Lo cierto es que Alekséi Aleksándrovich estaba tan turbado que en un primer momento no entendió las ventajas que ofrecía presentar la demanda de mutuo acuerdo, y esa incomprensión se reflejó en su mirada. El abogado, entonces, acudió en su ayuda:
—Supongamos que dos personas no puedan seguir viviendo juntas. Si los cónyuges lo reconocen así, los detalles y las formalidades carecen de importancia. Por lo demás, es el método más sencillo y seguro.
Ahora Alekséi Aleksándrovich lo entendió todo. Pero sus creencias religiosas le impedían aceptar esa medida.
—Esa solución debe descartarse en el presente caso —dijo—. Sólo cabe una posibilidad: demostrar el adulterio, empleando como prueba unas cartas que obran en mi poder.
Al oír hablar de cartas, el abogado frunció los labios y emitió un sonido agudo, que expresaba compasión y a la vez desprecio.
—Debe tener en cuenta —dijo— que esta clase de asuntos se resuelven por vía eclesiástica, como usted bien sabe. Y a los reverendos padres, en tales casos, les interesa conocer los más nimios detalles —añadió con una sonrisa que expresaba su simpatía por los gustos de los reverendos padres—. No cabe duda de que esas cartas podrían servir como una especie de confirmación parcial, pero las pruebas deben obtenerse de la forma más directa posible, es decir, por medio de testigos. En general, si me honra usted con su confianza, deje que elija yo las medidas que deben emplearse. Quien quiere resultados tiene que aceptar también los medios.
—En tal caso... —replicó Alekséi Aleksándrovich, palideciendo de pronto.
Pero en ese instante el abogado se levantó y se acercó de nuevo a la puerta para responder a una pregunta del pasante, que había vuelto a interrumpirles.
—¡Dígale a esa señora que nosotros no hacemos descuentos! —exclamó, antes de regresar a su lugar.
De camino, atrapó otra polilla con la mayor discreción. «Bueno se me va a quedar este verano el reps», se dijo, frunciendo el ceño.
—¿Qué me estaba diciendo usted...? —preguntó a Alekséi Aleksándrovich.
—Le informaré de mi decisión por carta —respondió Karenin, levantándose y apoyándose en la mesa. Después de una breve pausa, añadió—: De sus palabras deduzco que es posible solicitar el divorcio. Me gustaría que me informara también de sus condiciones.
—Todo es posible, si me concede plena libertad de acción —dijo el abogado, sin responder a la cuestión que le había planteado Alekséi Aleksándrovich—. ¿Cuándo puedo contar con recibir noticias suyas? —preguntó, acercándose a la puerta, con unos ojos tan brillantes como sus botines charolados.
—Dentro de una semana. Y haga usted el favor de comunicarme sus condiciones, en caso de que acepte encargarse del asunto.
—Muy bien.
El abogado se inclinó respetuosamente y dejó salir a su cliente. Una vez solo, se entregó a ese sentimiento de alegría que le embargaba. Tan contento estaba que, en contra de lo que tenía por costumbre, hizo una rebaja en sus honorarios a la señora que regateaba. Hasta dejó de cazar polillas y decidió de una vez por todas que el próximo invierno tapizaría los muebles de terciopelo, como Sigonin.
VI
Alekséi Aleksándrovich obtuvo una brillante victoria en la sesión de la comisión celebrada el 17 de agosto, pero las consecuencias de tal victoria le pusieron en un grave aprieto. Siguiendo la propuesta de Alekséi Aleksándrovich, se nombró una nueva comisión para estudiar todos los aspectos de la vida de las minorías raciales, que fue enviada sobre el terreno con extraordinaria presteza y energía. Al cabo de tres meses se presentó un informe. La vida de las minorías se investigó en su aspecto político, administrativo, económico, etnográfico, material y religioso. Cada una de las preguntas formuladas se acompañaba de una respuesta muy bien redactada que no dejaba lugar a las dudas, ya que no eran producto del pensamiento humano, siempre sujeto a errores, sino de la actividad institucional. Todas las respuestas se apoyaban en datos oficiales e informes de gobernadores y obispos, basados en informes de autoridades regionales y arciprestes, que a su vez se habían servido de informes de funcionarios locales y párrocos; en suma, su veracidad estaba por encima de toda sospecha. Por ejemplo, todas las preguntas referentes a las malas cosechas o a la pervivencia de antiguas creencias entre la población, etcétera, que habrían tardado siglos en resolverse de no haber contado con el concurso de la maquinaria oficial, recibían ahora respuesta clara y cumplida. Y las respuestas coincidían con la opinión de Alekséi Aleksándrovich. Pero Strémov, que se había sentido herido en lo vivo en la última sesión, recurrió, al recibir los informes de la comisión, a una táctica que cogió por sorpresa a Alekséi Aleksándrovich. Ganándose la voluntad de algunos miembros, se pasó de pronto al bando de Karenin, y no sólo defendió con calor que se llevaran a cabo sus medidas, sino que propuso otras más extremas, orientadas en la misma dirección. Esas medidas, que iban mucho más allá de lo que Alekséi Aleksándrovich se había propuesto, fueron aceptadas, y entonces se descubrió la estratagema de Strémov. Al llevarlas a sus últimas consecuencias, se revelaron de pronto tan estúpidas que tanto los hombres de Estado como la opinión pública, las señoras inteligentes y los periódicos se lanzaron sobre ellas a una sola voz, expresando su indignación no sólo contra ellas, sino también contra su instigador, Alekséi Aleksándrovich. Strémov, entonces, se apartó, dando a entender que no había hecho más que seguir ciegamente el plan de Karenin, y él mismo se mostró sorprendido y escandalizado de lo que había pasado. Este incidente tuvo unas consecuencias funestas para Alekséi Aleksándrovich. No obstante, a pesar de su delicado estado de salud y de sus desdichas domésticas, no se rindió. En el seno del Comité se produjo una escisión. Algunos de los miembros, con Strémov a la cabeza, justificaron su error diciendo que habían confiado en la comisión investigadora que, dirigida por Alekséi Aleksándrovich, había presentado el informe, que ahora calificaban de absurdo, añadiendo que no valía ni siquiera el papel que se había gastado en su redacción. Alekséi Aleksándrovich, con algunas otras personas que veían el peligro de esa actitud subversiva con respecto a los documentos oficiales, siguió defendiendo los datos que había presentado la comisión investigadora. Como consecuencia de tanta actividad, se produjo en las altas esferas, y también en la sociedad, una enorme confusión: pese a que todo el mundo manifestaba un gran interés, nadie fue capaz de determinar si las minorías gozaban de prosperidad o pasaban apuros y estrecheces. Por culpa de la polémica, y en parte también del desprecio que le había valido la infidelidad de su mujer, Alekséi Aleksándrovich se vio en una situación muy comprometida. Fue entonces cuando tomó una decisión importante. Con gran asombro de la comisión, anunció que iba a solicitar autorización para estudiar el asunto sobre el terreno. Y, una vez obtenido el permiso, partió para aquellas provincias lejanas.
El viaje de Alekséi Aleksándrovich levantó mucho revuelo, tanto más cuanto que, antes de ponerse en camino, renunció oficialmente a la cantidad que el gobierno le había concedido para los doce caballos que necesitaría para llegar a su destino.