Mijáilov vendió el cuadro a Vronski y aceptó hacerle un retrato a Anna. El día señalado se presentó en la casa y se puso a trabajar.
A partir de la quinta sesión el retrato asombró a todos, en especial a Vronski, no sólo por el parecido, sino por su particular belleza. ¡Qué extraño que Mijáilov hubiera podido captar una belleza tan peculiar! «Hay que conocerla y amarla como yo la amo para descubrir esa expresión dulce y espiritual», pensaba Vronski, aunque no se había percatado de esa expresión dulce y espiritual hasta que contempló el retrato. Pero el artista la había plasmado con tanta veracidad que todos creían haberla visto mucho antes.
—Con todo lo que me he esforzado y no he conseguido nada —decía de su propio retrato—. En cambio, él no ha hecho más que mirarla, y ahí tiene el resultado. A eso es a lo que le llamo yo técnica.
—Ya llegará —le consolaba Goleníschev. En su opinión, Vronski tenía talento y, sobre todo, cultura, y eso le procuraba una visión superior del arte. Por lo demás, ese juicio favorable se apoyaba también en la necesidad de que Vronski se interesara por sus artículos e ideas y los alabara. De algún modo se daba cuenta de que el apoyo y los elogios debían ser mutuos.
Fuera de su estudio, Mijáilov parecía otro hombre. Y ese rasgo se acentuaba de manera especial en el palazzo deVronski, donde hacía gala de una suerte de deferencia hostil, como si temiera trabar amistad con gente a la que no respetaba. Daba a Vronski el tratamiento de su excelencia y, a pesar de las invitaciones de la pareja, no se quedaba nunca a comer y sólo se le veía en las horas de las sesiones. Anna se mostraba más amable con él que con otras personas y le estaba agradecida por el retrato. Vronski le trataba con mucha consideración y se mostraba muy interesado por conocer su opinión sobre el cuadro que había pintado. Goleníschev no perdía ocasión de inculcarle los verdaderos preceptos del arte. Pero Mijáilov se mostraba igualmente frío con todos. Anna se daba cuenta de que le gustaba mirarla, aunque evitaba conversar con ella. Cuando Vronski le hablaba de su pintura, guardaba un terco silencio, y lo mismo hacía cuando le enseñaba su cuadro. En cuanto a los discursos de Goleníschev, era evidente que le aburrían y que no se molestaba en contradecirle.
En general, esa actitud reservada, desagradable y hasta hostil motivó que ninguno de los tres llegara a tener una buena opinión del pintor cuando llegaron a conocerlo mejor. Y se alegraron cuando, una vez acabadas las sesiones, Mijáilov dejó de aparecer por la casa, dejándoles como recuerdo un magnífico retrato.
Goleníschev fue el primero en expresar en voz alta lo que todos pensaban; a saber, que Mijáilov tenía envidia de Vronski.
—Supongamos que no sea envidia lo que siente, porque tiene talento. Pero le molesta que un hombre rico, de buena posición y conde por añadidura (esa gente odia todas esas cosas), consiga, sin grandes esfuerzos, resultados iguales, si no mejores, en una actividad a la que él ha consagrado su vida entera. Pero lo más importante de todo es su falta de cultura.
Vronski defendió a Mijáilov, pero en el fondo de su alma daba la razón a su amigo, porque estaba convencido de que un hombre de posición inferior no podía por menos de tenerle envidia.
Los dos retratos de Anna, pintados ambos del natural, tendrían que haberle aclarado de una vez por todas las diferencias que había entre él y Mijáilov. Pero él no las veía. No obstante, una vez que Mijáilov concluyó su cuadro, Vronski dejó de ocuparse del suyo, pues le parecía superfluo. En cualquier caso, siguió trabajando en aquella tela de tema medieval. Tanto Goleníschev como él, y sobre todo Anna, la juzgaban excelente, porque guardaba una semejanza mucho mayor con cuadros conocidos que el lienzo de Mijáilov.
En cuanto al pintor, a pesar de lo mucho que le fascinaba el retrato de Anna, se alegró aún más que ellos cuando lo terminó, pues ya no tendría que oír las peroratas de Goleníschev sobre arte y podría olvidarse del cuadro de Vronski. Sabía que era imposible prohibirle que se divirtiera con la pintura; que tanto él como los demás diletantes tenían derecho a pintar cuanto quisieran; pero lo cierto era que le molestaba. No se puede impedir que un hombre modele una gran muñeca de cera y la bese. Pero, si el individuo de la muñeca se sentara delante de un enamorado y se pusiera a acariciar a su criatura como el otro acaricia a su amada, el enamorado se sentiría molesto. Un efecto similar producía en Mijáilov la pintura de Vronski. La encontraba ridícula, irritante, ofensiva y patética.
El entusiasmo de Vronski por la pintura y la Edad Media no duró mucho. Tenía tanto gusto para el arte que no fue capaz de concluirlo. Lo dejó sin terminar. Albergaba la vaga sospecha de que sus defectos, poco apreciables en un principio, se harían más llamativos a medida que avanzara. Su caso era idéntico al de Goleníschev: en el fondo sabía que no tenía nada que decir, pero se engañaba pensando que su idea no estaba madura, que tenía que desarrollarla y seguir reuniendo materiales. Pero, mientras a Goleníschev esa constatación le irritaba y le atormentaba, Vronski no podía engañarse y atormentarse, y mucho menos irritarse. Con la resolución que le caracterizaba, sin ofrecer ninguna explicación ni justificarse, dejó de dedicarse a la pintura.
Pero sin esa ocupación la vida en aquella ciudad italiana se le antojó aburridísima, y también a Anna, sorprendida de ese repentino desencanto. De pronto el palacio les pareció viejo y sucio; les desagradaba ver las manchas de las cortinas, las grietas del suelo, las desconchaduras de las cornisas. Se hartaron del asiduo Goleníschev, del profesor de italiano y del viajero alemán, y sintieron la necesidad de cambiar de vida. Decidieron regresar a Rusia y establecerse en el campo. Vronski contaba con dividir las tierras con su hermano cuando llegaran a San Petersburgo, y Anna con ver a su hijo. Planeaban pasar el verano en la gran hacienda familiar de Vronski.
XIV
Levin llevaba casado casi tres meses. Era feliz, pero de un modo muy distinto a como había imaginado. A cada paso se desvanecían sus viejos sueños, aunque no tardaba en descubrir nuevos e insospechados encantos. Era feliz, pero, ya en los primeros tiempos de vida conyugal, se dio cuenta de que la convivencia era algo muy distinto de lo que se había figurado. Una y otra vez se sentía como un hombre que, después de admirar la marcha serena y regular de una barca por un lago, quisiera gobernarla. Se daba cuenta de que no bastaba con quedarse sentado, sin balancearse. Había que estar muy atento, no perder la concentración ni un segundo. Era preciso mantener el rumbo, recordar que había agua debajo, remar sin descanso, soportar el dolor en las manos, desacostumbradas a ese trabajo. El papel de espectador era fácil. El de protagonista muy agradable, pero también muy difícil.
En sus tiempos de soltero, cuando observaba la vida conyugal de otras parejas, sus preocupaciones menudas, sus discusiones y sus celos, Levin sonreía desdeñoso para sus adentros. Estaba convencido de que en su futura vida de casado no habría espacio para tales cosas; hasta las formas externas serían completamente distintas. Pero lo cierto era que su vida conyugal, lejos de seguir un esquema distinto, se componía de las mismas naderías insignificantes que tanto había despreciado en el pasado y que ahora, por más que procurara impedirlo, adquirían una importancia extraordinaria e indiscutible. Y llegó a la conclusión de que no era tan fácil arreglar todas esas menudencias como le había parecido antes. A pesar de que se creía en posesión de las más precisas nociones de la vida familiar, se la imaginaba involuntariamente, como todos los hombres, como un goce de amor sin estorbo alguno, del que no podrían distraerlo las preocupaciones mezquinas. Según pensaba, se ocuparía de sus tareas y luego descansaría en la dicha del amor. La mujer debía contentarse con recibir su amor. Pero, como todos los hombres, se había olvidado de que también ella tenía necesidad de trabajar. Y le asombraba que la encantadora y poética Kitty, no ya en las primeras semanas, sino incluso en los primeros días de vida en común, pudiera preocuparse de los manteles, de los muebles, de los colchones para los invitados, de las bandejas, del cocinero, de la comida, etcétera. Antes de la boda, Levin se sorprendió de la determinación con que Kitty se había negado a viajar al extranjero, en favor del traslado a la aldea, como si ya supiera lo que necesitaba y fuera capaz de pensar en otras cosas al margen de su amor. Entonces se había sentido ofendido; también ahora le irritaban algunas veces esas menudencias, esa preocupación por cosas insignificantes. Se daba cuenta de que Kitty necesitaba esa actividad. Y, como la amaba, no podía dejar de admirar esas tareas, aunque no las comprendiera y se burlara de ellas. Le divertía verla colocar los muebles traídos de Moscú, arreglar a su gusto su habitación y la de él, colgar las cortinas, asignar las habitaciones para los futuros invitados y para Dolly, disponer el cuarto de su nueva doncella, encargar la comida al viejo cocinero, discutir con Agafia Mijáilovna y quitarle la llave de la despensa. Se daba cuenta de que el viejo cocinero sonreía y escuchaba admirado las órdenes disparatadas e imposibles de cumplir, y que Agafia Mijáilovna movía la cabeza con aire meditabundo y cariñoso al oír las nuevas disposiciones de la joven señora con respecto a las provisiones. La encontraba encantadora cuando, riendo y llorando, iba en su busca y le decía que la doncella Masha seguía considerándola una señorita y que nadie le hacía caso. Todo eso le agradaba, aunque le parecía extraño, y pensaba que sería mejor prescindir de esas cosas.