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Mientras Levin escribía, Kitty pensaba en la amabilidad poco natural con que su marido había tratado al joven príncipe Charski, que la había estado cortejando con muy poco tacto la víspera de su partida. «Está celoso —pensaba—. ¡Dios mío, qué simpático y qué tonto es! ¡Tiene celos! Si supiera que todos los hombres me importan tanto como Piotr el cocinero! —pensaba, mirando con un extraño sentimiento de propiedad la nuca y el cuello rojo de su marido—. Aunque me da pena distraerlo de su trabajo (en cualquier caso, ya recuperará el tiempo perdido), tengo que verle la cara. ¿Se habrá dado cuenta de que lo estoy mirando? Quiero que se vuelva... ¡Eso es lo que quiero!», y abrió aún más los ojos, para reforzar el efecto de su mirada.

—Sí, se quedan todo el jugo y despiden un brillo falso —murmuró Levin, dejando de escribir y, dándose cuenta de que su mujer lo estaba mirando con una sonrisa en los labios, se volvió—. ¿Qué pasa? —preguntó, sonriendo, y acto seguido se puso en pie.

«Se ha vuelto», pensó ella.

—Nada, sólo quería que te volvieras —respondió Kitty, tratando de adivinar si le había molestado la interrupción.

—¡Qué bien estamos los dos solos! Al menos yo —dijo, acercándose a Kitty, radiante de felicidad.

—¡Me encuentro tan a gusto! No quiero ir a ningún sitio, y mucho menos a Moscú.

—¿En qué estabas pensando?

—¿Yo? Pues... Pero no, no. Sigue escribiendo, no te distraigas —replicó Kitty, frunciendo los labios—. Tengo que cortar todos esos agujeritos, ¿ves?

Cogió las tijeras y se puso manos a la obra.

—No, dime lo que estabas pensando —insistió Levin, sentándose a su lado y siguiendo el movimiento circular de las tijeritas.

—¿De verdad quieres saberlo? Pues estaba pensando en Moscú y en tu nuca.

—¿Qué habré hecho para merecer esta felicidad? No es natural. Es demasiado bueno para ser cierto —dijo, besándole la mano.

—En mi opinión es al revés: cuanto más bueno, más natural.

—Se te ha soltado un rizo —dijo Levin, volviéndole con cuidado la cabeza—. ¿Lo ves? Ahí está. Bueno, vamos a seguir trabajando.

Pero no lo hicieron. Cuando Kuzmá entró para anunciarles que el té estaba servido, se separaron bruscamente con aire culpable.

—¿Han venido de la ciudad? —preguntó Levin a Kuzmá.

—Acaban de llegar. Están sacando el equipaje.

—No tardes —le dijo Kitty, saliendo del despacho—, o leeré sola la correspondencia. Luego tocaremos a cuatro manos.

Una vez solo, después de guardar los cuadernos en una cartera nueva que le había comprado Kitty, fue a lavarse las manos a un lavabo nuevo, con elegantes accesorios que también habían aparecido con ella. Levin movía la cabeza con aire de reproche, divertido de sus propios pensamientos. No obstante, le atormentaba una sensación semejante a los remordimientos. Su vida actual le daba algo de vergüenza: se había vuelto demasiado muelle, demasiado «capuana», 84como decía él. «No está bien vivir así —pensaba—. Llevo ya casi tres meses sin hacer nada. Hoy ha sido la primera vez que me he puesto a trabajar en serio, ¿y qué ha pasado? Nada más empezar, he tenido que dejarlo. Hasta he abandonado mis ocupaciones habituales. Ya no recorro la finca, ni a pie ni a caballo. Unas veces me da pena dejarla sola, otras me doy cuenta de que se aburre. Y yo que pensaba que sólo después del matrimonio empezaba la vida de verdad. Pronto hará tres meses que nos casamos, y nunca he pasado el tiempo de manera tan ociosa e inútil. No, esto no puede seguir así, tengo que ponerme a trabajar. Claro que ella no tiene la culpa. No se le puede hacer ningún reproche. Yo tendría que haberme mostrado más firme, defender mi independencia de hombre. Si sigo así, acabaré por acostumbrarme y ella también... Claro que ella no tiene la culpa», se decía.

Pero es difícil que un hombre descontento consigo mismo no culpe a otra persona, sobre todo a la que tiene más cerca, de su situación. Y Levin se puso a pensar de un modo vago que no era Kitty quien tenía la culpa (no se la podía culpar de nada), sino su educación demasiado frívola y superficial («sé que quería pararle los pies a ese estúpido de Charski, pero no sabía cómo hacerlo»). «Sí, además de su interés por las tareas de la casa (no cabe duda de que lo tiene), por los vestidos y por la broderie anglaise, no tiene ocupaciones serias. No le interesa mi trabajo, ni las labores de la hacienda, ni los campesinos, ni la música, para la que tiene bastantes aptitudes, ni la lectura. No hace nada y está completamente satisfecha.» Levin condenaba esa actitud en el fondo de su alma, sin comprender que Kitty se estaba preparando para el período de actividad que se avecinaba, en el que tendría que desempeñar a la vez el papel de esposa de su marido y señora de la casa, y además dar a luz, criar y educar a sus hijos. No entendía que ella sabía todas esas cosas por instinto y que se estaba preparando para un trabajo agotador; por eso no se reprochaba los momentos de despreocupación, felicidad y amor que estaba disfrutando ahora, mientras se ocupaba alegremente de poner en orden su futuro nido.

 

XVI

Cuando Levin subió a la planta de arriba, su mujer estaba sentada al lado del nuevo samovar de plata y un servicio de té también nuevo. Después de acomodar a la anciana Agafia Mijáilovna delante de una mesita y de llenarle una taza de té, se había puesto a leer una carta de Dolly, con quien mantenía una correspondencia copiosa y continua.

—Ya lo ve. La señora me ha pedido que me siente con ella —dijo Agafia Mijáilovna, dirigiendo una amable sonrisa a Kitty.

En estas palabras Levin intuyó el final del drama que se había desarrollado en los últimos tiempos ente Kitty y Agafia Mijáilovna. Se dio cuenta de que, a pesar del dolor que le había causado al retirarle las riendas del gobierno de la casa, su mujer había salido victoriosa y la había obligado a quererla.