—¿Hace mucho que no viene a verte tu hija?
La hija del portero era bailarina de ballet.
—¿Cómo va a venir en día laborable? Tiene que estudiar. Y usted también, señorito. Váyase.
Al entrar en la habitación, Seriozha, en lugar de ponerse a hacer los deberes, le dijo a su profesor que tenía la sospecha de que el regalo que había recibido era una locomotora.
—¿Usted qué cree? —preguntó.
Pero Vasili Lukich sólo pensaba en que Seriozha debía preparar la lección de gramática, porque el profesor llegaría a las dos.
—Dígame sólo una cosa, Vasili Lukich —dijo de pronto, ya sentado a su mesa de trabajo y con el libro en la mano—. ¿Hay alguna orden más importante que la de Aleksandr Nevski? ¿Sabe que se la han concedido a papá?
Vasili Lukich respondió que la orden de San Vladimiro era más importante que la de Aleksandr Nevski.
—¿Y hay alguna más importante?
—La más importante de todas es la de San Andrés.
—¿No hay ninguna más importante?
—No lo sé.
—¿Cómo? ¿Tampoco usted lo sabe?
Y Seriozha, apoyando los codos en la mesa, se sumió en sus propias reflexiones, bastante complejas y diversas. Se imaginaba que su padre recibía de pronto la orden de San Vladimiro y la de San Andrés, y que, como consecuencia de ello, ese día se mostraba mucho más indulgente con la lección. También se figuraba que cuando él fuera mayor recibiría todas las condecoraciones, incluso las que inventaran por encima de la de San Andrés. En cuanto crearan una orden nueva, se la ganaría con sus méritos. Y, si instituían otra todavía más alta, no tardaría en ser digno de ella.
En semejantes reflexiones ocupó el tiempo. Cuando llegó el profesor, no había preparado la lección sobre los complementos adverbiales de tiempo, lugar y modo, de suerte que éste se mostró descontento y disgustado. Su desazón conmovió a Seriozha. Se sentía culpable de no haberse aprendido la lección. Pero, por más que lo había intentado, no había podido hacerlo. Cuando el profesor le explicaba algo, creía comprenderlo, pero, en cuanto se quedaba solo, no se acordaba de nada y le resultaba totalmente incomprensible que unas expresiones tan breves y claras como «de repente» fueran complementos adverbiales de modo. En cualquier caso, lamentaba haber disgustado al profesor y quería congraciarse con él.
Eligió para ello un momento en que el profesor estaba mirando un libro en silencio.
—Mijaíl Ivánich, ¿cuándo es su santo? —preguntó de pronto.
—Más valdría que pensara usted en sus tareas. ¿Qué importancia puede tener el santo para una persona inteligente? Es un día como cualquier otro, en el que es necesario trabajar.
Seriozha miró atentamente a Mijaíl Ivánich, examinó su barbita rala, sus gafas, que habían caído por debajo de la marca roja de la nariz, y se sumió en sus propios pensamientos, de suerte que no escuchó nada de lo que le estaba explicando el profesor. Se daba cuenta de que éste no pensaba en lo que decía, lo advertía en el tono de su voz. «¿Por qué se habrán puesto todos de acuerdo para decirme de la misma forma las cosas más aburridas e innecesarias? ¿Por qué me rechaza? ¿Por qué no me quiere?», se preguntaba con tristeza y no encontraba ninguna respuesta.
XXVII
Después de la lección del profesor, llegó el turno de la del padre. Mientras le esperaba, Seriozha, sentado a la mesa, jugaba con un cortaplumas y seguía el curso de sus ideas. Una de sus ocupaciones favoritas era buscar a su madre durante sus paseos. No creía en la muerte en general, y aún menos en la de su madre, a pesar de las afirmaciones de la condesa Lidia Ivánovna y de su padre. Por eso, desde que le dijeron que había muerto, la buscaba cuando salía a pasear. Cualquier mujer de formas llenas, agraciada y de cabellos oscuros le parecía su madre. Cuando veía a una mujer de esas características, un sentimiento de ternura embargaba su alma, se sofocaba y los ojos se le llenaban de lágrimas. Esperaba que se le acercara en cualquier momento y se levantara el velo. Entonces vería su cara, ella le sonreiría, le abrazaría, y él reconocería su perfume, percibiría la suavidad de su mano y se echaría a llorar de felicidad, como una noche en que rodó a sus pies, porque ella le hacía cosquillas, mientras él se reía como loco y le mordía los blancos dedos cargados de sortijas. Más tarde se enteró casualmente, por medio de la niñera, de que su madre no había muerto, de que su padre y Lidia Ivánovna se habían inventado esa historia para tapar sus faltas (en las que Seriozha no podía creer, tan grande era el cariño que le profesaba), y siguió buscándola y esperándola como antes. Ese día, en el Jardín de Verano, había una señora con un velo de color lila, a la que había mirado con el corazón encogido, mientras se acercaba a él por el camino, esperando que fuera ella. Pero, antes de llegar a su altura, la mujer había desaparecido en alguna parte. Ese día Seriozha sentía que su cariño por su madre era más intenso que nunca. Mientras esperaba a su padre, los ojos brillantes, la mirada al frente, olvidado de sí mismo, rayó el borde de la mesa con el cortaplumas.
—¡Ahí viene su papá! —le dijo Vasili Lukich, sacándole de su ensimismamiento.
Seriozha se puso en pie de un salto, se acercó a su padre, le besó la mano y lo miró atentamente, intentando descubrir algún indicio de alegría por haber recibido la orden de Alexander Nevski.
—¿Ha ido bien el paseo? —preguntó Alekséi Aleksándrovich, sentándose en su sillón y acercando el ejemplar del Antiguo Testamento, que abrió por una página concreta. A pesar de que más de una vez le había dicho a su hijo que todo cristiano debe conocer a fondo la historia sagrada, él mismo consultaba a menudo el Antiguo Testamento, como Seriozha había advertido.
—Sí, me he divertido mucho, papá —respondió el niño, sentándose de lado en la silla y balanceándose, algo que estaba prohibido—. He visto a Nádenka —una sobrina de Lidia Ivánovna a la que ésta educaba— y me ha dicho que le han concedido a usted una nueva condecoración. ¿Está contento, papá?
—En primer lugar haz el favor de no balancearte —dijo Alekséi Aleksándrovich—. En segundo, lo que debe uno apreciar es el trabajo, no la recompensa. Me gustaría que comprendieras eso. Si trabajas y estudias con el único objetivo de recibir una recompensa, el esfuerzo te resultará penoso. Pero, si te mueve el amor al trabajo, encontrarás en él tu recompensa. —Mientras Alekséi Aleksándrovich pronunciaba esas palabras, se acordó de que por la mañana, mientras firmaba ciento dieciocho documentos, el sentido del deber había sido su único apoyo a la hora de cumplir con su ingrata tarea.
Ante la mirada de su padre, Seriozha bajó la vista, y sus ojos perdieron ese brillo que les comunicaba la ternura y la alegría. Conocía bien el tono que empleaba su padre cuando le dirigía la palabra y había aprendido ya a adaptarse. Su padre siempre le hablaba —o al menos tal era la impresión de Seriozha— como si se estuviera dirigiendo a un niño imaginario, uno de esos que aparecen en los libros, a los que él no se parecía en nada. Y delante de su padre siempre trataba de fingir que era uno de esos niños de los libros.
—Espero que lo entiendas —prosiguió el padre.
—Sí, papá —replicó Seriozha, desempeñando el papel de ese niño imaginario.
La lección consistía en aprenderse de memoria algunos versículos del Evangelio y en repasar los primeros capítulos del Antiguo Testamento. Seriozha se sabía bastante bien los versículos, pero, mientras los recitaba, se quedó contemplando el hueso frontal de su padre, que se curvaba abruptamente a la altura de las sienes, perdió el hilo y, confundido por la repetición de una misma palabra, pasó el final de un versículo al comienzo de otro. A Alekséi Aleksándrovich le pareció evidente que no entendía lo que estaba diciendo y se enfadó.
Frunció el ceño y empezó a explicarle algo que había repetido cientos de veces, pero que Seriozha jamás conseguía recordar, a pesar de que le parecía muy claro. Era lo mismo que le pasaba cuando le decían que «de repente» era un complemento adverbial de modo. Seriozha miraba a su padre con ojos asustados y sólo pensaba en una cosa: ¿le haría repetir su padre, como sucedía a menudo, lo que acababa de decir? Esta idea le daba tanto miedo que no conseguía entender nada. Pero su padre no le obligó a repetir sus palabras y pasó a la lección del Antiguo Testamento. Seriozha relató bastante bien los hechos, pero cuando tuvo que indicar lo que prefiguraban esos acontecimientos, no supo qué decir, a pesar de que ya le habían castigado por no aprenderse esa lección. Cuando llegó a los patriarcas antediluvianos fue incapaz de decir nada, se quedó en blanco, y se puso a rayar la mesa con el cortaplumas y a balancearse en la silla. No se acordaba de ninguno, sólo de Enoc, que había ascendido vivo al cielo. Antes se sabía los nombres, pero ahora los había olvidado por completo. El caso de Enoc era distinto, porque era su personaje favorito del Antiguo Testamento. Su subida al cielo se relacionaba en su cabeza con una serie de ideas a las que se entregaba en ese momento, mientras miraba fijamente la cadena del reloj de su padre y un botón medio desabrochado de su chaleco.