– ¿Y su cuerpo?
– Bueno, eso, lamentablemente para usted, sufrirá un proceso de deterioro.
– De modo que no hay posibilidad de regresar. -No. Al menos no en nuestras vidas.
– ¿Y después?
– Después, espero que los seres humanos sean capaces de inventar una máquina que pueda volver a capturar esa ánima. Y entonces habremos conseguido un salto cuántico en la evolución. Será como el primer encuentro entre el esperma y el óvulo, y eso nos llevará a un nuevo mundo.
Cybedon entrelazó las manos y parpadeó, como si estuviese a punto de quedarse dormido. Estaba claro que la entrevista -o, desde su punto de vista, la audiencia- había terminado.
– Buena suerte -dijo finalmente-. Y no se desanime, todo lo contrario.
Scott y Kate abandonaron la habitación. Scott entró en todas las demás habitaciones de la casa. Sólo encontró a tres personas, incluyendo al joven que les había saludado al entrar en la casa con taciturna indiferencia, y ninguno de ellos parecía saber nada importante. El escurridizo Quincy no estaba en ninguna parte.
Subieron al coche y emprendieron el camino de regreso en silencio, pero a los pocos minutos Kate se volvió hacia Scott y le preguntó:
– ¿Qué ha sacado en claro de todo eso?
– No puedo decir que lo crea. Conciencia liberada, ánima, el otro reino… Es demasiado fantástico para mi gusto. Pero, no sé… hubo un momento en el que todo lo que estaba diciendo pareció tener sentido. ¿Usted qué opina?
– Me siento igual que usted, Scott -dijo-. Soy escéptica, pero sólo a medias.
Porque la verdad era que, a pesar de toda la ciencia práctica y realista que le habían inculcado, Kate estaba abierta a la creencia de que el mundo era un lugar complicado que ocultaba sus verdades más profundas. «Hay más cosas en el cielo y en la tierra, Horacio…»
Scott, además, se sentía inseguro. Estaba empezando a pensar que era como el tipo que había mencionado Cybedon y que mira el mar desde la playa. «Nuestra ignorancia es tan abismalmente ilimitada -se dijo-, que ni siquiera podemos empezar a imaginar su profundidad.» Mientras atravesaban el río, las torres del puente parecían incendiadas por los últimos rayos del sol. Arriba, el cielo estaba surcado de nubes que parecían iluminadas desde dentro, dramáticas explosiones de rosa, anaranjados y morados. Era una visión sobrenatural, como el fin del mundo.
Cleaver se sentía frustrado, y con razón. Después de todo, él había sido quien había despachado el ánima hacia el éter y ahora esa jodida cosa lo ignoraba. Simplemente, no podía establecer ningún contacto con ella.
Se sentó ante el teclado en el laboratorio de Quincy, en Braintrust, cuatro pisos por encima del Bowery, solo, golpeando las teclas del ordenador, esperando encontrar algo parecido a una respuesta. Estaba desesperado, incluso pulsando el tabulador, la tecla de retroceso y «suprimir». Había probado con todas las variantes posibles de JINGO, la contraseña que Quincy había robado del ordenador de Scott Jessup.
Pero nada funcionaba. Ese mocoso perverso.
Las ventanas estaban abiertas y podía oír los ruidos procedentes de la calle; un coche que hacía sonar la bocina, el ladrido de un perro y, si prestaba atención, incluso tacones resonando en la acera. Fuera hacía un día fresco y perfecto de otoño, la clase de día que solía provocarle una infinita melancolía cuando estaba interno en la escuela en Nueva Inglaterra y más tarde durante sus años en el MIT. Le hacía sentir que mientras él, el zángano siempre fiel, estaba trabajando en su escritorio, los demás estaban divirtiéndose, paseando en sus coches, dirigiéndose a Cape Cod para una merienda campestre en la playa, reunidos en una hamburguesería donde las camareras repartían los pedidos montadas en patines… cualquier cosa que hicieran los jóvenes.
El perro de Quincy se había ido de paseo, al menos. Dio gracias a Dios por sus pequeños favores.
Volvió a mirar la pantalla. Sólo había habido aquellos mensajes vacilantes, adelante y atrás, suficientes para que él se diese cuenta de que el gran experimento había dado resultado. Pero nada desde entonces. Y ahora Cybedon, que no había tenido nada que ver con el experimento, y quien debía considerarse afortunado por el mero hecho de haber oído hablar de él -y eso era culpa exclusivamente de Quincy-, lo estaba asumiendo como si fuese suyo, hablando de él, planteando objeciones, teorizando, casi como si él fuese el creador.
Cleaver apartó las manos del teclado y se apoyó en el respaldo del sillón. Pensó en el ciberespacio, trató de imaginar cómo debía de ser. Siempre que lo hacía imaginaba que sería una especie de vasta red orgánica que se extendía alrededor del mundo como una criatura de ciencia ficción, o uno de esos hongos subterráneos que uno lee que se expanden a lo largo de kilómetros bajo la tierra, la criatura viviente más grande del mundo. A veces pensaba en él como en un cerebro, un cerebro global que se extendía rezumando materia gris como densos bancos de niebla y con chispas que saltaban a través de las sinapsis como el fuego del bosque a través de los ríos y centros pulsantes como terremotos submarinos.
De pronto se detuvo y se preguntó: «Si el ciberespacio es un cerebro o algo análogo a un cerebro, ¿se organiza de acuerdo a un principio? ¿Se ordena por funciones orgánicas de modo que, con el tiempo, se descompone en diferentes partes? ¿Es ridículo pensar que todos los montones de datos que circulan por allí podrían organizarse en algún almacén o depósito de memoria recuperable o que todos los virus podrían congregarse en algún centro de maldad, un centro de agresión? ¿O que los sistemas de antivirus que tratan de mantener los caminos abiertos evolucionan hasta convertirse en estaciones de mando para sistemas circulatorios bondadosos o caritativos?
»¿La conciencia de Tyler está ahora circulando libremente en el salón de los espejos de un parque de atracciones o se encuentra encerrada dentro de una cámara de los horrores demasiado horripilante para ser descrita?
»¿Por qué se niega a comunicarse? ¿Se ha vuelto difusa como una gota de perfume en un barril de agua? ¿O puede reunir su voluntad y decidir, como un niño obstinado, contener la respiración y no abrir la boca?»
Cleaver suspiró. Deseaba tanto saber, no sólo en el plano de lo abstracto, sino saber a partir de la experiencia. Miró el ERT, el modelo de apoyo, instalado en el escritorio donde había estado trabajando Quincy. Era exactamente igual que el modelo que Quincy había llevado al sótano de Pinegrove, el que Cleaver había estado utilizando con los pacientes.
La idea de probarlo personalmente, debía admitirlo, era muy tentadora. El mero hecho de pensar en ello le aceleraba el corazón hasta el punto de sentir cómo latía en sus oídos. Qué fácil sería. Sólo tenía que fijar los diales e instalarse en la camilla móvil para desaparecer después en el interior del tubo metálico. Al cabo de pocos segundos tendría una idea precisa de lo que significa estar allí fuera, experimentar el abandono del cuerpo, el vuelo a través del espacio, la mente remontándose a través del cielo.
Pero -y ahí residía la dificultad- ¿y el regreso? ¿Cómo asegurar que el viaje se realiza en los siete minutos obligatorios sin la presencia de un ayudante de laboratorio que lo saque de allí? Permanecer en la máquina más tiempo del permitido sería sin duda catastrófico. Había podido comprobar lo que había hecho con Benchloss. El recuerdo de las facciones contraídas de aquel pobre diablo cuando lo sacaron de la cámara aún permanecía vívido en su memoria. Se estremeció. Nadie que hubiese visto eso sería capaz de asumir voluntariamente el riesgo de repetir el viaje. No era tanto el final sino el viaje lo que aparecía como algo aterrador.