soy su amiga, pero ahora le estoy hablando como médico.

– Lo sé. Lo he dejado, para siempre. – ¿Está en algún programa?

– ¿Se refiere a Alcohólicos Anónimos? Ella asintió.

– He visto que funciona… para mucha gente -dijo ella-. Algunas estaban tan enganchadas que uno hubiese dicho que ya nada podría ayudarlas.

– Lo intenté un par de veces antes. Tengo un problema con la parte del «ser superior». Pero he asimilado algunos de los conceptos: «Un día a la vez», y todo eso.

– Aun así, las demás personas ayudan. Sirven de apoyo. Y eso es lo que usted necesita.

– Probablemente tiene razón.

– Debería volver a intentarlo. Hágalo. Prométame que lo hará.

Él se lo prometió, y lo decía en serio, para su propia sorpresa.

Se sentaron en un banco frente al río. Scott le habló de la exposición de fotograbas que se inauguraría dentro de un par de días. Ella estaba emocionada, parecía realmente feliz por él y le prometió que estaría allí el día de la inauguración.

– No puedo esperar -dijo.

Scott le describió la experiencia que había significado clasificar todas esas fotograbas de Tyler. Pronto descubrió que le estaba hablando de las fotograbas que había tomado de la puerta de su habitación, de la insistencia por parte de Tyler de que su madre había aparecido ante sus ojos en el momento de su muerte, de pie en la puerta y haciéndole un gesto con el brazo, un movimiento que él no podía interpretar y tampoco describir.

– Sé que suena extraño -dijo Scott-, pero yo le creo; quiero decir, él estaba completamente seguro de que había visto a su madre. ¿Por qué se lo iba a inventar?

– Tal vez su mente le estaba jugando una mala pasada. Quizá, de alguna manera, ésa era la forma que tenía de hacer frente a la pérdida, convencerse de que ella lo amaba tanto que tenía que volver para despedirse.

– Pero si realmente fue así, ¿por qué no hizo algo más tierno, abrazarlo o algo así, en lugar de hacer un gesto vago que lo aterraba cada vez que hablaba de ello?

– No lo sé -respondió Kate.

– Tiendo a mostrarme escéptico respecto a las cosas sobrenaturales, pero en este caso… No estoy seguro, creo que sucedió realmente lo que dijo Tyler. Y otra cosa extraña; a la mañana siguiente, cuando tuve que ir a su habitación y decirle que su madre había muerto, él parecía saberlo. No lo dijo, pero lo supe por la forma en que actuaba.

Kate asintió vigorosamente.

– Le parecerá una locura -dijo-, pero mi madre afirmaba que había tenido una experiencia similar, exactamente lo mismo que usted acaba de contarme.

– ¿A qué se refiere?

– Cuando su esposo, mi padre, murió en Vietnam. Residíamos en las montañas de Washington, creo que ya le he hablado de ello. Vivíamos en el bosque, a las afueras de la ciudad. El día en que mi padre murió, en nuestra casa se estaba celebrando una boda. Era una construcción grande, vieja y destartalada, con un granero y todo eso. El lugar era pobre, pero teníamos tierra, unas diez hectáreas, incluso un pequeño huerto de manzanas. Camino abajo vivía una pareja joven, y solían subir y realizar pequeños trabajos para todos nosotros, ayudaban a cargar heno para los animales o hacer de canguro conmigo. No los recuerdo muy bien. En cualquier caso, resultó que estaban viviendo juntos pero nunca se habían casado. Y un día decidieron hacerlo y mi madre les ofreció nuestra casa para celebrar la ceremonia.

»En el prado trasero teníamos un enorme sicomoro trasplantado del este, un árbol realmente hermoso, y se casaron bajo sus ramas. La boda fue oficiada por un juez de paz local. Después de la ceremonia, una vez la cena hubo terminado y cuando la mayoría de los invitados ya se habían marchado a sus casas, mi madre se dedicó a ordenarlo todo. Estaba lavando una copa de vino en el fregadero y, de pronto, se sintió muy extraña. Fue algo súbito y la sensación era muy potente, muy intensa. Más tarde dijo que había sido como un mareo. Y al instante suppo que había ocurrido algo malo y que estaba relacionado con mi padre. Salió de la casa para recuperar el aliento y fue hasta el sicomoro, cayó dé rodillas al pie del tronco y supo que a él le habían herido. Así de simple. Comenzó a hablar con éclass="underline" "Querido, ¿qué ocurre? ¿Qué ocurre?", pero él no le respondió, no al principio. Y entonces se apareció ante ella, a menos de diez metros, y sólo la miró, una larga mirada, ella decía que debió de durar un minuto por lo menos, y no dijo nada. Luego desapareció del mismo modo en que había llegado. Y otra cosa: llevaba su uniforme, y ella jamás lo había visto antes de uniforme.

Dos días más tarde llegó un coche a nuestra casa en la montaña y un coronel retirado le dio la noticia, sin mirarla a los ojos y con la vista fija en el suelo. Yo estaba cogida de su falda y no lo recuerdo; ella me lo contó más tarde. El coronel dijo que quería hablar con ella a solas, de modo que me mandaron dentro. Luego dijo que mi padre había muerto. Añadió que, al menos, había muerto en el acto, que no había sufrido. Y entonces mi madre hizo la pregunta: ¿cuándo sucedió? Y el coronel se lo dijo. Después de contar algunas cosas más, el coronel se marchó, y aquella noche mi madre me cogió en brazos y me meció hasta que me dormí. Luego me llevó al dormitorio y me dejó en la cama, fue a la mesa de la cocina y buscó un atlas e hizo todos los cálculos, el lugar exacto en el delta del Mekong, la diferencia horaria; todo coincidía perfectamente.

La mirada de Kate se desvió del río a Scott. Vio que él estaba pendiente de cada una de sus palabras.

– Mi madre no era una mujer supersticiosa. Era la última persona que podía creer en esa clase de tonterías espirituales. «Comecocos», así lo llamaba. Pero, desde entonces, ella decía que su esposo había venido a despedirse en el momento de morir. ¿Y quién puede decir que es imposible? «Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio.» De modo que, ¿qué importa si él estaba en el otro lado del mundo, si existe eso que llamamos espíritu? ¿Quién puede decir entonces lo que puede hacer y lo que no puede hacer, si su voluntad, si su amor es lo bastante fuerte? Y hay un capítulo final. Años más tarde, cuando llegó su hora de morir, una muerte larga y penosa a causa del cáncer, ella volvió a verlo cuando el fin estaba próximo. Mi padre se materializó al pie de la cama y le habló, y ella ya no tuvo miedo.

Las palabras de Kate se apagaron. Se sentía cansada, como si se hubiese quitado un peso de encima. Nunca le había contado a nadie toda la historia -había vivido siempre tan cerca de su corazón-, y cuando bajó la vista le sorprendió descubrir que estaba cogiendo la mano de Scott. No podía decir si él había acercado la suya para cogerla o si había sido ella quien lo había hecho.