Kate concentró su atención en la mujer. Sus ojos eran asombrosos, de un marrón intenso y profundo como el centro de la tierra, brillaban con inteligencia y parecían atraer tu mirada, de modo que resultaba difícil apartarla. El pelo era deslumbrante y caía como una cascada; la nariz era fuerte y recta, y su boca tenía un rasgo original, triste. Ella era el centro, el centro maternal del trío, y era una de las mujeres más hermosas que Kate había visto en su vida.
En conjunto, en aquella fotografía había algo que a Kate le resultaba fascinante y conmovedor, algo en el brillo de la luz, los tres de pie, mirando directamente a la cámara, una audacia en la postura, la naturalidad del amor entre sí, la certeza de que esa familia pronto quedaría separada por un rayo. Se quedó casi sin aliento. Cogió la fotografía y la miró durante unos minutos.
– Fue tomada en Nantucket -dijo Scott. Kate seguía mirándola.
– Se llamaba Lydia -continuó-. En esta foto tenía veintisiete años. Estuvimos casados siete años. Tyler debía de tener… unos cinco. Habíamos alquilado esa pequeña cabaña; la habitación de Tyler no era más grande que un armario. Las camas estaban apelmazadas, las paredes eran finas y había arena por todas partes. Pero estaba junto al océano. Te levantabas y podías caminar sobre la arena y zambullirte entre las olas. Nos encantaba ese lugar.
– Creo… que hay algo maravilloso en esta fotografía -dijo ella.
La recordaba de la exposición. No le dijo ni la mitad de lo que pensaba; no le dijo que la fotografía le había provocado un anhelo infinito.
– A mí también me gusta -señaló Scott-. Siempre llevo una copia encima.
Sacó la billetera del bolsillo trasero, extrajo una pequeña foto y se la dio. La fotografía perdía parte de su poder en su versión reducida, pero sólo un poco… aún podía ver la mirada brillante de Lydia, la serenidad de Tyler, el orgullo de padre de familia de Scott.
– Salgamos a dar un paseo -dijo ella de pronto-. Necesito tomar el aire. -Miró el ordenador y añadió-: Ya sabe lo que dicen: «Si miras un cazo fijamente, el agua nunca hierve».
Caminaron hacia el este por Broadway y luego subieron hasta Times Square. Las aceras estaban llenas de gente: viajantes, mendigos, vendedores ambulantes, mensajeros, africanos que vendían bolsos de mujer extendidos en la acera, adolescentes gritando en los escaparates de la MTV, hombres de mediana edad buscando tiendas porno, turistas que leían las noticias en el viejo edificio del Times y las luces brillantes de los carteles de Nasdaq y Reuters.
Scott se sentía bien en medio de aquella multitud, renovado, como si aquella marea humana lo limpiase por dentro, arrastrando su inquietud. Gente tan distinta, pasando deprisa y dirigiéndose a destinos tan diferentes. Pensó en una línea de diálogo de Humphrey Bogart en Casablanca, acerca del mundo en guerra y los problemas de dos personas que, en comparación, parecían una insignificancia.
Continuaron su paseo, subiendo por Broadway hasta el Lincoln Center, donde se sentaron en el borde de la fuente y hablaron. Luego cruza-ron la calle, ocuparon una mesa en una terraza de un café y pidieron un capuchino, y después pasearon por Central Park.
Cuando regresaron finalmente a la calle Veintiocho oeste ya había anochecido. Subieron en el ascensor en silencio, ambos pensando en el ordenador. Aunque con pensamientos diferentes; Scott preguntándose si habría algún mensaje en la pantalla y qué diría, y Kate preocupada por Scott, por qué hacer para consolarlo y ayudarlo en su decepción cuando viera que no había ningún mensaje.
Una vez en el loft, no tuvieron que esperar mucho. Allí estaba, mirándolos en blanco y negro, las letras brillando contra el fondo espectraclass="underline"
SOY YO, TYLER. AYÚDAME.
Scott se paseaba arriba y abajo, delante de la comisaría 19, en la calle Sesenta y siete este, pensando qué decir, a la vez que trataba de aumentar su coraje y de tranquilizarse. Sabía que su actitud al presentar el problema significaría mucho, porque el asunto escapaba a cualquier noción de normalidad, por no decir algo peor. Tenía que ser directo y racional, un padre con sentido cívico que iba a presentar una denuncia por un posible delito, un delito grave: la desaparición de su hijo. En otras palabras, se dijo: «No te presentes ahí como un loco de atar.
Cuando llegó a la esquina de Lexington se dio cuenta de que estaba haciendo algo más que recitar silenciosamente las palabras, las estaba pronunciando en voz alta. Lo descubrió cuando una mujer que estaba paseando a un niño en un carrito lo miró asustada y se apartó de su camino. No era un buen comienzo para alguien que está tratando de controlar los nervios. Ordenó nuevamente sus pensamientos, se volvió, subió los peldaños que llevaban al viejo edificio de ladrillo de hormigón y piedra roja y se acercó al mostrador del oficial de guardia.
– ¿El sargento Paganelli? -preguntó.
De alguna manera, en la atmósfera borrosa de confusión y furia de la noche en que había sido arrestado -arrestado no: detenido- había conseguido recordar el nombre del compasivo agente con barriga cervecera.
El oficial de guardia también tenía el vientre abultado por la cerveza, pero ahí terminaba cualquier parecido. Miró a Scott con ojos cansados.
– No. Entra en el último turno.
La pregunta de Scott había dejado fuera el verbo y la respuesta del policía había olvidado el pronombre.
– ¿Y a qué hora es eso? -Comienza a las seis de la tarde. -De acuerdo, gracias.
Se volvió para marcharse. El policía lo llamó: – ¿Puede esperar?
– Oh, sí.
Scott ya se encontraba en la puerta.
¿Y quién quiere que le diga que ha preguntado por él?
– Nadie. Volveré más tarde para hablar con Paganelli. -Como quiera.
El bufete de Klinger, Klinger y Beaner ocupaba el segundo piso de un moderno edificio cuadrado en el centro de Bridgeport. Los miembros del bufete y sus viejos clientes aparcaban en un parking del sótano, accionaban la palanca de una pesada puerta de metal y subían hasta el segundo piso por una escalera de hormigón. No era una entrada particularmente atractiva y, en verdad, no era propia de una de las mejores firmas de abogados que había en Connecticut.
Steve Klinger era uno de los amigos más viejos de Scott, aunque sus vidas profesionales discurrían por caminos tan divergentes que no se veían con mucha frecuencia. Se habían conocido doce años atrás, cuando una revista le había encargado a Scott que hiciera un reportaje fotográfico sobre abogados importantes. Scott había seguido a Steve durante dos días por todas partes y habían congeniado. Steve era un fotógrafo aficionado y Scott le enseñó algunos trucos del oficio. El padre de Steve era un hombre fuerte y corpulento con un halo de angelicales rizos blancos, que fumaba enormes puros, daba abrazos de oso, conducía un Cadillac El Dorado, y era uno de los abogados defensores más famosos de Nueva Inglaterra. Sentía un profundo afecto por Scott y Lydia y, cuando ella murió, la familia Klinger adoptó a Scott y a Tyler. Los domingos los atosigaban con salmón ahumado y roscos de pan, apuntalaban a Scott con una mezcla de consuelo y whisky de malta en proporciones adecuadas y asistían a las obras de teatro en la escuela de Tyler para que contase con una buena sección de seguidores que lo aplaudiera. Una familia numerosa de reemplazo.
– ¿Te molesta si fumo? -preguntó Scott, sentándose junto a Steve en un sofá de su despacho.
Las paredes estaban cubiertas con placas, diplomas y fotografías. Por encima del hombro de Steve, Scott alcanzó a ver una foto de su padre junto a Huey Newton, tomada durante los juicios a los Panteras Negras en New Haven a principios de los setenta.