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—Al contrario, lo veo en todas partes. Pero ¿acaso sería justo...?

En su rostro se reflejaba la indecisión, el deseo de que alguien le aconsejara, le brindara apoyo y le sirviera de guía en un asunto incomprensible para él.

—No —le interrumpió la condesa—. Todo tiene sus límites. Comprendo la inmoralidad —en ese punto no era del todo sincera: nunca había podido entender qué llevaba a las mujeres a comportarse de un modo inmoral—, pero no la crueldad. ¿Y con quién? ¡Con usted! ¿Cómo se le ha ocurrido venir a la misma ciudad en la que vive usted? No, nunca deja una de aprender cosas. Yo estoy aprendiendo a comprender la grandeza de usted y la bajeza de ella.

—¿Y quién tirará la primera piedra? —preguntó Alekséi Aleksándrovich, sin duda satisfecho de su papel—. Después de perdonarlo todo, no puedo privarla de esa necesidad de su corazón, del amor por su hijo...

—¿Llama amor a eso, amigo mío? ¿Acaso es sincero? Supongamos que la haya perdonado usted, que la perdona... Pero ¿tenemos derecho a influir en el alma de ese ángel? Él cree que su madre ha muerto. Reza por ella y le pide a Dios que perdone sus pecados... Es mejor así. ¿Y qué va a pensar ahora?

—No se me había ocurrido —respondió Alekséi Aleksándrovich, que obviamente estaba de acuerdo.

La condesa se cubrió la cara con las manos y guardó silencio. Estaba rezando.

—Si quiere saber mi opinión —dijo por fin, descubriendo el rostro, una vez terminadas sus oraciones—, creo que no debe hacerlo. ¿Acaso no me doy cuenta de que sufre usted, de que se han reabierto las heridas? Supongamos que se olvida usted de sí mismo, como siempre. Pero ¿a qué puede conducir esta situación? A nuevos sufrimientos para usted y más tormentos para el niño. Si a esa mujer le quedara algo de humanidad, sería la primera en comprenderlo. No, estoy plenamente convencida de que debe usted negarse. Y, si me lo permite usted, me encargaré de redactar la contestación.

Alekséi Aleksándrovich dio su consentimiento, y la condesa escribió la siguiente carta en francés:

Mi querida señora: Si le recordamos al niño la existencia de su madre, podemos enfrentarnos con preguntas imposibles de responder sin obligarle a poner en tela de juicio cosas que deberían ser sagradas para él. Por tanto, le ruego que comprenda la negativa de su marido, a quien guía un sentimiento de caridad cristiana. Ruego a Dios Todopoderoso que sea misericordioso con usted.

Condesa Lidia

Aunque no lo reconociera, la condesa Lidia Ivánovna perseguía un objetivo secreto con esa carta: ofender a Anna en lo más profundo de su alma. Y a fe que lo consiguió.

En cuanto a Alekséi Aleksándrovich, al regresar de casa de la condesa, no fue capaz de entregarse a sus ocupaciones habituales ni de encontrar la paz interior del hombre seguro de su fe y de su salvación que había experimentado antes.

La imagen de su mujer, tan culpable ante él y con quien se había portado como un santo, como decía con tanta justicia la condesa Lidia Ivánovna, no habría debido turbarle. Pero estaba intranquilo: no entendía nada de lo que leía, no conseguía desembarazarse de los crueles recuerdos de su vida en común, no dejaba de repasar los errores que, según le parecía ahora, había cometido. Una cuestión le atormentaba y le roía las entrañas: ¿por qué, cuando Anna le confesó su infidelidad, al volver de las carreras, sólo le había exigido que guardara las apariencias? ¿Y por qué no había desafiado a Vronski? No menos desazón le causaba la carta que había escrito a su mujer, sobre todo su perdón, que nadie necesitaba. Y, cuando pensaba en sus desvelos por la criatura de otro, sentía que la vergüenza y los remordimientos le abrasaban el corazón.

Ese mismo sentimiento de vergüenza, esos mismos remordimientos le embargaban ahora al evocar su pasado y las torpes palabras con que se había declarado, después de largas vacilaciones.

«¿Qué culpa tengo yo?», se decía. Y esa pregunta le llevaba a otra: ¿sentirían, a Marian y se casarían de otra manera los demás hombres, esos Vronskis y Oblonskis..., esos chambelanes de gruesas pantorrillas? Y por su imaginación desfilaba toda una serie de personas vigorosas, vivaces, seguras de sí mismas, que siempre habían despertado su interés. Ahuyentaba tales pensamientos, trataba de convencerse de que su objetivo no era esa vida pasajera, sino la eterna, que su alma rebosaba de paz y de amor. Pero el hecho de haber cometido algunos errores de poca monta, según le parecía, en esa vida temporal e insignificante, le causaba la misma desesperación que si la salvación eterna en la que creía no existiera. No obstante, no tardó en superar esa zozobra, y en su alma se restablecieron esa serenidad y esa altura de miras que le permitían olvidar lo que no quería recordar.

 

XXVI

—Entonces, Kapitónich —dijo Seriozha, que volvía colorado y alegre de su paseo, la víspera de su cumpleaños, mientras entregaba su chaqueta plisada al viejo y gigantesco portero, que sonreía a su joven amo desde lo alto de su corpachón—, ¿ha venido ese empleado con la cabeza vendada? ¿Lo ha recibido papá?

—Sí. En cuanto salió el secretario, lo anuncié —respondió el portero, guiñando alegremente un ojo—. Deje, ya se lo quito yo.

—¡Seriozha! —dijo el preceptor eslavo, deteniéndose en la puerta que conducía a las habitaciones interiores—. Quíteselo usted mismo.

Aunque Seriozha había oído la débil voz del preceptor, no le hizo caso. Agarrado al cinturón del portero, le miraba a la cara.

—¿Y ha hecho papá lo que necesitaba?

El portero asintió con la cabeza.

Seriozha y el portero estaban interesados en ese funcionario de la cabeza vendada, que ya había ido siete veces a ver a Alekséi Aleksándrovich. Seriozha se lo había encontrado una vez en la entrada y había oído cómo suplicaba lastimosamente al portero que lo anunciara, diciendo que tanto él como sus hijos estaban condenados a morir.

Desde entonces la suerte de ese funcionario, con quien había vuelto a tropezarse otra vez en el vestíbulo, preocupaba a Seriozha.

—¿Y estaba muy contento? —preguntó.

—¡Y cómo no iba a estarlo! Poco le faltó para salir de aquí dando saltos.

—¿Han traído algo? —preguntó Seriozha, después de una pausa.

—Sí, señorito —dijo el portero en un susurro, sacudiendo la cabeza—. Un paquete de parte de la condesa.

Seriozha comprendió en seguida que ese paquete debía de ser un regalo de cumpleaños de la condesa Lidia Ivánovna.

—¿De veras? ¿Dónde está?

—Kornéi se lo ha llevado a su papá. ¡Debe de ser algo muy bonito!

—¿Cómo es de grande? ¿Así?

—Un poco menos. Pero es muy bonito.

—¿Es un libro?

—No, una cosa. Entre, entre. Vasili Lukich lo está llamando —respondió el portero, al oír los pasos del preceptor, cada vez más cercanos, y, abriendo con cuidado la manita con el guante a medio quitar que le sujetaba del cinturón, guiñó un ojo y se lo señaló con un movimiento de cabeza.

—¡Voy en seguida, Vasili Lukich! —exclamó Seriozha, con esa sonrisa alegre y cariñosa que desarmaba siempre al concienzudo preceptor.

Seriozha se sentía demasiado alegre, demasiado feliz para no compartir con su amigo el portero otra buena noticia familiar, de la que le había informado durante su paseo por el Jardín de Verano la sobrina de la condesa Lidia Ivánovna. Esa buena noticia le parecía especialmente importante por coincidir con la alegría del funcionario y con la suya propia por los juguetes que había recibido. Tenía la impresión de que ese día todo el mundo debía estar feliz y contento.

—¿Sabes que a papá le han concedido la orden de Aleksandr Nevski?

—¡Cómo no lo voy a saber! Ya han venido algunas personas a felicitarle.

—¿Y está contento?

—¿Cómo no lo va a estar después de recibir esa prebenda del zar? Eso significa que se la merece —dijo el portero con aire serio y grave.

Seriozha se quedó pensativo, examinando el rostro del portero, que había estudiado en sus menores detalles, sobre todo el mentón, oculto entre las patillas canosas e invisible para todo el mundo excepto para él, que siempre lo contemplaba desde abajo.