—La he visto... Es esa casita cubierta de hiedra, ¿verdad?
—Sí, es obra de Nastia —dijo la anfitriona, señalando a su hermana.
—¿Enseña usted misma? —preguntó Levin, tratando de no mirar el escote, aunque sabía que, si dirigía la vista hacia ese lado, sería incapaz de ver otra cosa.
—Sí, he enseñado allí y sigo enseñando, pero tenemos una maestra magnífica. Hemos introducido clases de gimnasia.
—No, se lo agradezco, pero no quiero más té —dijo Levin, y, consciente de que estaba cometiendo una descortesía, pero incapaz de continuar con esa conversación, se puso de pie, todo colorado—. Oigo allí una conversación que me interesa mucho —añadió, dirigiéndose al otro extremo de la mesa, donde estaba sentado el dueño de la casa con los dos propietarios. Sviazhski, sentado de lado y acodado en la mesa, sostenía la taza con una mano, mientras con la otra se cogía la barba, se la acercaba a la nariz, como si quisiera olería, y a continuación la soltaba. Con sus brillantes ojos negros contemplaba a un propietario de bigote gris, muy excitado, cuyas opiniones juzgaba divertidas. El propietario se quejaba de los campesinos. Levin se dio cuenta de que Sviazhski podía reducir a polvo, con unas pocas palabras, los argumentos de su interlocutor, pero que su posición no le permitía pronunciarlas, de modo que se limitaba a escuchar, no sin placer, sus cómicos argumentos.
Según todos los indicios, el propietario del bigote gris era un hombre que jamás había puesto un pie fuera de la aldea, partidario acérrimo del régimen de servidumbre y apasionado de las labores agrícolas. Levin podía verlo en su ropa, una levita raída y pasada de moda, a la que daba muestras de no estar acostumbrado, en sus ojos inteligentes y entornados, en su habla fluida y popular, en el tono perentorio, fruto, sin duda, de una larga experiencia, y en los gestos imperiosos de sus manos grandes, bellas y tostadas por el sol, con una vieja alianza en el dedo anular.
XXVII
—Si no me diera pena abandonar lo que ya he empezado... tantos esfuerzos como he hecho... me desprendería de todo, lo vendería y me marcharía como Nikolái Ivánovich... a oír La belle Hélène—decía el viejo propietario, cuyo rostro inteligente iluminaba una agradable sonrisa.
—Si se queda usted —replicó Nikolái Ivánovich Sviazhski— es que le trae cuenta.
—Me trae cuenta porque vivo en mi propia casa, y no tengo que comprar ni alquilar nada. Además, aún conservo la esperanza de que los campesinos acaben entrando en razón. Aunque, a decir verdad, ¡qué borracheras, qué depravación! Lo han repartido todo, no les queda ni una vaca, ni un caballo. Pueden estar muriéndose de hambre, pero, si contrata usted a alguno como jornalero, encontrarán la manera de echarlo todo a perder e incluso de llevarlo ante el juez de paz.
—También usted puede quejarse ante el juez de paz —objetó Sviazhski.
—¿Quejarme yo? ¡Por nada del mundo! ¡Habría que pasar por tantos trámites que me arrepentiría! Ahí tiene usted el asunto de la fábrica: después de cobrar el dinero que se les dio como adelanto, los obreros se marcharon. ¿Y qué hizo el juez de paz? Los dejó libres. Los únicos que hacen las cosas bien son el juzgado comarcal y el stárosta, que les da una paliza a la antigua usanza. De no ser por eso, lo mejor sería dejarlo todo y marcharse al otro extremo del mundo.
Era evidente que el propietario quería sacar de sus casillas a Sviazhski, pero éste, lejos de enfadarse, parecía divertido.
—Y, sin embargo, ni Levin, ni este señor —señaló al otro propietario— ni yo dirigimos nuestras haciendas sin recurrir a tales medidas —dijo, sonriendo.
—Puede ser, pero pregúntele a Mijaíl Petróvich cómo se las ha arreglado para que sus asuntos le vayan tan bien. ¿Llamaría usted a eso una administración racional? —preguntó el propietario, muy satisfecho, por lo visto, de esa última palabra.
—Gracias a Dios, mi hacienda no requiere grandes quebraderos de cabeza —dijo Mijaíl Petróvich—. Lo único que me preocupa es tener dinero en otoño para pagar los impuestos. Los campesinos vienen a verme: «Padrecito, ayúdenos». Y me da pena, claro, porque son vecinos nuestros. Así que les adelanto el primer cuatrimestre, pero les digo: «Acordaos, muchachos, de que yo os he ayudado, y ayudadme vosotros a mí cuando lo necesite, bien para sembrar la avena, para segar el heno o para recoger la cosecha». Y nos ponemos de acuerdo sobre los trabajos que deben hacer por cada tributo que les pago. Es verdad que algunos de ellos son unos sinvergüenzas.
Levin, que sabía muy bien en qué consistían esas medidas patriarcales, cambió una mirada con Sviazhski e, interrumpiendo a Mijaíl Petróvich, se dirigió al propietario del bigote gris.
—Entonces, ¿qué opina usted? —preguntó—. ¿Cómo se debe dirigir una hacienda en los tiempos que corren?
—Pues como hace Mijaíl Petróvich: a medias con los campesinos o arrendándoles la tierra. Todo eso es posible, pero con esas medidas se destruye la riqueza común del país. Una tierra que, en tiempos de la servidumbre, con una administración adecuada, rendía nueve veces lo que se sembraba, ahora, a medias, no rinde más que tres. ¡La emancipación ha arruinado Rusia!
Sviazhski miró a Levin con ojos risueños y hasta hizo un leve gesto de burla, pero Levin no encontraba divertidas las palabras del propietario. Las entendía mejor que Sviazhski. Muchas de las cosas que dijo después el propietario para demostrar por qué la emancipación había arruinado el país le parecieron atinadas e indiscutibles, además de novedosas. Era evidente que ese hombre estaba exponiendo ideas propias, algo muy poco frecuente, y que esas reflexiones no se las había dictado la necesidad de llenar de algún modo sus momentos de ocio, sino las condiciones de su vida en la soledad de la aldea, analizada desde todos los puntos de vista.
—Lo que quiero decir es que no se puede conseguir ningún progreso si no se recurre a la autoridad —apuntó, deseando demostrar que tampoco él carecía de instrucción—. Tomemos, por ejemplo, las reformas de Pedro, de Catalina, de Alejandro. Fíjese en la historia europea. Y esa regla es válida sobre todo para la agricultura. Hasta la patata ha sido introducida por la fuerza. Y no siempre se ha labrado con el arado. Puede que se introdujera en los tiempos del feudalismo, y probablemente también fue necesario recurrir a la fuerza. En nuestra época, durante el régimen de servidumbre, los propietarios introdujimos innovaciones en nuestras haciendas: secadoras, aventadoras, el acarreo del estiércol, aperos de todo tipo. Y todo lo hemos hecho gracias a nuestra autoridad. Los campesinos en un principio se oponían, pero luego acabaron imitándonos. Ahora, una vez abolida la servidumbre, se nos ha arrebatado nuestro poder, y nuestra agricultura, que había alcanzado un alto nivel de desarrollo, volverá a un estado primitivo y salvaje. Ésa es mi opinión.
—Pero ¿por qué? Si sus métodos son racionales, puede ponerlos en práctica con la ayuda de jornaleros —dijo Sviazhski.
—¿Y cómo quiere usted que los aplique cuando ya no tenemos autoridad? ¿A quién voy a recurrir?
«Aquí es donde aparece la mano de obra, el elemento principal de la agricultura», pensó Levin.
—A los jornaleros.
—Los jornaleros no quieren trabajar bien ni emplear buenas máquinas. Lo único que saben hacer es emborracharse como cerdos y romper todo lo que se les confía. Dan demasiada agua a los caballos, destrozan los buenos arneses, cambian las ruedas con llantas de hierro por otras y se gastan en bebida la diferencia, meten un tornillo en la trilladora para estropearla. Les repugna todo lo que no se hace a su manera. Por esa razón ha decaído el nivel de la agricultura. Los propietarios abandonan las tierras, dejan que se cubran de maleza o se las entregan a los campesinos, y lo que antes producía millones de fanegas ahora sólo rinde centenares de miles. La riqueza general ha disminuido. Se podría haber hecho lo mismo, pero con un poco más de sensatez...