– ¿Enseñármelo? ¿Qué quiere decir con enseñármelo?
Pero él no contestó y volvió a mirar a través de la ventanilla. Ella se apoyó en el respaldo para continuar el viaje y también para poner a salvo su columna vertebral, ya que el taxista había comenzado a coger todos los baches como si su vida dependiera de ello.
– ¿Ni siquiera una pequeña pista? -preguntó.
Él volvió a mirar al conductor, sin dejar de farfullar en un lenguaje críptico.
– Creo que hay una posibilidad, una buena posibilidad, en realidad no sé cómo explicarlo, pero creo que tal vez Tyler sigue con vida. Al principio pensé que se trataba de algún cabrón que me estaba gastando una maldita broma, alguien del hospital o algo así. Pero ya no lo creo o, al menos, no estoy seguro.
Ella apartó la vista, se mordió el labio y gimió por dentro. «Oh, pobre Scott -pensó-. Desea con tanta fuerza que sea verdad, que su mente le está jugando una mala pasada.»
A pesar de su promesa de permitir que ella se sentara para contárselo con todo lujo de detalles, Scott estaba tan nervioso que comenzó a escupir toda la historia cuando subían en el vetusto y ruidoso montacargas que los llevaba al loft. Le explicó la experiencia que había tenido con el ordenador de la galería de arte y cómo la máquina había enviado la señal de su propia contraseña y luego le había contestado misteriosamente con respuestas que sólo su hijo conocía. Y luego cómo su ordenador había hecho exactamente lo mismo al día siguiente hasta que, finalmente, el propio Tyler le había enviado un mensaje -al menos dijo que era Tyler- y le había pedido ayuda y era evidente que estaba en problemas.
Ella le pidió que le repitiese las palabras del mensaje y él lo hizo así, ya que había memorizado perfectamente el intercambio de mensajes.
Una vez dentro del apartamento, Kate pidió café, dejando pasar el tiempo mientras pensaba qué decir. Antes de preparar el café, Scott se acercó al ordenador, apartándose unos pasos del escritorio para mirar la pantalla con aire expectante, como lo haría un peregrino al contemplar un icono religioso.
Luego fue a moler los granos en la cocina. Ella se volvió hacia él, invitándolo a continuar con la historia. -No sé cómo explicarlo -dijo-. Lo he repasado una y otra vez, como podrá imaginar, y no puedo llegar a ninguna conclusión. No tiene sentido, se mire como se mire. La única explicación que se me ocurre es que en alguna parte, de alguna manera, Tyler aún está vivo. Y no sólo eso, sino que está consciente, puede comunicarse conmigo, y necesita mi ayuda.
– Tal vez, como ha dicho, se trata sólo de una estúpida y horrible broma, de alguien increíblemente malvado o rencoroso…
– Por supuesto, eso tiene sentido. Pero me he estrujado el cerebro. Nadie que conozca sería capaz de hacer algo así. Sería algo monstruoso. Y, además, nadie, y quiero decir absolutamente nadie, sabe nada de Jingo y de las historias que yo le contaba a Tyler.
– Seguramente hay algún chico, tal vez alguien que un día se quedó a dormir aquí y oyó esas historias.
– No, nunca se las contaba cuando alguno de sus amigos se quedaba a pasar la noche. Era nuestro pequeño ritual privado.
– Tal vez Tyler pudo habérselo contado a alguien. -No, lo comprobé con la única persona a quien se lo podría haber dicho. Y, en cualquier caso, Tyler no habría hecho eso; como ya he dicho, era algo entre nosotros dos. Eso es lo que lo hacía especial y mágico.
Ella volvió a maravillarse, por enésima vez, ante lo buen padre que había sido Scott, criando a su hijo sin ayuda de nadie. Algún día le gustaría que alguien así fuese el padre de sus hijos.
Scott le llevó el café. Ella bebió un pequeño trago, sopló la superficie caliente del líquido y dejó la taza. Era hora de adoptar un enfoque distinto.
– Scott, si toma distancia con respecto a la situación, verá que resulta difícil creer que Tyler aún pueda estar vivo -dijo suavemente-. Aquella noche fuimos juntos al hospital. ¿Recuerda? Los dos vimos que no tenía signos vitales. Eso fue lo que lo enfureció, el hecho de que él estuviese… virtualmente muerto.
– Vimos que no respiraba y que no hacía latir su corazon Las máquinas se encargaban de eso. Pero las funciones continuaban. Técnicamente estaba vivo. Virtualmente muerto no es lo mismo que estar muerto.
– Pero le retiraron la asistencia mecánica. Y sabemos que nadie puede sobrevivir a eso.
– Ellos dicen que lo hicieron. ¿Cómo sabemos que realmente fue así?
– Scott, hay muchas cosas que hacer en esa situación, un procedimiento completo. Se rellenan formularios, se obtiene la verificación de otro médico. Es un procedimiento complejo.
– ¿Y quién era ese segundo médico? Respóndame a eso.
– No lo sé, pero estoy segura de que había uno.
– ¿Puede averiguar quién era?
– Supongo que sí, pero Scott, eso no probará nada. -No confío en ese hospital y tampoco en las personas que trabajan allí. -La miró y añadió rápidamente-: Excepto en usted, por supuesto. Yo confío en usted.
– Eso espero -dijo ella, nada molesta. Pero su mente volaba-. Pero fuimos al funeral; usted y yo. Estuvimos sentados juntos.
– Sí, pero era un ataúd cerrado. En la funeraria dijeron que los daños en la cabeza eran tan profundos que no se podía abrir. De modo que nunca vi a Tyler allí dentro. Estaba demasiado trastornado. Acepté su palabra. Y ahora lamento haberlo hecho.
– ¿Y quién podría estar enterrado allí si no es él?
– No tengo la menor idea. Como ya he dicho, no puedo explicarlo.
Su voz comenzaba a irritarse, pero ella sintió que era importante seguir insistiendo con preguntas difíciles. -Eso significa que algún empleado de la funeraria lo vio también, probablemente tuvo que trabajar con su cuerpo. Scott, todo esto es una locura. Si existe alguna especie de conjura, no sé, alguna clase de conspiración, entonces la gente de la funeraria tendría que formar parte de ella. Esto se nos está yendo de las manos.
– Yo también he pensado en eso. He pensado en todo lo que acaba de decir. Pero, créame, si hubiese visto lo que yo vi, el mensaje que había en esa máquina-señaló el ordenador-, entonces no estaría tan segura de sus palabras.
Él lo estaba convirtiendo en algo personal, trazando una línea entre ambos. Acabó el café y apoyó la taza con fuerza en la mesa.
– De acuerdo, quiero verlo -dijo.
Scott se sentó ante el ordenador; su rostro reflejaba el brillo fantasmal que proyectaba la pantalla, y tecleó unas cuantas letras. Escribió:
DINGO
Esperó… y esperó. Luego tecleó:
HABÍA UNA VEZ UN NIÑO QUE ESTABA ABURRIDO.
Pasaron los minutos, cinco, luego diez. Volvió a pulsar las teclas:
TYLER.
Nada. Luego escribió:
TYLER, TYLER, ¿ESTÁS AHÍ? HÁBLAME…
Durante todo ese tiempo Kate se había estado paseando por la habitación, mirando por las ventanas y leyendo todo lo que encontraban sus ojos, portadas de revistas viejas, mensajes dejados en un tablón de noticias, cajas de cereales.
– ¿Por qué no deja de pasear? -Dijo Scott-. Me pone nervioso.
Ella lo miró.
– Lo siento -dijo él-. No siempre funciona así… al menos al principio.
– ¿Cuántas veces ha… funcionado? -Dos., Ella volvió a mirarlo.
– Sé lo que está pensando -dijo él-. Dos veces no es mucho. Pero cada vez que aparece, ya sabe, los mensajes van y vienen… es un verdadero intercambio.
– Entiendo.
Kate decidió cambiar de tema y se fijó en una fotografía con marco de plata que había encima de la mesa de la cocina. En ella aparecían Scott, su esposa y Tyler, y había sido tomada hacía muchos años. Scott llevaba el pelo largo hasta los hombros, y Tyler mostraba una amplia sonrisa llena de dientes, un chico de expresión dulce que parecía serenamente contento por estar junto a sus padres, cada uno de ellos con una mano apoyada en sus hombros. Los tres estaban en la puerta de una cabaña junto al mar -la fotografía tenía una cualidad azulada, desvaída- y el marco de la puerta era blanco y formaba un borde para las tablillas grises y gastadas por el tiempo. A sus pies se veía un camino de piedra rodeado de arena y, encima de la puerta, al mirarlo más atentamente, la figura tallada de una ballena.