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Levin, por su parte, con los pantalones puestos, pero sin chaleco ni frac, se paseaba arriba y abajo por la habitación, asomándose cada dos por tres a la puerta para echar un vistazo al pasillo. Pero la persona a la que estaba esperando no aparecía, y él volvía desesperado, agitando los brazos, y se dirigía a Stepán Arkádevich, que fumaba tranquilamente un cigarrillo.

—¿Se habrá visto alguien alguna vez en una situación tan inconcebiblemente absurda? —preguntó.

—Sí, es estúpida —afirmó Stepán Arkádevich, sonriendo con dulzura—. Pero cálmate, te la traerán en seguida.

—Pero ¡cómo es posible! —exclamó Levin, con rabia contenida—. ¡Y estos grotescos chalecos abiertos! ¡Es imposible! —prosiguió, mirando la arrugada pechera de su camisa—. ¡Mira que haberse llevado ya las cosas a la estación! —exclamó desesperado.

—Pues ponte la mía.

—Es lo que tendríamos que haber hecho hace rato.

—No está bien hacer el ridículo... ¡Espera un poco! Todo se enderezará.

Lo que había pasado era lo siguiente: cuando Levin le pidió a Kuzmá, su viejo criado, que le llevara la ropa, éste le trajo el frac, el chaleco y todo lo demás.

—Pero ¿dónde está la camisa?

—La lleva usted puesta —respondió Kuzmá, sonriendo con calma.

A Kuzmá no se le había ocurrido dejar una camisa limpia, y, cuando recibió la orden de meterlo todo en las maletas y enviarlo a casa de los Scherbatski, de donde esa misma tarde saldrían los recién casados, hizo lo que le mandaban, reservando sólo el frac. La camisa que llevaba puesta desde por la mañana estaba arrugada y era imposible llevarla con esos chalecos abiertos que estaban de moda. La casa de los Scherbatski estaba demasiado lejos para enviar a alguien, así que decidieron comprar una. Pero al poco rato llegó el criado diciendo que todo estaba cerrado porque era domingo. Trajeron entonces una de casa de Stepán Arkádevich, pero era demasiado ancha y corta. Por último, no quedó más remedio que ir a casa de los Scherbatski y abrir los baúles. En la iglesia esperaban al novio, y éste, como una fiera enjaulada, recorría la habitación de un extremo al otro, asomándose al pasillo y recordando con angustia lo que le había dicho a Kitty y lo que ella podía estar pensando en esos momentos.

Por fin, Kuzmá, que tenía la culpa de todo, irrumpió en la habitación casi sin aliento, con la camisa en la mano.

—He llegado por los pelos. Ya estaban cargando las cosas en el carro —dijo.

Al cabo de tres minutos, sin consultar el reloj, para no echar más sal en la herida, Levin atravesó corriendo el pasillo.

—No te valdrá de nada —dijo Stepán Arkádevich, con una sonrisa, siguiéndole sin apresurarse—. Todo se enderezará, todo se enderezará... Ya te lo he dicho.

 

IV

—¡Ya han legado! ¡Ahí está! ¿Cuál es? El más joven, ¿no? Y ella, la pobrecita, estará más muerta que viva —se oía entre la multitud, cuando Levin, después de reunirse con la novia en el pórtico, entró con ella en la iglesia.

Stepán Arkádevich le contó a su mujer la causa de aquel retraso, y los invitados, sonriendo, intercambiaban comentarios en susurros. Levin no reparaba en nada ni en nadie. Sólo tenía ojos para la novia.

Todos decían que estaba muy desmejorada en los últimos días y que, bajo la corona, estaba mucho menos guapa que de costumbre. Pero Levin no compartía esa opinión. Contemplaba su alto peinado, su largo velo blanco, las flores del mismo color, la banda levantada y plisada, que cubría virginalmente el fino cuello por los lados, dejándolo descubierto por delante, la asombrosa esbeltez del talle, y le parecía que estaba más hermosa que nunca, no porque las flores, el velo y el vestido de París realzaran su belleza, sino porque, a pesar de la calculada magnificencia de todos esos adornos, la expresión de su delicado rostro, su mirada y sus labios seguían conservando ese aire especial de inocente franqueza.

—Ya me estaba preguntando si no te habrías dado a la fuga —le dijo Kitty con una sonrisa.

—¡Lo que me ha pasado es tan estúpido que me da vergüenza hablar de ello! —replicó Levin, ruborizándose y volviéndose hacia Serguéi Ivánovich, que en ese momento se le acercaba.

—¡Menuda historia la de la camisa! —dijo éste, sacudiendo la cabeza y sonriendo.

—Sí, sí —respondió Levin, sin comprender lo que le estaba diciendo.

—Bueno, Kostia, tienes que resolver una cuestión importante —dijo Stepán Arkádevich, fingiendo una gran preocupación—. Creo que precisamente ahora estás en condiciones de calibrar toda la trascendencia del asunto. Me preguntan si se deben encender cirios nuevos o a medio quemar. La diferencia es de diez rublos —añadió, frunciendo los labios en una sonrisa—. Yo ya he tomado una decisión, pero tengo miedo de que no estés de acuerdo. —Levin se dio cuenta de que se trataba de una broma, pero fue incapaz de sonreír—. Entonces, ¿qué decides? Nuevo o a medio quemar. Ésa es la pregunta.

—¡Nuevos, nuevos!

—Pues muy bien. ¡Asunto resuelto! —dijo Stepán Arkádevich, sonriendo—. ¡Hay que ver qué tonta se pone la gente en esta situación! —añadió, dirigiéndose a Chírikov, una vez que Levin, después de mirarlo desconcertado, se acercara más a la novia.

—Asegúrate de ser la primera en poner el pie en la alfombra, 77Kitty —dijo la condesa Nordston, aproximándose—. ¡Buena la ha hecho usted! —agregó, dirigiéndose a Levin.

—¿Qué? ¿No tienes miedo? —preguntó Maria Dmítrevna, la anciana tía.

—¿No tienes frío? Estás pálida. ¡Espera, agáchate un poco! —dijo Lvova, la hermana de Kitty, y, rodeándola con sus hermosos y torneados brazos, le arregló con una sonrisa las flores de la cabeza.

Dolly se acercó con intención de decir algo, pero, incapaz de pronunciar palabra, se echó a llorar y después se rio de un modo un poco forzado.

Kitty miraba a todo el mundo con una expresión tan ausente como la de Levin. Respondía a todo lo que le decían con esa sonrisa de felicidad que ahora se le había vuelto tan natural.

Entre tanto, los clérigos se pusieron sus vestimentas, y el sacerdote y el diácono se aproximaron al facistol colocado en la parte delantera de la iglesia. El sacerdote se volvió hacia Levin y le dirigió unas palabras, que éste no alcanzó a entender.

—Tome de la mano a la novia y condúzcala al interior —dijo el padrino a Levin.

Levin tardó un rato en comprender lo que le pedían. Varias veces lo corrigieron, y estaban ya a punto de desistir —porque o bien le cogía la mano que no era o lo hacía con la mano equivocada—, cuando al fin comprendió que tenía que coger la mano derecha de Kitty con su mano derecha, y todo ello sin cambiar de posición. Cuando por último lo consiguió, el sacerdote dio unos pasos delante de los novios y se detuvo al pie del facistol. Entonces una muchedumbre de familiares y conocidos, entre susurros y un rumor de faldas, los siguió. Alguien se agachó para arreglar la cola del vestido de la novia. En la iglesia se hizo de pronto un silencio tan profundo que se oía cómo caían las gotas de cera de los cirios.

El anciano sacerdote, con el birrete puesto y sus mechones plateados partidos en dos y peinados por detrás de las orejas, sacó sus manos menudas y surcadas de arrugas de debajo de la pesada casulla recamada de plata, con una cruz dorada a la espalda, y buscó algo en el facistol.