Y ahora tenía la posibilidad de poner a prueba su intuición.
Pulsó los números en el teclado, una combinación que abrió un subsistema seguro. El programa respondió con un cuadro de texto donde titilaban las palabras «nombre de usuario», de modo que escribió:
CLEAVER
Luego le pidieron la contraseña y añadió:
WORDSWORTH
La pantalla se aclaró al instante, una imagen apareció fugazmente ante sus ojos y luego varias líneas que atravesaban la pantalla en sentido horizontal y a gran velocidad. Comprendió inmediatamente lo que eran gracias a las interminables horas que había pasado sentado y observando a Tyler en aquella sala especial. Eran las líneas que indicaban las funciones vitales de un cuerpo. Una línea se elevaba, descendía casi hasta el cero, rebotaba nuevamente casi hasta la mitad y se convertía en una línea plana para repetir luego la misma secuencia una y otra vez. Era un electrocardiograma. También se veían las líneas onduladas de un electroencefalograma, el monitor de la actividad cerebral, y una tercera línea que rebotaba por la pantalla y que representaba la presión sanguínea. Las líneas eran tan regulares que imaginó que le resultaban familiares. Pensó que las reconocía, pero ¿sería posible? Eran tan constantes que parecían proceder, como las de Tyler, de alguien en coma. Mientras contemplaba cómo se desplazaban en la pantalla, recordaba haber oído los sonidos del pabellón especial, el sonido áspero de la respiración como si se tratara de un fuelle. Y ahora casi podía volver a oírlos. Cuanto más observaba las líneas, más se convencía de que pertenecían a los monitores de Tyler. Luego la pantalla volvió a titilar y una especie de imagen pareció tratar de tomar forma. Pero aparecía y se esfumaba tan deprisa que no alcanzaba a ver de qué se trataba. Las líneas volvieron a aparecer y, mientras mantenía la vista fija en ellas, parecieron fluctuar, al principio sólo un poco y luego violentamente.
De pronto, la imagen volvió a aparecer y titiló, como una emisora de televisión que estuviera tratando de enviar su señal desde una enorme distancia. Las líneas reaparecieron y volvieron a esfumarse y, en su lugar, la imagen se materializó. Esta vez la recepción era un poco más clara y pudo discernir las formas. Había unos objetos largos y cilíndricos de alguna clase que se desplazaban arriba abajo de la pantalla, pero resultaba difícil precisar qué eran. Miró con más detenimiento. Parecía tratarse de -¿qué era?- alguna clase de tuberías. Sí, definitivamente se trataba de unas tuberías, como tuberías de agua o de vapor en una casa vieja y, entre dos de ellas, había un elemento que las unía, un codo. Tuberías largas y anchas cubriendo toda la pantalla. Pero ¿cuál era su significado? La imagen desapareció, y volvió a unirse un momento después exactamente de la misma manera. No había ningún movimiento, ningún cambio. Era como observar una cámara de vídeo enfocada sobre un fondo inerte e invariable. Las líneas del monitor volvieron a aparecer y ahora se movían a gran velocidad, casi con violencia. Incluso los latidos del corazón se habían acelerado. Se habían convertido en una taquicardia. Entonces, súbitamente, supo que estaba contemplando un mensaje enviado por Tyler. De alguna manera, Tyler había sido capaz de enviar firmas electrónicas de sus propios signos vitales. La imagen volvió a aparecer, aún más nítida. Scott inclinó la cabeza hacia un lado. Parecía casi… Podía ser una vista desde debajo. En realidad, eso era lo que tenía más sentido, la imagen de algo visto desde su parte inferior… ¡tuberías que discurrían por un techo!
Y en ese momento, justo cuando la imagen comenzaba de nuevo a titilar y a desvanecerse y reaparecían las líneas, la certeza de lo que estaba ocurriendo le impactó como si le hubiesen propinado un golpe en la cabeza y creyó que sabía lo que aquella imagen significaba. Estaba contemplando -sólo quizá, sólo tentativamente- algo a través de los ojos de Tyler. Era probable que Tyler estuviese acostado de espaldas en alguna parte y aún fuese incapaz de moverse, pero, de alguna manera, se las había ingeniado para comunicarse a través del ordenador y transmitir la imagen que ocupaba su campo visual. Y esa imagen era un conjunto de tuberías, largas tuberías, como las que uno podría encontrar en el sótano de un gran edificio.
¡Eso era! Y ahora que las líneas comenzaban a moverse violentamente otra vez, la imagen volvió a aparecer en la pantalla y Scott vio algo nuevo: un punto oscuro en la parte izquierda de la pantalla. El punto aumentó de tamaño; al principio, pareció un hongo, y luego cobró forma. Y mientras lo miraba apenas daba crédito a sus ojos. Era la cabeza de alguien entrando en el campo de visión de Tyler, vista desde debajo. ¡La cabeza de un hombre! Allí estaba la frente y la coronilla calva y el pelo sobre las orejas. ¿Era posible acaso… que ese hombre se estuviese inclinando sobre Tyler? Eso explicaría por qué las líneas de los monitores fluctuaban con tanta agitación y -a Scott le asustaba pensarlo- tanto miedo. Pulsó el botón de impresión, esperando poder captar aquella imagen en papel.
Pero un segundo después de pulsar el botón, la forma oscura desapareció y la pantalla volvió a recuperar la imagen de las tuberías. Ahora su definición era más difusa y se convertían en formas indiscernibles y, muy pronto también, las líneas de los monitores volvieron a aparecer, aunque también menos nítidas. Finalmente todas se desvanecieron. La pantalla estaba vacía. Intentó recuperar las imágenes pero fue inútil. Apagó el ordenador y volvió a encenderlo. La máquina aceptó su contraseña pero esta vez no hubo conexión. Nada.
Scott sintió ganas de gritar de impotencia. Su hijo yacía en alguna parte, indefenso, vulnerable y probablemente aterrorizado. Había tenido la suficiente presencia de ánimo como para enviarle un mensaje de socorro a su padre, ¿y el padre qué podía hacer? Nada, nada por ahora, en absoluto… Es decir, no hasta que no fuese capaz de encontrarlo. Entonces quienes lo retenían se enterarían de lo que era capaz.
Su concentración era tan intensa que no oyó los pasos que se acercaban por el corredor, y tampoco cuando se detuvieron ante la puerta de la oficina. Hubo un tintineo de llaves y luego una que hacía girar la cerradura. Scott alzó la vista y se dio cuenta de que allí había alguien. Pero no estaba preocupado. Se reclinó en el sillón, cruzó los brazos y esperó a que la puerta se abriese. Un momento después se encontró ante la boca abierta de un hombre delgado, de piel cetrina, vestido con una bata de médico. Los ojos del hombre denotaban su sorpresa. Scott recordó que se trataba de uno de los médicos que habían operado a Tyler.