Después de devolver la niña a la nodriza y de despedir a ambas, abrió el medallón en el que guardaba un retrato de Seriozha, cuando tenía más o menos la misma edad que la niña. Se levantó, se quitó el sombrero y tomó de la mesa un álbum con fotografías de su hijo a distintas edades. Quería comparar las fotografías y empezó a sacarlas del álbum. Sólo dejó una, la última y también la mejor. Seriozha, con una camisa blanca, sentado a horcajadas sobre una silla, fruncía el ceño y sonreía. Esta expresión peculiar era la que más le gustaba. Con sus ágiles y pequeñas manos, cuyos dedos blancos y finos parecían especialmente tensos ese día, tiró varias veces de la punta de la fotografía, pero ésta se había enganchado y no conseguía sacarla. Como no tenía a mano una plegadera, cogió la fotografía que había al lado (un retrato de Vronski, hecho en Roma, con sombrero hongo y cabellos largos), y, valiéndose de ella, extrajo la fotografía de su hijo. «¡Sí, aquí está!», se dijo, contemplando el rostro de Vronski, y de pronto recordó que él era el culpable de sus sufrimientos actuales. No se había acordado de él en toda la mañana. Pero ahora, al ver sus rasgos nobles y varoniles, tan familiares y queridos, sintió que una inesperada oleada de amor inundaba su corazón.
«¿Dónde estará? ¿Cómo es posible que me deje sola con mi dolor?», se preguntó con amargura, olvidando que ella misma le había ocultado todo lo relativo a su hijo. Envió recado de que fuera a verla en seguida, y se quedó esperándolo con el corazón encogido, pensando en las palabras con que se lo contaría todo y en las expresiones de amor con que él la confortaría. El criado volvió con la respuesta: el señor tenía un invitado, pero no tardaría en subir; le preguntaba si podía recibirlo con el príncipe Yashvín, que acababa de llegar a San Petersburgo. «No vendrá solo, y eso que no lo veo desde la comida de ayer —pensaba—. No podré decirle nada, porque vendrá con Yashvín.» Y de pronto se le pasó por la cabeza una idea extraña: ¿y si había dejado de quererla?
Al repasar los acontecimientos de los últimos días, le pareció ver en todo una confirmación de esa terrible sospecha: la víspera no había comido con ella, había insistido en que se alojaran por separado en San Petersburgo y ahora iba a verla en compañía de otra persona, como si temiera una entrevista cara a cara.
«Pero debe decírmelo. Necesito saberlo. Y, cuando me entere, ya veré lo que hago», se dijo, incapaz de imaginarse lo que sería de ella si la indiferencia de Vronski se confirmaba. Al pensar que había dejado de quererla, se sintió casi desesperada y fue presa de una agitación extrema. Llamó a la doncella y pasó a su tocador. Prestó mucha mayor atención a su atavío que en esos últimos días, como si Vronski, que había dejado de quererla, pudiera volver a enamorarse de ella porque luciera el traje y el peinado que más le favorecían.
Cuando sonó el timbre todavía no estaba lista.
Al hacer su aparición en el salón no la recibió la mirada de Vronski, sino la de Yashvín. Vronski contemplaba las fotografías de Seriozha que Anna había dejado olvidadas sobre la mesa, y no mostraba ninguna prisa por volverse hacia ella.
—Ya nos conocemos —dijo Anna, poniendo su pequeña mano en la enorme mano de Yashvín, cuya timidez creaba un contraste tan extraño con su talla gigantesca y sus toscos rasgos—. Coincidimos el año pasado en las carreras. Démela —añadió, arrebatándole a Vronski, con un movimiento fulgurante, la fotografía de su hijo y dirigiéndole una mirada significativa con sus ojos brillantes—. ¿Qué tal han ido las carreras este año? Yo he tenido que contentarme con las del Corso, en Roma. Pero ya sé que a usted no le gusta la vida en el extranjero —dijo, con una acariciadora sonrisa—. Le conozco bien y, aunque no hayamos coincidido mucho, estoy al tanto de sus gustos.
—Pues lo lamento mucho porque mis gustos son cada vez peores —replicó Yashvín, mordiéndose la guía izquierda del bigote.
Después de charlar un rato, y advirtiendo que Vronski consultaba el reloj, Yashvín preguntó a Anna si pensaba quedarse mucho tiempo en San Petersburgo e, irguiendo su enorme figura, cogió la gorra.
—Creo que no —respondió Anna, mirando a Vronski con aire confuso.
—Entonces, ¿no nos veremos más? —preguntó Yashvín, levantándose y dirigiéndose a Vronski—. ¿Dónde vas a comer?
—Vengan a comer conmigo —dijo Anna con resolución, como si se enfadara consigo misma por su turbación, pero acto seguido se ruborizó, como le sucedía siempre que revelaba a un desconocido su situación—. La comida no es muy buena, pero al menos podrá usted charlar con Alekséi. Ya sabe que a ningún otro compañero del regimiento le tiene tanto aprecio como a usted.
—Encantado —dijo Yashvín con una sonrisa, por la que Vronski dedujo que Anna le había gustado.
Yashvín se despidió y salió. Vronski se dispuso a seguirle.
—¿Tú también te vas? —le preguntó Anna.
—Se me ha hecho tarde —respondió Vronski—. ¡Vete! Ahora te alcanzo —le gritó a Yashvín.
Anna le cogió la mano y, sin dejar de mirarle, pensó en lo que podría decirle para retenerlo.
—Espera, tengo que decirte algo. —Y apretó la corta mano de él contra su cuello—. ¿Te parece mal que lo haya invitado?
—No, ha sido una idea estupenda —contestó Vronski, con una sonrisa serena que dejó al descubierto sus impecables dientes, y a continuación besó la mano de Anna.
—Alekséi, ¿ya no sientes lo mismo por mí? —le preguntó Anna, estrechando la mano de Vronski entre las suyas—. La vida aquí se me ha vuelto insoportable. ¿Cuándo nos vamos?
—Pronto, muy pronto. No puedes imaginarte lo incómodo que me encuentro en esta ciudad —dijo Vronski, retirando la mano.
—¡Bueno, vete, vete! —replicó Anna con tono ofendido, alejándose rápidamente.
XXXII
Cuando Vronski regresó al hotel, no encontró a Anna en sus habitaciones. Según le dijeron, poco después de que él se fuera, había llegado una señora, en cuya compañía había salido. El hecho de que se hubiera marchado sin decirle adonde iba y aún no hubiera regresado, su desaparición esa mañana, sin avisarle, la extraña agitación que se reflejaba en su rostro por la mañana y el tono de hostilidad con que le había arrancado la fotografía de su hijo en presencia de Yashvín le obligaron a reflexionar. Llegó a la conclusión de que era necesario tener una explicación con ella y la esperó en el salón. Pero Anna no volvió sola; traía a una de sus tías, una vieja solterona, la princesa Oblónskaia. Era la señora que había ido a buscarla por la mañana y con la que había ido de compras. Sin reparar en la expresión preocupada e inquisitiva de Vronski, Anna se puso a hablarle en un tono muy animado de las cosas que había comprado. Vronski se dio cuenta de que le pasaba algo. Cuando los brillantes ojos de Anna se detenían en él por un instante, percibía una atención reconcentrada, y en sus palabras y ademanes advertía esa nerviosa premura y esa gracia que tanto le habían subyugado al comienzo de su relación, y que ahora le inquietaban y asustaban.
Pusieron la mesa para cuatro. Se habían reunido ya todos y estaban a punto de pasar al pequeño comedor cuando se presentó Tushkévich con un mensaje de Betsy para Anna. La princesa se disculpaba por no poder ir a despedirla. Según decía, estaba indispuesta. Pero rogaba a Anna que fuera a visitarla entre las seis y media y las nueve. Vronski trató de comunicarle con la mirada que el hecho de que la invitara a una hora determinada significaba que había tomado medidas para que no se encontrara con nadie; pero Anna pareció no reparar en ello.