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Era la misma pesadilla que ya había tenido antes, varias veces. Y aunque estaba semiconsciente, en algún nivel parecía saber que era familiar, y este conocimiento hizo que pudiese anticipar su miedo y exacerbarlo. Sentía como si la espantosa secuencia de acontecimientos se desenvolviera según un guión previamente establecido que él era incapaz de detener.

Era un crío, tenía siete u ocho años, la edad del conocimiento y la indefensión. Estaba en pijama, acostado en la cama, en una vieja y destartalada casa de Nueva Inglaterra con una docena de habitaciones comunicadas entre sí en la planta baja y en el primer piso. Las dos plantas estaban conectadas por una única escalera de peldaños inseguros y crujientes en un extremo, lejos de su cuarto. Abajo, en la habitación que se encontraba justo debajo de su dormitorio, estaba su madre. Y estaba haciendo algo que a él le parecía peligroso. Tal vez estaba bebiendo, tal vez estaba mezclando productos químicos para fabricar una bomba, tal vez estaba hirviendo agua para escaldarlo con ella… no lo sabía con seguridad.

Pero él tenía un plan. Llamaría por teléfono al médico, que llegaría en pocos minutos y se encargaría de que todo fuera bien. Marcó los números con mucho cuidado, uno por uno, en un viejo teléfono, soltando el disco lentamente para que no hiciera ruido. Aun así, el ruido parecía atronador. Una enfermera contestó la llamada y le dijo que avisaría al médico. Después de un largo rato, éste se puso al teléfono y Scott comenzó a hablar, explicándole el peligro que corría. Pero justo entonces oyó un clic y supo que su madre había levantado el auricular del aparato que había abajo. Y ella también comenzó a hablar, dulce, lentamente, explicándole al médico, con una voz que a él le pareció irreal, que todo estaba bien, y luego añadió: «Todo está bien, doctor. No hay nada de qué…».

Estaba a punto de decir «preocuparse», pero cuando lo hizo se oyó una explosión, como si estuviese en una cámara de resonancia; el sonido fue cada vez más fuerte hasta que se convirtió en un alarido que le taladró el tímpano. El teléfono cayó al suelo y se hizo pedazos y él supo que ella lo había dejado caer y que corría hacia el piso de arriba para cogerlo, y que el médico no podría llegar a tiempo. Oyó que las puertas de abajo se abrían y se cerraban con estrépito y oyó también el sonido de unos pasos que corrían. Y, por un momento, pensó en escapar por la escalera hasta la puerta principal, pero tenía miedo de encontrarse con su madre a mitad de camino de la escalera, una idea que lo aterrorizaba, de modo que se metió debajo de las mantas, y asomó tan sólo la cabeza.

Muy pronto los pasos sonaron de un modo diferente, más distantes, y él supo que su madre estaba subiendo la escalera. Luego los pasos volvieron a sonar más fuertes y se abrieron y se cerraron más puertas. Antes de que pudiese darse cuenta, ella estaba delante de su puerta, que se abrió de par en par como si la hubiese alcanzado una poderosa ráfaga de viento, y allí, alzándose casi hasta el borde superior del marco de la puerta, su madre se convirtió de pronto en un hombre, con una mueca horripilante, que sostenía un cuchillo de carnicero que chorreaba sangre. El hombre dio un gran salto y llegó junto a la cama, alzando el cuchillo por encima de su cabeza…

Scott se despertó temblando, empapado en sudor, el corazón latiendo enloquecido en su pecho. Aferraba las mantas completamente aterrado. Y al instante supo que había estado soñando, que todo estaba bien y que nadie iba a matarlo. Pero había pasado tanto miedo que, aunque el terror comenzaba a disiparse, su corazón siguió latiendo con fuerza durante varios minutos y temblaba de tal manera que miró sus manos. Era como si tuviesen una mente propia y él fuese incapaz de calmarlas.

Antes, cuando tenía esa pesadilla, se levantaba de la cama, iba directamente al armario pequeño que había debajo del fregadero y se servía un vaso de whisky solo, pero ahora, por supuesto, no podía hacerlo. Se levantó y comenzó a caminar por el loft, sintiendo que su corazón volvía a latir con normalidad, como un motor que casi hubiese perdido una arandela al reducir la velocidad. Fue hasta la ventana y contempló la calle desierta. Una de las farolas proyectaba un halo de luz sobre la acera, arrancando reflejos de trozos de cristal.

«Aquí estoy -pensó-, treinta y seis años y aún soñando la misma pesadilla.» Recordó la época en que había sufrido esa pesadilla con Lydia durmiendo a su lado, cómo ella se sentaba en la cama y lo escuchaba con sus grandes ojos y luego lo abrazaba y hablaba con él. Él le contaba entonces cuánto le perturbaba soñar que estaba en peligro a causa de su madre, a quien él amaba, y Lydia le decía que ella pensaba que eso era una forma de reaccionar ante el alcoholismo de su madre, el temor a que ella perdiese el control. Ella le había prometido, con los ojos brillantes, que algún día se libraría de ese mal sueño. Scott se preguntó acerca de eso. Tantos años después, la pesadilla seguía perturbándolo. «El tiempo no existe para el inconsciente», le había dicho una vez un amigo, citando a Freud.

Por puro gusto -y también porque estaba completamente despierto y temía volver a dormirse-, se sentó delante del ordenador y movió el ratón para hacer desaparecer el protector de pantalla. Un mensaje lo estaba esperando y al instante supo que era de Tyler. Contuvo el aliento y contempló las palabras, las leyó rápidamente y luego sin prisas, una y otra vez. Era un mensaje misterioso.

PAPÁ, VEN. INTENTA 199.6.2.5 HWORDSWORTH»

Esperó unos segundos para ver si el mensaje continuaba, luego trató de contestarlo frenéticamente, tecleando a toda velocidad, buscando las palabras capaces de desvelar el misterio o provocar alguna clase de respuesta.

TYLER, ¿ESTÁS AHÍ?

Esperó tanto rato como fue capaz de resistirlo, luego volvió a escribir:

TYLER, ¿A QUÉ TE REFIERES? NO ENTIENDO QUÉ SIGNIFICA HWORDSWORTH». ¿PUEDES OÍRME…? ¿TYLER, ESTÁS AHÍ?

Continuó escribiendo:

POR EL AMOR DE DIOS, TYLER, CONTESTA…

Pero en la pantalla no apareció ninguna respuesta y Scott no supo qué más intentar.

Al día siguiente, Kate buscó en las Páginas Amarillas y encontró que en Manhattan había catorce servicios de ambulancias, más de cuarenta si contaba los otros barrios. Luego se conectó a Internet y, una por una, entró en las páginas web de todas las empresas que encontró. La mayoría contenía fotografías de sus vehículos. Cada vez que aparecía una ambulancia roja y blanca, o algo que se le pareciera, la copiaba y la llevaba al sótano para mostrársela al portero. El hombre las examinaba atentamente, estudiándolas de arriba abajo, y luego negaba con la cabeza. En varias ocasiones hizo una larga pausa antes de responder. En esos casos, ella temía que no estuviese realmente seguro y sólo quisiera darle una respuesta definitiva, de modo que tomaba nota de esos datos. Tal vez merecieran una llamada de seguimiento.

A las compañías que no tenían sitios web las llamaba directamente. Les pedía una descripción de sus ambulancias. A veces le proporcionaban esa información y, en otras ocasiones, parecían sospechar algo y colgaban. Sólo tres de ellas accedieron a consultar sus registros para darle información sobre la noche en cuestión, y ninguna de ellas había prestado un servicio en el hospital St. Catherine. En otra docena le dijeron que esa información era estrictamente confidencial.