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«Asombroso -pensó ella-, verdaderamente asombroso. Quitas un ladrillo y toda la pared se viene abajo.» Kate sintió que quería reconstruirla, aunque no tan alta o impenetrable como antes.

– ¿Sabe una cosa? -dijo ella-. Creo que cometió un error, un terrible error. Pero lo que marca la diferencia es cuando alguien puede beneficiarse de ese error, cuando puede reconocerlo y aprender de él, y eso es lo que usted está haciendo.

Saramaggio la miró fijamente.

– Bueno, eso es verdad. Tal vez sea algo un poco trillado, pero es verdad al fin y al cabo.

Kate continuó diciéndole que pensaba que su habilidad como cirujano era superior a la de cualquier otro profesional que ella hubiese visto, que él tenía un don y se debía a sí mismo y a los demás volver a aplicarlo. Había un área, un área importante, en la que ella creía que tenía graves carencias, le dijo, y era en el terreno de la compasión. Citó a su mentor, A. B. Reinhardt, diciendo: «Un cirujano que es incapaz de imaginar lo que supone soportar los horrores que está perpetrando en otro ser humano no es un buen cirujano y tampoco es un buen ser humano». Saramaggio asintió en silencio.

– No quiero parecer una galleta de la fortuna -continuó-, pero creo que es cierto: la compasión y la empatía comienzan con nuestro propio sufrimiento. Sólo conociendo el dolor en nosotros somos capaces de comprenderlo y aprender a evitar provocárselo a los demás. Saramaggio la escuchaba atentamente.

– Permítame que le haga una pregunta -dijo él-. El padre, el padre de Tyler… ¿cómo se llama?

– Scott. Y, por cierto, podría comenzar su nueva hoja aprendiendo los nombres de los familiares de sus pacientes.

– Supongo que tiene razón. En cualquier caso, sólo me preguntaba, ¿cómo está?

Kate no esperaba esa pregunta y la desconcertó. -Yo… no sabría decirle. No lo he visto últimamente. -Oh. -Saramaggio permaneció en silencio un momento-. Yo pensé… pensé que ustedes dos estaban, ya sabe, muy unidos.

Kate se sonrojó intensamente y se sintió avergonzada por ello.

– Bueno, lo estamos. No lo sé. Es sólo que últimamente no lo he visto.

– Ah, lo siento.

Kate recordó la exposición de fotografía de Scott, su extraño comportamiento y la ira que lo embargaba aquella noche, sin ninguna razón aparente. Eso había ocurrido hacía sólo dos noches y ella había tratado de comunicarse con él al día siguiente pero él no le había devuelto la llamada. No había insistido. Por esa razón le estaba dando vueltas a la pregunta de Saramaggio. Se sentía mezquina y decidió que llamaría a Scott… en ese mismo instante.

Comenzaron a hablar nuevamente de la operación y ella tuvo la sensación de que Saramaggio estaba a punto de pedirle que formara parte del equipo de cirujanos. No estaba segura, honestamente, de si sería capaz de decirle que sí, porque aún no lo había perdonado por la forma en que la había tratado. En esta nueva atmósfera confesional sintió la tentación de hacérselo saber. Pero en ese momento vio que Saramaggio fruncía el ceño. Estaba mirando por encima del hombro de ella hacia la entrada de la cafetería. Se volvió y vio que Cleaver acababa de entrar y se colocaba en la cola, empujando su bandeja a lo largo de los raíles metálicos con gesto despreocupado. Por alguna razón, su exhibición de fanfarronería le pareció incluso más inquietante que cuando acostumbraba a moverse furtivamente.

Era todo muy extraño. ¿Por qué todo el mundo actuaba de un modo tan inusitado?

Kate se dirigía a su despacho, una habitación sencilla y sin ventanas que había heredado como la cirujana más nueva, cuando sonó el busca que llevaba en la cintura. Mostraba una extensión que no conocía. Llamó desde uno de los teléfonos de pared.

– Doctora Willet, soy la recepcionista… del mostrador del vestíbulo. ¿Podría venir, por favor? -La voz de la mujer se convirtió en un susurro confidencial-. Aquí hay un hombre que pregunta por usted. La conoce, o al menos eso dice.

– ¿Cómo se llama? -preguntó. Aunque ya lo sabía… o esperaba que así fuese.

– Es el señor Jessup. Dice que su hijo fue paciente del hospital. Pero actúa de un modo un tanto… no sé… agitado.

– Ahora mismo bajo -dijo ella.

Mientras se apresuraba para llegar al ascensor se sintió sobrecogida por la ansiedad. Aquello la sorprendió, de modo que se entregó a un ejercicio de introspección: deseaba reconocer un tumulto de sensaciones, alegría, alivio y preocupación, todas juntas. Incluso un poco de excitación. Durante las últimas cuarenta y ocho horas había hecho un esfuerzo por no pensar en Scott y, como le sucedía siempre en esos casos, el propio esfuerzo fue su peor enemigo. Ahora que él había ido a verla, ahora que era él quien había dado el primer paso, podía admitirlo. Estaba preparada para ser generosa. Nada de resentimiento. Pero ¿qué había querido decir la recepcionista con agitado? ¿Acaso había vuelto a beber?

Pero tan pronto como vio a Scott esa preocupación se desvaneció, aunque fue reemplazada con otra. Scott se paseaba nerviosamente por el vestíbulo. Parecía descontrolado y excitado, como si estuviese bajo los efectos de anfetaminas.

Cuando la vio no sonrió.

– Tiene que venir conmigo -dijo-. Me estoy volviendo loco, no sé qué hacer.

Ella supo de inmediato por su tono de voz que no estaba hablando de cuánto la había echado de menos. Scott la cogió de un brazo y comenzó a llevarla hacia la puerta.

– Espere un momento, no puedo marcharme de este modo. Estoy trabajando.

Él se detuvo en seco, en ello.

Kate continuó:

– ¿Y si tuviese que operar? – ¿Tiene que hacerlo?

– No. ¿Y si tengo que ver pacientes? – ¿Tiene que hacerlo?

– No.

– Entonces venga conmigo y salgamos de aquí. Kate accedió. En realidad no tenía nada que hacer. -De acuerdo. Pero deje que vaya a buscar mi abrigo. -No lo necesita. Hace calor.

– Muy bien.

– Tengo un taxi esperando.

Scott apretó el paso y desapareció delante de ella, cruzando la puerta giratoria.

– Pero tendrá que decirme adónde vamos -le gritó. Pretendía que sus palabras sonaran como una especie de ultimátum, pero a ella le pareció que era una modesta solicitud-. Yo también me alegro de verlo, muchas gracias -murmuró, pasando a su vez por la puerta giratoria.

El taxista estaba irritable y no precisamente feliz por haber tenido que esperar junto al bordillo cuando podría haber estado buscando una nueva carrera. Scott mantuvo la puerta abierta para que ella entrase, luego subió al coche y gritó su dirección a través del separador de plástico.

– De modo que ahí es adonde vamos -dijo ella alegremente, tratando de romper el hielo-. Está lleno de sorpresas.

Pero Scott no tenía ganas de jugar.

– Lo siento -dijo, mirando a través de la ventanilla-. Debería habérselo dicho.

Tenía una expresión tan preocupada que ella lamentó haber bromeado.

– Scott, ¿qué sucede? Parece realmente alterado.

– No quiero hablar aquí -repuso, haciendo un gesto con la barbilla en dirección al taxista, quien se hallaba con la cabeza inclinada hacia la izquierda para hablar sin parar a través de un teléfono móvil.

«Genial -pensó ella-. Ahora se está volviendo paranoico.»

– ¿De verdad? dijo ella-. No creo que esté escuchando. -Aun así… no, no se trata de eso. Es que parece tan increíble y tan extraño que tengo miedo de que no me crea. Quiero que se siente, le explicaré todo lo que ha pasado y, tal vez, si hay suerte, podré enseñárselo.