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– Gracias a Dios que ese tío tiene un nombre tan raro -dijo él-. ¿Cómo se llama?

– Ya se lo he dicho tres veces. Quincy. Quincy Penderglass.

– Parece un personaje sacado de una obra de Dickens, el empleado de una librería, no un genio de los ordenadores. -Conformémonos con haberlo conseguido.

Una vez que había obtenido de Saramaggio el nombre de pila, Kate había buscado en la base de datos del ordenador del hospital y lo había encontrado en la subsección de facturación de afiliados correspondiente a Pinegrove. Cleaver le había estado pagando una cantidad de trescientos dólares mensuales por un trabajo informático que no se especificaba. Kate supuso que esos honorarios estaban inflados. Pero, en cualquier caso, el archivo contenía el nombre completo y la dirección de Quincy.

Al llegar a Englewood se perdieron. Incluso cuando encontraron la calle correcta, tuvieron que dar varias vueltas por la zona porque todas las casas, grandes y de una sola planta, parecían iguales, y tan sólo se diferenciaban por los juegos de jardín que había fuera o el tamaño de sus extravagantes piscinas elevadas.

– Debe de ser ahí -indicó Scott, señalando una construcción de ladrillo con el canal del tejado totalmente hundido-. Santo Dios, qué desastre.

– Creo que podríamos decir que no les preocupa demasiado la apariencia externa.

Scott aparcó al otro lado de la calle.

– Tendremos que improvisar -dijo-. No tenemos ni idea de si ese tío sabe algo.

A mitad de camino del sendero de baldosas rotas oyeron el inconfundible sonido de la música tecno que salía del interior de la casa. Scott llamó, pero nadie lo oyó. La puerta estaba ligeramente abierta, de modo que la empujó y se abrió por completo. Ahora la música era estridente y vieron a un muchacho, con el torso desnudo, sentado delante de un altavoz y apoyado sobre una mesa de juego.

Alzó la vista sin mostrar demasiado interés y señaló hacia el pasillo. Scott y Kate se dirigieron hacia allí. En el extremo derecho había una puerta cerrada y, cuando la abrieron y sus ojos se adaptaron a la luz mortecina, se encontraron ante un espectáculo asombroso: un hombre tan tordo que su cuerpo formaba una perfecta pirámide de grasa. Estaba sentado con las piernas cruzadas sobre una cama imponente con los lados elevados y un pabellón de madera, todo con tallas muy elaboradas y laqueadas en rojo y negro. Scott la reconoció de inmediato como una cama china para fumar opio.

El hombre abrió los ojos lentamente. Parecía haber estado sumido en una profunda meditación, y les hizo un gesto para que se sentaran en unas sillas de madera que estaban alineadas contra la pared. Tampoco él parecía sorprendido de verlos. Tenía el rostro surcado de arrugas y la larga cabellera estaba recogida en la parte de atrás en una coleta rubio ceniza.

– ¿Sí? -fue todo cuanto dijo.

– Estamos buscando a Quincy -dijo Scott. -¿Quiénes son ustedes?

Scott y Kate se presentaron y luego se levantaron de sus sillas para estrecharle la mano, que era sorprendentemente fuerte en medio de toda esa grasa.

– Yo soy Cybedon. Pero, naturalmente, imagino que ya lo sabían.

– En realidad, no -dijo Scott-. ¿Quién es usted exactamente?

– La pregunta es -replicó él en un tono bajo y lúgubre-: ¿quién es usted… exactamente?

– Hemos venido a buscar a Quincy -repitió Scott-, porque esperábamos que pudiese ayudarnos.

– Por favor, tomen asiento -pidió Cybedon-. Odio ser un anfitrión negligente. ¿Quieren beber algo? Aquí me tratan bien, pero el servicio deja mucho que desear.

– No, gracias -repuso Kate-. Estamos aquí porque necesitamos información.

– Por favor, dígame de qué modo habían esperado que Quincy pudiera ayudarlos -dijo él, sonriendo con aire condescendiente.

Kate se preguntó cuánta información estaría dispuesta a darle Scott, y se sorprendió cuando él se apoyó en el respaldo de la silla y le contó prácticamente toda la historia de Tyler, desde su accidente en la montaña hasta su operación en el St. Catherine y su muerte y, finalmente, los mensajes recibidos a través del ordenador. Y le sorprendió aún más que Cybedon no se sintiera impresionado por la historia.

– Comprendo -dijo, meciendo la cabeza lentamente, lo que tuvo el efecto de enviar ondas a lo largo de su cuerpo como si quisiera expandirse aún más-. Creo que todo lo que me acaba de contar tiene una explicación.

Ella vio que Scott se ponía tenso. Cybedon miró a Kate.

– ¿Y usted es…?

– Una amiga. Soy médico, neurocirujana. Formé parte del equipo que intervino en la operación de Tyler.

– Ah. -Cybedon enarcó una ceja.

Scott estaba a punto de decir algo, pero Kate apoyó la mano sobre su brazo para interrumpirlo.

– Por favor, díganos qué quiere decir con una explicación -pidió ella.

– Por supuesto, será un placer. Pero su profesión y especialidad quizá hagan aún más difícil que entienda lo que voy a decir. Usted está obligada a tener su propia visión del cerebro humano y espero que no sea una visión estrecha. Espero que no esté de acuerdo con Francis Crick cuando resumió esa visión diciendo: «No eres más que un montón de neuronas».

– Estoy familiarizada con su trabajo, por supuesto, pero no con esa cita en particular.

– Pero ¿está de acuerdo con ella?

– Necesito disponer de más información antes de mostrarme en desacuerdo con ella. Pero no estamos aquí para…

– Oh, nuestros benditos científicos. Siempre tan sentimentales y conciliadores cuando se habla de las teorías de sus colegas. Siempre tan dispuestos a aceptar a los gigantes de nuestro tiempo, no importa cuán descaminados puedan estar.

– Por favor -dijo Scott con evidente irritación-. Vaya al grano.

– El grano, señor Jessup, es que el señor Crick y otros como él han adoptado una visión mecanicista del cerebro, lo que retrasa el progreso. Estamos a punto de hacer algunos descubrimientos muy importantes en este campo, descubrimientos que caen en esa área complicada conocida como el problema mente-cuerpo y, por lo que usted me ha contado, yo diría que su hijo se ha convertido, voluntariamente o no, en un pionero.

– ¿Un pionero? -Exactamente.

– Maldita sea, explique a qué se refiere -exclamó Scott.

– Scott, por favor. -Kate se volvió hacia Cybedon-.

Dígame una cosa, ¿todo lo que está explicando tiene alguna relación con los ordenadores?

– Ah, el escalpelo del cirujano da en el blanco.

– Esos ordenadores, de alguna manera,, le hicieron algo a Tyler.

– Ellos no le hicieron nada a él. Le dieron una oportunidad. Verá, lo único que hicieron esas máquinas fue abrir una puerta. Él fue quien pasó a través de ella.

– ¿Y dónde está?

– Se encuentra en un reino del que nosotros habitamos. -¿Dónde está eso?

– A nuestro alrededor, diría yo. En todas partes. ¿Es mejor o peor que el nuestro? ¿Quién puede decirlo? -¡Mierda! -exclamó Scott.

– Espere -lo previno Kate-. ¿Podemos verlo? -¿Verlo? Lo dudo. La pregunta es, ¿puede verla él? Tiendo a dudar eso también, aunque reconozco que no estoy tan seguro. Sin embargo, sí pueden hablar con él. -¿Hablar con él? -preguntó Kate.

– Sí. A través del ordenador, como me ha dicho que ya lo han hecho.

– ¿Quiere decir que Tyler se encuentra en algún mundo intermedio y que puede enviarnos mensajes desde ese lugar y recibir a su vez nuestros mensajes? -preguntó Scott.

– Sí, por decirlo de alguna manera.

– Retrocedamos un momento -dijo Scott-. ¿Puede explicarnos qué es lo que está pasando, todo el proceso, desde el principio?

Cybedon suspiró, tan profundamente que su inmenso vientre se estremeció.

– ¿Por dónde empezar?

– ¿Qué le parece desde el principio?

– Pero ¿qué es el principio? Sólo es un capítulo más en un relato antiguo y continuo. -Hizo una pausa y luego continuó-: Estamos siendo testigos de algo que la humanidad ha estado buscando durante siglos. Perdóneme, querida-dijo, volviéndose hacia Kate-; nunca he sido capaz de adoptar esa expresión torpe, ¿cómo es? «La raza humana.» Suena tan extraña al oído.