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– ¿Qué…? ¿Qué está…?

– ¿Sí? -dijo Scott con voz tranquila, como si se encontrase en su propio despacho.

– Usted es el padre de Tyler… el señor Jessup. -Sí.

El hombre seguía estupefacto.

– Soy Gully. Uno de los cirujanos que operaron a su hijo. Pero ¿qué hace en mi despacho?

– He venido a verlo -contestó Scott rápidamente.

El hombre parecía aún más desconcertado.

– Oh, comprendo. Pero ¿cómo ha entrado aquí? -La puerta estaba abierta.

– Sí, entiendo. Es verdad, no siempre echo la llave. -Bueno, pues ya que está usted aquí…

– Y usted ha venido a visitarme porque… -Quiero hablar con usted.

– Por supuesto. ¿Y sobre…?

– Sobre cualquiera que haya tenido algo que ver con el cuidado de Tyler. Me gustaría saber más cosas de todos ellos. Tal vez ahora que nos hemos conocido, ¿querría acompañarme a tomar una taza de café? Ahora.

Gully vio que estaba desesperado.

– Naturalmente, pero antes debería recoger unos papeles.

– No, no hay tiempo para eso. Puede volver a recogerlos más tarde.

– Bien, si eso es lo que quiere. -Eso es lo que quiero.

Y mientras salían de la oficina, mientras Scott hacía que Gully girase y lo empujaba ligeramente en dirección a la puerta con un brazo, se inclinó sobre la impresora y cogió la hoja de papel que había en la bandeja. Le echó un vistazo para asegurarse de que la imagen se había impreso.

Así era. Allí estaba la misma vista de tuberías en el fondo, con un aspecto más definido en el papel. En primer plano, se veía la forma oscura de una cabeza mirando hacia abajo, los rasgos apenas reconocibles. Había irrumpido en el cuadro como una huella digital.

Kate empezó a limpiar su despacho. Después de todo, no sabía cuándo regresaría. O, en cualquier caso, si lo haría. No llevaba tanto tiempo en el St. Catherine como para haber acumulado demasiadas cosas, de modo que sólo necesitó una caja de cartón que había contenido un ordenador portátil. La colocó sobre una silla y comenzó a llenarla. Primero metió un montón de historiales clínicos, la mayoría de ellos duplicados de casos actuales. Pensó que no sería mala idea conservarlos en casa, por las dudas. Era mejor tomar precauciones; se había sentido conmocionada por las acusaciones dirigidas contra ella, evidentemente falsas y destinadas a desviar la culpa. Ahora no dejaría nada al azar. Era probable que iniciaran toda una campaña para difamarla.

Abrió los cajones inferiores del escritorio y sacó dos tazas de café, cartas, una libreta de direcciones, objetos diversos, disquetes y varios memorandos sobre planes de salud y beneficios para los empleados. Luego extrajo el cajón superior y volcó su contenido dentro de la caja. Cayeron papeles con anotaciones, clips, tarjetas personales, grapas, monedas y un paquete de pastillas de menta. Vio una fotografía tamaño billetera en la que aparecían Harry y ella, tomada en un restaurante en Fisherman's Wharf, un lugar barato y concurrido pero que ella disfrutaba en secreto. La sostuvo en el aire y la miró atentamente. Pobre Harry. Hacía semanas que no pensaba en él. Y tampoco lo había llamado; probablemente la pasión también se estaba apagando de su parte. Sintió una punzada de arrepentimiento. El mundo era un lugar tan seguro cuando estaban juntos; seguro pero previsible. Tal vez ése fuese el problema. Volvió a dejar la foto dentro de la caja, por último, quitó lo que había encima del escritorio, esta vez deprisa, y lo metió todo dentro de la caja, incluyendo la foto enmarcada de su madre.

Llevó la caja al otro lado del escritorio, apagó las luces con el codo y salió del despacho, cerrando la puerta tras de sí con la punta del zapato.

En el otro extremo del corredor alcanzó a ver que Gully volvía la esquina acompañado de otro hombre. De espaldas, y por un momento, pensó que se parecía a Scott, pero naturalmente eso era imposible; ellos ni siquiera se conocían.

Mientras regresaba a su casa en taxi, con la caja instalada en el asiento del acompañante, la injusticia de todo lo que había ocurrido comenzó a abrumarla. Las manos aún le temblaban un poco, principalmente por la ira que sentía, pero también -y ella lo sabía-, por el exceso de emociones. No encontraba palabras para describir con exactitud lo que le sucedía. Había renunciado a tantas cosas para ir a Nueva York y trabajar con Saramaggio. Había llegado a la gran ciudad como cualquier patán ingenuo de la Costa Oeste, asombrada y llena de sueños, y todo había salido mal. No habían congeniado desde el principio. Luego se produjo el terrible episodio de Tyler y ahora había descubierto que habían simulado su muerte y que estaba vivo en el momento de abandonar el hospital. ¿Qué significaba eso? ¿Adónde podían haberlo llevado? ¿Era posible que viviera aún? ¿Cómo podía ayudar a Scott a encontrarlo? Ahora que había sido suspendida, esa tarea era incluso más difícil. Qué acto tan vengativo. Y Cleaver estaba detrás de esa ignominia. Por alguna razón, él estaba tratando de hacerle daño y Saramaggio, el muy cobarde, lo apoyaba. Ambos ya habían conseguido que el hospital la suspendiera. ¿Cuál sería el siguiente paso? Posiblemente presentarían cargos de conducta poco profesional y eso podría arruinar su carrera. Y todo ello con pruebas amañadas. ¿Quién sería capaz de salir en su defensa en el hospital?

Mientras el taxi avanzaba por la Segunda Avenida, miró a la gente que iba de compras, los mensajeros en sus raudas bicicletas, las mujeres jóvenes, altas y delgadas elegantemente vestidas. Y por primera vez en mucho tiempo sintió la enfermedad de Nueva York: la soledad. Tal vez no fuese tan fuerte como había creído; tal vez no fuese capaz de lograrlo en esa ciudad, después de todo. Quizá pertenecía a las legiones que habían sido seducidas por Frank Sinatra y su famosa canción y que habían fracasado y regresado a casa, a las pequeñas y remotas ciudades, con el rabo entre las piernas. Era curioso, pero nunca se oía hablar de ellos; solamente se hablaba de los héroes conquistadores.

Sintió una súbita urgencia de llamar a Scott. Necesitaba saber qué había descubierto. Y quizá, al mismo tiempo, se dijo, sintiéndose culpable por pensar en sí misma, él pudiese ayudarla de alguna manera; necesitaba la fuerza de Scott para no derrumbarse.

Pagó y bajó del taxi. El ascensorista le llevó amablemente la caja hasta el ascensor y le sonrió al depositarla delante de la puerta de su apartamento. Una vez dentro, la dejó sobre la mesa del comedor, y estaba a punto de continuar hacia la cocina para prepararse una taza de café cuando algo que había en la caja llamó su atención. Era una tarjeta comercial, blanca, con letras azules en relieve, que decía:

FREDERICK BUTTERWORTH

Corporación de suministros para hospitales Flushing, Queens, NY

Desde ambulancias hasta máquinas de rayos X. Si no lo tenemos, sabemos dónde encontrarlo.

Cogió la tarjeta, fue hasta el teléfono y marcó el número que figuraba en la esquina inferior derecha.

Le sorprendió que respondiese Butterworth personalmente, ni secretaria, ni buzón de voz ni contestador automático. No había esperado contactar directamente con él y no había tenido siquiera tiempo de preparar un breve discurso. Le dijo su nombre y le recordó dónde se habían conocido. Al principio pareció buscar en su memoria, pero tuvo el buen gusto de simular que se acordaba de ella. Luego lo hizo realmente.

– Oh, sí -dijo-. Usted es la cirujana. Qué lugar tan siniestro, ¿verdad? Me puso los pelos de punta.

Ambos continuaron con una charla igualmente intrascendente durante unos minutos y luego Kate fue al grano. -Señor Butterworth, me gustaría que me ayudase con un pequeño problema.

– Sólo tiene que decirme de qué se trata. Soy su hombre.

– Bien, he visto en su tarjeta que proporciona ambulancias.

– Así es, desde ambulancias hasta máquinas de rayos X. Me alegro de que aún la conserve.