– No, no lo está. – ¿Habla de ello?
– No, ni una palabra. Ése es uno de los problemas. El koala que le diste, sin embargo, fue un gesto generoso por tu parte. Significa mucho para él… duerme con ese muñeco todas las noches. -El padre de Johnny no abandonó la línea-. Scott, ¿puedo preguntarte para qué quieres hablar con él?
– Quiero preguntarle algo. – ¿Qué?, si puedo preguntarlo. Scott hizo una pausa, pensando, luego dijo:
– Bueno, ha ocurrido una cosa muy extraña. Anoche, cuando fui a utilizar el ordenador, mi contraseña apareció en la pantalla sin que yo hubiese tocado el teclado, y luego… aparecieron otras cosas. Palabras que se escribían solas y algunas de ellas… Mira, todo esto resulta difícil de explicar. Sé que parece una locura…
– Continúa.
– Bien, una de las cosas que aparecieron en la pantalla era algo que solamente conocíamos Tyler y yo, que yo sepa, y por eso quiero saber si Johnny y él hablaron alguna vez de ello.
– ¿Y eso qué probaría?
– No lo sé. Pero necesito saber cómo sucedió eso en el ordenador. Si hay un pirata informático o algo parecido. – ¿Crees que Johnny puede estar involucrado en algo así?
– No, por supuesto que no. En absoluto. Sé que nunca sería capaz de hacer algo semejante. Pero, como te he dicho, necesito saber qué es lo que está pasando y pensé que, tal vez, Johnny tuviese alguna idea de dónde buscar. -Ah… Oye, espera un minuto.
El padre de Johnny cubrió el auricular con una mano. Su esposa estaba a su lado y había oído el final de la conversación. Tenía una expresión preocupada. Él la puso al tanto de lo que sucedía. Scott oía unos sonidos amortiguados, luego la voz del padre, exasperada, hablando con su esposa.
– Lo sé, lo sé.
Volvió a ponerse al teléfono.
– Bien, lo he comentado con Sarah y esto es lo que pensamos: trataremos de encontrar una respuesta a tu pregunta. Pero será mejor que nosotros hablemos con Johnny. Quiero decir, sé que no es nada comparado con lo que has tenido que pasar, pero este asunto también ha sido muy duró para él.
_Scott le dijo que lo entendía y que estaba preocupado por Johnny. Pero quería una respuesta; necesitaba tener una respuesta. Y tal vez el muchacho podría hablar con sus padres más fácilmente que con él.
– De acuerdo -dijo-. Bien, tienes que preguntarle por un personaje inventado… llamado Jingo. Es un muchacho que yo utilizaba para contarle historias a Tyler a la hora de dormir, y la narración siempre comenzaba de la misma manera. Lo que tienes que preguntarle a Johnny es cómo comienza la historia.
El padre de Johnny sintió una punzada de compasión. – ¿Cómo comienza?
– Sí, eso es todo. Y vuelve a llamarme… pronto, por favor. Necesito saberlo.
– Por supuesto.
– Y espero que Johnny esté bien. -Gracias.
Colgaron.
Ese mismo día, un poco más tarde, cuando la madre de Johnny le preparó un almuerzo compuesto de sopa de tomate y un bocadillo de salchicha -su favorito- y puso el plato delante de él, dejó caer el tema con mucha delicadeza. ¿Por casualidad había oído hablar de un personaje de ficción llamado Jingo? ¿Un personaje de esos cuentos de hadas que se explican en las guarderías? Johnny se quedó atónito… No, en absoluto. Por qué se lo preguntaba, quiso saber, y su madre le respondió: «Oh, por ninguna razón en especial, en realidad. Era sólo curiosidad», como si hubiese sido la pregunta más natural del mundo.
El padre de Johnny llamó a Scott y le explicó lo que había pasado durante el almuerzo. Cuando colgó el auricular, se volvió hacia Sarah, sacudió la cabeza y dijo:
– Santo Dios, está hecho polvo. Oye cosas, ve cosas. Ojalá hubiese algo que pudiéramos hacer por él.
– Tiene que buscar ayuda -dijo ella-. Tiene que salir de ese estado.
– Johnny no ha podido.
– Eso es diferente -repuso ella, retirando los platos-. Es nuestro hijo.
Aquella misma tarde, Scott regresó a la galería. Cuando entró, Vickie estaba al teléfono. Sosteniendo el auricular en el cuello, lo señaló con un índice con la uña perfectamente pintada y frotó el otro contra él, un gesto cariñoso que significaba que había sido un chico malo. Habló unos minutos más mientras él esperaba y luego colgó, soltó un profundo suspiro y procedió a recriminarle que se hubiese marchado de ese modo de la exposición el día de la inauguración.
– Una de las mayores exposiciones del año y eliges ese momento precisamente para convertirte en un artista sensible, nada menos que tú. Por Dios, Scott, solías fotografiar chabolas, hambrunas, guerras. Y ahora, mírate, un puñado de grandes derrochadores del Upper East Side y te escapas con el rabo entre las piernas.
Él no dijo nada.
– Si pudiera haber vendido tus fotografías, ahora estarías ante una mujer rica. Aunque, por supuesto, siempre estás a tiempo de cambiar de idea.
Él negó con la cabeza.
– Y veo que has quitado la última fotografía. No ha sido muy inteligente por tu parte. Deja el conjunto incompleto. Me habría gustado que lo hablásemos antes.
Entonces de dio cuenta de que Scott parecía preocupado.
– Y ahora… no estás escuchando lo que te digo. ¿Tengo razón o no?
– Necesito usar tu ordenador -fue todo lo que dijo. Ella giró una muñeca hacia la habitación trasera, en un gesto de diva.
– Sírvase usted mismo, señor artista.
La habitación tenía exactamente el mismo aspecto que la noche anterior. Los papeles estaban en las mismas pilas en el archivador y el cenicero estaba a rebosar de colillas manchadas de lápiz de labios. La papelera aún contenía los trozos de la fotografía que él había destruido. Y, en medio del escritorio, con el teclado extendido, la pantalla oscura y apuntando hacia arriba, como si esperase ansiosamente ponerse en marcha, se encontraba el ordenador.
Dio una vuelta alrededor de la máquina, se sentó delante de ella y luego se levantó. Se acercó a la puerta y gritó:
– ¿Cuánto tiempo te quedarás? -No mucho -respondió ella.
Se acercó a la puerta y se apoyó en el marco.
– ¿Por qué? ¿Tienes pensado visitar algunas páginas porno? Ten cuidado, pueden ser rastreadas, ¿lo sabes? No quiero que me cierren el negocio.
Scott volvió la cabeza.
– El arte es una cosa -continuó ella-. Y la pornografía es otra.
Él le dio la espalda.
– Bien, sé cuando no me quieren. De todos modos, ya me marchaba. Sólo necesito un minuto para recoger mis cosas.
Sus tacones altos resonaron sobre el suelo de madera. -No te olvides de cerrar con llave -gritó desde la puerta de entrada.
Esperó a que la puerta se cerrara. Luego volvió a sentarse, se rodeó el cuerpo con los brazos y clavó la vista en la pantalla vacía y gris. Tenía profundidad, algo que no había advertido antes, y podía ver su reflejo. El rostro que lo miraba estaba demacrado y ojeroso. Sus ojos eran dos pozos de tristeza. Pasó las manos sobre el teclado como un hombre que se sienta por primera vez ante el piano. Esperó un momento. Luego se inclinó ligeramente, encendió el ordenador y se recostó en el respaldo, lejos de la pantalla. Oyó el zumbido de la máquina al ponerse en marcha. Miró el monitor de reojo y esperó un poco más mientras las luces parpadeaban y números y letras incomprensibles atravesaban la pantalla, luego aparecía el familiar salvapantallas con hojas volando en el viento. Su visión hizo que se sintiera un poco mareado.
Notaba una vena que latía con fuerza en su cuello, también podía oírla, latiendo dentro de sus oídos. Tenía erizados los pelos de la nuca. Comenzó a sudar, igual que la noche anterior, y pensó que también estaba empezando a temblar, a menos… a menos que se lo estuviese imaginando.
Observó la pantalla atentamente. Cliqueó el icono para conectarse a la Red. La máquina le pidió la contraseña. El cursor parpadeaba.
No pasaba nada. Absolutamente nada.