Después de exponer a los capataces el plan para el día siguiente y de recibir a los campesinos que tenían que tratar algún asunto con él, pasó a su despacho y se puso a trabajar. Laska se tumbó debajo de la mesa. Agafia Mijáilovna se sentó en su lugar de siempre a hacer calceta.
Tras pasar un rato escribiendo, Levin se acordó de pronto de Kitty con extraordinaria viveza, de su rechazo y de su último encuentro. Se levantó y se puso a dar vueltas por la habitación.
—No hay razón para que se aburra usted —le dijo Agafia Mijáilovna—. A ver, ¿por qué pasa tanto tiempo en casa? Ya está todo preparado, así que ¿por qué no se va a tomar las aguas?
—Me iré pasado mañana, Agafia Mijáilovna. Pero antes tengo que ocuparme de unos asuntos.
—¡Ah! ¿Qué asuntos? ¡Como si no hubiera hecho ya suficiente por los campesinos! No en vano dicen: «A nuestro amo lo va a recompensar el zar». Lo que no entiendo es por qué se preocupa tanto por ellos.
—No me preocupo por ellos. Lo hago por mí.
Agafia Mijáilovna conocía al detalle todos los planes de Levin para la explotación de la hacienda. Levin solía hablarle con pelos y señales de sus proyectos y a menudo discutía con ella, descontento de los comentarios que le hacía. Pero esta vez la buena mujer interpretó sus palabras en un sentido completamente distinto del que él les había dado.
—Ya se sabe, el hombre debe pensar ante todo en su propia alma —dijo con un suspiro—. Ahí tiene usted a Parfén Denísich —añadió, refiriéndose a un criado que había muerto hacía poco—. Sería analfabeto, pero ojalá nos conceda Dios una muerte como la suya. Comulgó y le dieron la extremaunción.
—No me refiero a eso —dijo Levin—. Lo que quiero decir es que lo hago en mi propio beneficio. Es más rentable para mí que los campesinos trabajen mejor.
—Por mucho que haga usted, los vagos seguirán sin dar un palo al agua. Los que tienen conciencia trabajarán; y los que no, no harán nada. ¡Eso no se puede cambiar!
—¿No dice usted misma que Iván cuida mejor del ganado ahora?
—Lo único que digo es que debería usted casarse —contestó Agafia Mijáilovna. Era evidente que no estaba diciendo lo primero que se le pasaba por la cabeza, sino que seguía el curso lógico de sus propias reflexiones.
A Levin le apenó y le ofendió que Agafia Mijáilovna aludiera a la misma cuestión en la que él había estado pensando. Frunció el ceño y, sin contestarle, volvió a sentarse a la mesa y retomó su trabajo, no sin antes repetirse que esa tarea tenía una enorme importancia. Sólo de vez en cuando escuchaba en el silencio el susurro de las agujas de Agafia Mijáilovna y, recordando lo que deseaba olvidar, volvía a fruncir el ceño.
A las nueve se oyó un rumor de campanillas y el sordo traqueteo de un coche rodando por el barro.
—Vaya, parece que viene alguna visita. Así no se aburrirá usted —dijo Agafia Mijáilovna, levantándose y dirigiéndose a la puerta. Pero Levin se le adelantó. Su trabajo no avanzaba en esos momentos, y se alegraba de tener un invitado, fuera quien fuera.
XXXI
Al llegar a la mitad de la escalera, Levin oyó en el vestíbulo una tosecilla conocida; pero el rumor de pasos le impidió distinguirla con claridad, y albergó la esperanza de haberse equivocado. Luego vio una silueta larga y huesuda que le resultaba familiar. Ya no era posible equivocarse, pero de todos modos seguía negándose a creer que ese hombre alto que se estaba quitando la pelliza y que no paraba de toser era su hermano Nikolái.
Levin quería a su hermano, pero convivir con él siempre le había parecido un tormento. Ahora, bajo la influencia de las ideas que le habían venido a la cabeza y las palabras de Agafia Mijáilovna, se sentía confuso y desorientado, y una entrevista con su hermano se le antojaba especialmente penosa. En lugar de un visitante rebosante de alegría y de salud, de una persona extraña que, así lo esperaba, lo arrancara por unos instantes de sus incertidumbres, le aguardaba una conversación con su hermano, que lo comprendía a fondo, que removería sus pensamientos más profundos y le obligaría a sincerarse, algo de lo que no tenía la menor gana.
Reprochándose esas consideraciones tan mezquinas, bajó corriendo al vestíbulo. En cuanto vio de cerca a su hermano, el sentimiento de contrariedad desapareció como por arte de magia, dejando paso a una honda piedad. Por terribles que fuesen antes la delgadez y el aire enfermizo de su hermano, no eran nada en comparación con el aspecto demacrado y extenuado que tenía ahora. No era más que un esqueleto cubierto de piel.
Estaba de pie en el vestíbulo, sacudiendo su cuello largo y fino para quitarse la bufanda, y sonreía de un modo lastimero y extraño. Al ver esa sonrisa, humilde y sumisa, Levin sintió que se le hacía un nudo en la garganta.
—Por fin me tienes aquí —dijo Nikolái con voz sorda, sin apartar los ojos ni por un segundo del rostro de su hermano—. Hace tiempo que quería venir, pero mi salud no me lo permitía. Ahora me encuentro mucho mejor —dijo, enjugándose la barba con sus manos grandes y descarnadas.
—¡Sí, sí! —respondió Levin. Y su espanto fue aún mayor cuando, al besar a su hermano, sintió en sus labios la piel seca y vio de cerca el brillo extraño de esos ojos enormes.
Unas semanas antes Konstantín. Levin le había escrito a Nikolái que había vendido una pequeña parte dé la herencia que quedaba sin dividir, y que podía cobrar la cantidad que le correspondía, unos dos mil rublos.
Nikolái le dijo que venía a recoger ese dinero y, sobre todo, a pasar unos días en su antiguo nido y tocar la tierra para recobrar las fuerzas, como los paladines de antaño, antes de afrontar los retos que le esperaban. A pesar de la pronunciada curvatura de su espalda y de su pasmosa delgadez, tan poco acorde con su estatura, sus movimientos seguían siendo rápidos y bruscos. Levin lo condujo al despacho.
Nikolái se cambió de ropa con especial cuidado, algo que antes no solía hacer, se peinó sus cabellos ralos y lacios y, sonriendo, subió al piso de arriba.
Se mostraba alegre y cariñoso, como Levin lo recordaba en su infancia. Hasta mencionó el nombre de Serguéi Ivánovich sin rencor. Al ver a Agafia Mijáilovna, bromeó con ella y le preguntó por los antiguos criados. La noticia de la muerte de Parfén Denísich le causó una impresión desagradable. En su rostro se reflejó una expresión de temor, pero se dominó en seguida.
—Ya era muy viejo —dijo, y cambió de tema—. Me quedaré aquí un par de meses y luego me iré a Moscú. ¿Sabes que Miágkov me ha prometido una colocación? Así que voy a ingresar en la administración. Voy a organizar mi vida de una manera completamente distinta —prosiguió—. ¿Sabes que me he separado de esa mujer?
—¿Te refieres a Maria Nikoláievna? ¿Y por qué razón?
—¡Ah, era insoportable! No sabes los disgustos que me ha dado —exclamó, pero no entró en detalles. No podía decirle que la había echado porque le servía un té demasiado flojo y, sobre todo, porque le atendía como a un enfermo—. Además, quiero cambiar de vida de manera radical. Naturalmente, he cometido muchas tonterías, como todo el mundo, pero el dinero es lo que menos me preocupa, así que no me arrepiento. Lo importante es tener salud. Y, gracias a Dios, me encuentro mucho mejor.
Levin escuchaba y pensaba en lo que podría decirle, pero no se le ocurría nada. Nikolái, a quien seguramente le pasaba lo mismo, empezó a preguntarle por sus asuntos. Levin, contento de hablar de sí mismo, pues así no tenía que recurrir a disimulos, le hablo a su hermano de sus proyectos y de sus actividades.